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Mi primer retoño

Mi primer retoño
Este fue el primero de lo que espero sea una familia numerosa

lunes, 11 de marzo de 2019

Letras a Polonio

¿En qué me he convertido?
Sinceramente, aún no lo sé.
Está claro que ya no soy aquel que fui y que no volveré a serlo. Y sinceramente, creo que tampoco quiero recuperar por completo mi pasada personalidad. Lo único que pretendo es vivir con todo lo aprendido y no volver a decepcionarme, ni a decepcionar.
Es cierto que el dolor es real. Y es una putada muy grande ver que ya ha empezado la época en la que pierdes un ser querido tras otro. 
Sin darme cuenta he pasado de ese momento en el que acudes a los esponsales de muchos amigos (e incluso tu mismo terminas por dar un contraproducente y dañino "si quiero" con fecha de caducidad), al tiempo en el que acudes a un tanatorio tras otro, e incluso yo mismo estuve muy cerca de ser el protagonista de un entierro o de una cremación (cualquier opción para abandonar la carcasa me resulta válida).
"Es ley de vida", acostumbran a decirte mientras estrechan tu mano o te abrazan en las tristes y sombrías salas donde despides los cuerpos de aquellos que amaste y, no se dan cuenta de que hay leyes que por naturaleza quisiéramos incumplir, desafiando a los legisladores y a la justicia divina. 
La vida es un continuo aprendizaje, estamos de acuerdo. Pero hay lecciones que no quisiera aprender y asignaturas en las que me gustaría no haberme matriculado, como "Llorar a quien no debería haberse ido tan pronto" o "Pasar noches en vela preguntándome porqué duele tanto amar".
Hay heridas de las que sé que no podré recuperarme nunca, pero también hay personas que ejercen en mi alma un sorprendente poder analgésico. Y a ellas me agarro, con ellas camino y de ellas aprendo.
Algunos me preguntan porqué de un tiempo a esta parte he abandonado a Peter Pan y utilizo a Laertes como seudónimo e incluso como alter ego en muchos de mis  textos.
Aquí va la respuesta: 
Ya no es tiempo de niños perdidos ni de hadas diminutas. Es tiempo de madurar, de vivir con los pies en el suelo, de aprender de los buenos consejos y de agradecer las enseñanzas.
Tuve la inmensa fortuna de contar con un Polonio que me amó lo indecible y que perdonó mis múltiples fallos. Y hasta el final de sus días trató de corregir mi sendero y de ayudarme a encontrar el camino correcto.
Lloré y lloro aún el no haberle llegado a decir lo mucho que lo quise, pero me debo a los consejos que tomó prestados de Shackespeare por lo acertados y que me repitió en muchas ocasiones:

Llévate mi bendición
y graba en tu memoria estos principios:
no le prestes lengua al pensamiento,
ni lo pongas por obra si es impropio.
Sé sociable, pero no con todos.
Al amigo que te pruebe su amistad
sujétalo al alma con aros de acero,
pero no embotes tu mano agasajando
al primer conocido que te llegue.
Guárdate de riñas, pero, si peleas,
haz que tu adversario se guarde de ti.
A todos presta oídos; tu voz, a pocos.
Escucha el juicio de todos, y guárdate el tuyo.
Viste cuan fino permita tu bolsa,
mas no estrafalario; elegante, no chillón,
pues el traje suele revelar al hombre,
y los franceses de rango y calidad
son de suma distinción a este respecto.
Ni tomes ni des prestado, pues dando
se suele perder préstamo y amigo,
y tomando se vicia la buena economía.
Y, sobre todo, sé fiel a ti mismo,
pues de ello se sigue, como el día a la noche,
que no podrás ser falso con nadie.
Adiós. Mi bendición madure esto en ti. 


