A veces y cuando menos te lo esperas la vida te da una lección y te abre los ojos, evidenciando tus carencias y aclarando tus ideas.
La sociedad en la que me ha tocado vivir ha conseguido confundirnos hasta tal punto que ya no sabemos qué es lo verdaderamente importante en la vida, lo que nos define como seres humanos y lo que realmente consigue alimentar nuestras almas.
Esta mañana, uno de mis mejores amigos, un tipo que es tan artista como buena persona, me ha enseñado hasta qué punto hemos llegado a confundirnos, o nos hemos dejado confundir.
Mi amigo me contaba con excelente humor y verdadera actitud positiva, que el hecho de que estuviera lloviendo desde que comenzó a trabajar a primera hora de la mañana, era más una ayuda que un incordio, pues a pesar de sus discos en el mercado, de sus premios musicales, de su formación universitaria y de sus más que envidiables habilidades artísticas, trabaja para el Servicio Municipal de limpieza, devolviendo cepillo en mano el esplendor a las calles de mi ciudad.
Quiero mucho a mi amigo, y además lo admiro y me siento muy orgulloso de él. Lo admiro por muchas cosas, pero más allá de por su talentosa faceta creativa, lo admiro por tener unos valores humanos que por desgracia hoy en día, ya forman parte del ingenuo romanticismo de quienes consideran que el trabajo dignifica, que el sacrificio personal a la hora de ganarte el pan con el sudor de tu frente es un valor añadido, y que la verdadera valía de una persona se encuentra en el interior de su pecho, y no en el modelo de teléfono con el que conteste las llamadas, en la cilindrada del coche con el que se desplace, o en el número de metros cuadrados de su hogar.
Mi amigo tiene más que claro que los sueños no son gratuitos, que se persiguen y hay que luchar por ellos, y que solo podrás alcanzarlos si no te importa dejarte la piel en el intento, y si eres capaz de aceptar que aquello que realmente merece la pena, no lo regalan en ningún lado.
Cuando asisto a cualquiera de sus muchos conciertos siempre lo aplaudo con fuerza y siempre le dedico las más grandes ovaciones, pues además de aplaudir sus formidables directos, su música y sus canciones, estoy aplaudiendo los valores morales que hacen de él un admirable ser humano, y de paso aplaudo al destino por haberme hecho merecedor de su amistad.
Espero estar a la altura.