Trato de conducirme por su código de honor y venero su recuerdo. Algún día llegará a estar orgulloso de mi, porque aunque ya no esté a mi lado, su recuerdo me sigue educando.
Por eso el dolor  es algo real, porque cuanto más aprendo de él, más reconozco mis fallos.
No sé en quien me he convertido, pero si sé quien quiero llegar a ser.




jueves, 7 de marzo de 2019

Canciones

Siempre me ha gustado encabezar cada texto de este blog con una canción, quizás porque hace ya mucho que descubrí que una canción puede hablar de lo que uno siente, aunque el autor del tema no tenga nada que ver contigo ni conozca tus vivencias.
Hace no tanto descubrí que hay muchos recuerdos perdidos que se recuperan con una melodía, con un olor, con un sabor o con una caricia.
Es cierto que tiendo al romanticismo y que escribo mucho sobre el amor y sobre todos los sentimientos que me ha despertado la mujer desde que comencé a jugar las cartas que me otorgó Cupido porque las flechas que me signó este angelote (como escribió Machado en su Autorretrato) comenzaron a hacer blanco siendo yo muy pequeño y he creído estar enamorado en demasiadas ocasiones, al confundir emociones, sentimientos y necesidades físicas.
Pero un día, de repente y sin apenas darte cuenta, descubres que has encontrado a una persona que se apropia de las letras de todas las canciones de amor y de la que realmente hablan todas esas canciones.
Esta naturaleza mía tan romántica y tan sentimental, me ha generado muchas críticas e incluso algunos me han denominado "ñoño" o "exhibicionista emocional" dado que la combinación del romanticismo y la necesidad de ponerlo todo por escrito, convirtiendo el sentimiento en textos, siempre termina pasando factura.
Lo único que sé y que no temo reconocer, es que "la prefiero compartida antes que vaciar mi vida" es una frase muy bonita y muy poética, pero un embuste como la copa de un pino.
Me considero un tipo generoso, pero la vida me ha enseñado que hay cosas que no se comparten, porque al hacerlo las estás perdiendo y ya he perdido demasiado.
El destino ha puesto en mi camino a una mujer maravillosa a la que no quiero perder bajo ningún concepto y por la que tendré que empezar a espabilar para no ceder a mi natural impulso de que todo es de todos.
Desde luego no pretenderé bajo ningún concepto restringir ni dosfificar el amor que ella quiera repartir entre los suyos. Pese a mi experiencia, sigo sin ser celoso y entiendo perfectamente lo que es el amor de amiga, de madre y el generoso amor que distribuyen esas personas que se vuelcan en su trabajo cuando ese trabajo implica hacerse cargo de la tutela, del cuidado y de la educación de seres desvalidos y con necesidades especiales.
Me hago mayor y la vida es un continuo aprendizaje. He aprendido a discernir y a valorar lo que realmente merece la pena y también he aprendido que hay cosas que no se pueden tratar de retener a toda costa, porque si lo intentas, se te escurrirá entre las manos como una pastilla de jabón.
Y ella merece la pena.
Puede que todo lo que he tenido que pasar hasta aquí, haya sido para estar listo para ella.
Espero ser lo que ella necsita. Tengo mucho amor que dar. (y ahora el que quiera que me llame ñoño exibicionista emocional y lo que se les ocurra, que me la pela de gordo).

jueves, 28 de febrero de 2019

Los ojos de su padre


Esta es la natural y necesaria evolución del texto "Allá en el sur" que publiqué presa de la emoción al descubrir el estilo de novela "gótica sureña". No he podido evitar comletarlo y darle la forma que me pedia el cuerpo. Espero que os guste ver que los  relatos también tienen vida propia.




Mathew se dispuso a recorrer a pie los más de dos kilómetros que separan la plantación de su padre de la del coronel Steuvesant, porque la yegua apaloossa torda que le había traído desde Alabama su tío Jeremías como regalo de bodas había muerto desangrada aquella mañana en el parto, al dar a luz a un potro de dos cabezas. El grotesco recién nacido apenas vivió unos segundos, el tiempo justo para clavar sus cuatro ojos en el animal que lo había llevado en su vientre y que había sufrido un mortal desgarro al sacarlo al exterior. Las dos criaturas murieron atadas por el cordón umbilical.
El joven heredero de la plantación más productiva de Tennessee iba a comprar el mejor semental de la yeguada del viejo coronel: un alazán negro como la noche y poderoso como las tormentas que azotaban los campos de algodón con la llegada del verano. Aunque volvería montado sobre su compra, el camino de ida lo haría andando en solitario. Los habitantes del estado sabían que desde que terminara la guerra, cabía la posibilidad de encontrarse con alguno de esos negros rencorosos y sedientos de sangre que malvivían en los caminos desde que el norte los hizo libres y, que deambulaban de un lado a otro en busca de algún viajero desprevenido al que asaltar y asesinar tras despojarlo de sus pertenencias, para devolverle al hombre blanco los años de humillación y servidumbre.
Los negros que habían permanecido junto a su familia por fidelidad o por otros motivos que se escapaban a la comprensión de los nuevos libertos por decreto, trabajaban ya en los campos de algodón. Muchos saludaron con la mano al joven señor al verlo pasar. Mathew reparó en el gesto de desprecio que le dedicó Moira, una atractiva esclava senegalesa que hasta su embarazo había trabajado como empleada doméstica en la mansión y que su padre devolvió al algodón cuando no quiso explicar que había hecho con el fruto de su deshonra, pues nadie llegó a verlo nunca.
Al perder de vista los límites de la propiedad de su padre, Mathew se santiguó encomendándose a su ángel de la guarda, pero de poco le serviría aquella medida de celestial precaución. Sabedor de la poca utilidad de las plegarias, se enfundó el revólver que su padre, el difunto Martín Willians, caído en Richmond al frente de la unidad de caballeros voluntarios que mandó cargar contra las tropas de Grant, le regalara cuando los patriotas de La Confederación decidieron defender sus costumbres, sus singularidades culturales y su economía latifundista, frente al usurpador Yanqui que pretendía imponer unas libertades y un progreso, que nadie ─en los trece estados que juraron resistir bajo el gobierno del presidente Davis─ quería.

Cuando los hijos del coronel descubrieron el cadáver de Mathew unas horas después, los ladrones le habían arrebatado cuanto de valor y de utilidad llevaba encima. El cuerpo presentaba varias heridas de bala y de machete. Además, y para espanto de los dos jóvenes hermanos que encontraron su cuerpo, los asaltantes le habían arrancado el corazón lo que no dejaba lugar a dudas de que el crimen fue obra de una conocida partida de criminales compuesta por salvajes entregados a rituales de vudú. El joven caballero debió haber vendido muy cara su piel, pues junto a él yacían los cuerpos de tres negros alcanzados por sus disparos.
El diablo se había cobrado sus almas a cambio de una libertad que tan solo les sirvió para vagar como los animales que eran sin pertenecer a ningún sitio, sin poder construir su futuro en una tierra de blancos y sin haber conseguido hacer realidad esa patraña de que todos los hombres son iguales.
En el sur siempre sabremos quienes son los verdaderos hijos de Dios y quienes bajaron de los árboles para servir al hombre blanco, aunque pretendan confundirnos con su aspecto de simios parlantes.
Cuando la noticia del asesinato del joven señor llegó a la plantación de su familia, todos se impresionaron por lo injusto y lo triste de los acontecimientos. La viuda de Mathew no podía siquiera aceptarlo y nadie era capaz de consolarla en su inmensa pena. Los gemelos de cinco años, a los que ella y Mathew educaban para que un día se pusieran al frente de los negocios familiares se abrazaron llorando al cadáver de su padre y solo consiguieron separarlos de él cuando el reverendo O`Malley les convenció de que los sirvientes tendrían que adecentarlo para el entierro, puesto que debía subir con sus mejores galas para presentarse ante Dios en el paraíso.
Lo que nadie sabía es que otra mujer también lloraba su muerte. Moira era una esclava de nacimiento que se había criado en los barracones de la plantación y que desde muy niña había servido a la familia Williams. La joven belleza negra se enamoró del amo y se ofreció a él cuando este alcanzó la edad de poder satisfacer a una mujer. La pasión de aquel momento derivó en una descomunal barriga que fue la comidilla de todos los esclavos de la plantación pues ninguno de los negros asumió aquel embarazo.
El niño que engendró en ella Mathew había nacido muerto y nadie supo nunca que el pequeño cuerpo enterrado bajo el espantapájaros del este habría mirado al mundo con los azules ojos de su padre, pese a tener la piel negra como su madre.
Moira se inició en los arcanos y en los rituales oscuros de su gente para devolverle la vida a su pequeño y tras ofrecerle su alma deshonrada a Belcebú y sacrificar una res en su honor, consiguió que el maligno aceptase el trato.
Cuando la partida de libertos sorprendió al joven señor caminando solo y decidió asaltarlo, el líder del grupo ordenó que no hubiese piedad con aquel hombre y que una vez hubiese caído lo dejasen a solas con su cuerpo
Mientras extraía el corazón de aquel señorito blanco que un día disfrutó del amor y la pasión de una de las esclavas de la plantación donde Satanás decidió devolverle a la vida, los ojos azules del jefe de la partida se clavaron en los de su padre, que aún vivía cuando comenzó a abrirle el pecho con su cuchillo consagrado al ángel caído.

martes, 26 de febrero de 2019

Allá en el sur

Mathew se dispuso a recorrer a pie los más de dos kilómetros que separan la plantación de su padre de la del coronel Steuvesant porque la yegua apaloosa torda que le trajo desde Alabama su tío Jeremías como regalo de bodas había muerto desangrada esta mañana en el parto, al dar a luz  a un potro de dos cabezas. El grotesco recién nacido apenas vivió unos segundos, el tiempo justo para clavar sus cuatro ojos en el animal que lo había llevado en su vientre y que había sufrido un mortal desgarro al sacarlo al exterior. Las dos criaturas murieron atadas aún por el cordón umbilical.
El joven heredero de la plantación más productiva de Tennesee, iba a comprar el mejor semental de la yeguada del viejo coronel, un alazán negro como la noche y poderoso como las tormentas que azotaban los campos de algodón con la llegada del verano. Aunque volvería montado sobre su compra, el camino de ida lo haría andando en solitario. Los habitantes del estado sabían que desde que terminó la guerra, cabía la posibilidad de encontrarse con alguno de esos negros rencorosos y sedientos de sangre que malvivían en los caminos desde que el norte los hizo libres y, que deambulaban de un lado a otro en busca de algún viajero desprevenido al que asaltar y asesinar tras despojarlo de sus pertenencias, devolviéndole al hombre blanco los años de humillación y servidumbre.
Al perder de vista los límites de la propiedad de su padre, Mathew se santiguó encomendándose a su ángel de la guarda, pero de poco le sirvió aquella medida de celestial precaución. Tampoco pudo hacer uso del  revólver Lamart que su padre, el difunto Martín Willians, caído en Richmond al frente de la unidad de caballeros voluntarios que mandó cargar contra las tropas de Grant, le regaló cuando los patriotas de La Confederación decidieron defender sus costumbres, sus singularidades culturales y su economía latifundista, frente al usurpador Yanki que pretendía imponer unas libertades y un progreso que nadie quería en los trece estados que juraron resistir bajo el gobierno del presidente Davis.
Cuando los hijos del coronel encontraron el cadáver de Mathew unas horas después, los ladrones le habían arrebatado cuanto de valor y de utilidad llevaba encima. El cuerpo presentaba varias heridas de bala y de machete y el joven caballero debió haber vendido muy cara su piel, pues mordían el polvo los cuerpos de tres negros alcanzados por sus  certeros disparos.
El diablo se había cobrado sus almas a cambio de una libertad que tan solo les sirvió para vagar como los animales que eran sin pertenecer a  ningún sitio, sin poder construir un futuro con el sudor de su frente y sin haber conseguido hacer realidad esa patraña de que todos los hombres son iguales.
En el sur siempre sabremos quienes son los verdaderos hijos de Dios y quienes bajaron de los árboles para servir al hombre blanco, aunque pretendan confundirnos con su aspecto de simios parlantes.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Pena capital



El gobernador del estado no se dignó a llamar para interrumpir la ejecución y, a las 11,30 horas el reo Smith, condenado por un tribunal popular a morir en la silla eléctrica se frio sin haber pedido perdón por sus crímenes y tras haber rechazado la visita del sacerdote. Del otro lado del cristal de seguridad, los chicos de la prensa y los familiares de las víctimas aplaudieron durante los interminables segundos de convulsiones y estertores.
Los periodistas de Nueva Orleans, en un alarde de ingenio, bautizaron a John Smith con el sobrenombre de “El bluesman asesino”, dado que como demostraron los agentes del F.B.I. cometió todos sus crímenes con la cuarta cuerda de una guitarra Fender Telecaster edición especial de 1978. La cuerda que se encontró en la guantera del Mustang descapotable con el que el ajusticiado realizaba sus desplazamientos, fue presentada como prueba A y considerada arma del crimen sin ninguna duda por parte de los agentes que llevaron la investigación. Al parecer, seducía a las víctimas, siempre mujeres rubias, casadas y sobre todo muy atractivas de conocida promiscuidad, para luego llevarlas a una cabaña en los pantanos, mantener relaciones sexuales con ellas y estrangularlas al poco de quedarse dormidas.
Los psiquiatras forenses que participaron en la causa y desmontaron la única estrategia de defensa que presentó su mediocre abogado de oficio dictaminaron que pese a un terrible trauma que sufrió dos años antes, el asesino confeso era un hombre psicológicamente sano, en plena posesión de sus facultades mentales y con perfecto conocimiento de sus actos, distinguiendo sin el menor atisbo de duda entre el bien y el mal, por lo que no se lo podía diagnosticar la psicopatía que la opinión ciudadana le había achacado al aparecer las primeras víctimas siguiendo un mismo patrón. Todas aparecieron desnudas, estranguladas y con una L mayúscula grabada con una afiladísima navaja de barbero en el pecho izquierdo. Según confesó el cantante de blues detenido y juzgado por los crímenes, la L era la inicial de un personaje de Hamlet con el que se sentía muy identificado cuyo nombre había utilizado como pseudónimo en la grabación del único LP que pudo colocar en el mercado gracias a la gentileza de su padre, quien hubo de recurrir a sus muchos contactos y hacer uso de parte de la fortuna familiar para darle a su hijo la oportunidad de escuchar sus blues en emisoras locales. Laertes llegó a encaramarse al “top ten” de ventas durante el primer mes en el que su disco salió al mercado. El torturado bluesman se definía a si mismo como el eterno aspirante a músico, pero nunca pasó de ahí, de eterno aspirante. Su frustración y la traición de su esposa al vivir un idilio al poco tiempo de la boda con el contrabajista de su banda, a quien Laertes consideraba su mejor amigo, lo llevaron a cometer los asesinatos que dieron con él en la silla eléctrica.
Lo más curioso del caso es que jamás intento nada contra la que fue su mujer y el que fue su amigo. Al preguntarle por ello en la vista pública, el Sr Smith simplemente dijo que en la vida todo se transforma y tatareó el estribillo de la canción del conocido cantautor argentino Jorge Drexler, “cada uno da lo que recibe. Luego recibe lo que da. Todo se transforma”.
En el momento en el que el alcaide de la prisión federal procedió a ejecutar al preso, los cientos de activistas contra la pena capital que se habían concentrado frente a los muros del presidio entonaron un espiritual a ritmo de jazz y rezaron por su alma.
Si Dios hubiese querido salvar su alma inmortal seguramente le habría librado de haber conocido a aquella rubia adúltera de expresión inocente o de haber introducido en su vida a aquel fenómeno del contrabajo con el que entabló una amistad que creyó sincera desde el primer acorde que tocaron juntos. Pero la vida da muchas vueltas y los caminos del señor son inescrutables.
John Smith, más conocido como Laertes, “el bluesman asesino”, castigó con la muerte a todas aquellas mujeres que cedieron a la tentación de pasar una noche con el atractivo y melancólico cantante, mancillando los votos sacramentales del matrimonio y deshonrando a sus maridos. Para él, aquello era justicia y no se arrepentía lo más mínimo de haberlas ajusticiado, al igual que comprendía, aceptaba y casi hasta agradecía que se le ajusticiase a él. Cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da.
El único error que cometió Laertes fue el de arrojar los cadáveres a los pantanos, creyendo que los caimanes darían buena cuenta de ellos haciendo desaparecer así los cuerpo. Al parecer los caimanes eran unos exquisitos y exigentes gourmets y no gustaban de la carne de las infieles. Son animales muy empáticos e intuitivos y no soportan el olor de la podredumbre del corazón de una mujer.