En su día escribí una carta a Raymond Carver, tengo en mente escribir a William Shakespeare y hoy os dejo aquí unas sinceras letras escritas a la memoria de aquel intrépido piloto que un día abandonó el mundo real para viajar hasta el pequeño asteroide en el que reside el personaje con el que maravilló a los lectores de todo el planeta.
No me canso de decir que si todo el mundo leyera El principito, quizás habría menos problemas y la sociedad no se corrompería a la velocidad a la que lo está haciendo. Y que con cada relectura de este maravilloso libro, se aprende algo nuevo, y que da igual la edad a la que lo leas pues siempre encontrará un atajo para llegar hasta lo más profundo de tu alma.
Pero bueno...al lio.
Querido Antoine,
me llamo Juan y soy uno de esos lectores a los que cambiaste la vida al leer tu obra.
El principito se ha convertido en mi biblia personal, en mi particular manual de autoayuda y en el más eficaz libro de instrucciones para soportar una realidad que me enferma, me estomaga y me desespera.
Mi asteroide secreto es más pequeño aún que B 612 y me refugio en él cuando me descubro confuso y perdido en esos momentos en los que tan solo quiero llorar, en los que que necesito esconderme de la vida real y en los que los monstruos que se juegan mis ilusiones a los dados han decidido cobrar su premio. Y han salido a buscarlo.
Entonces levanto una empalizada de letras, un escudo protector de metáforas y, trato de ponerme a salvo confeccionando una formidable cota de mallas hilvanando resistentes palabras en negro sobre blanco.
Y sé que te debo mucho, mucho.
Y te agradezco de corazón que quisieras compartir con todos tu maravillosa forma de entender la realidad y, de convertirla en un cuento en el que escondiste tesoros para que los lectores que supieran interpretar el mapa oculto en él, pudieran desenterrarlos.
Entre las páginas de tu libro encontré muy joven la joya que simboliza la responsabilidad de cuidar de los volcanes y de los baobabs, un poco más mayor las monedas de oro con las que pagar la tranquilidad de no depender de nada, ni de nadie, y mucho más mayor el inmenso diamante que es el verdadero significado de la palabra amor, que me permitió identificar a la Rosa que siempre embellecerá el jardín de mi existencia, y asumir que me hará feliz quererla a mi lado, pero no quererla mía, porque eso no es querer. Y que querer de verdad a veces es muy difícil, y muy doloroso.
Comprendí que todos necesitamos ser domesticados y que tumbarme a descansar junto a un amigo de verdad, puede ayudarme a reponerme del más agotador esfuerzo.
Que hay demasiadas boas digiriendo elefantes, escondidas dentro de enormes sombreros, y que todo es mío y nada me pertenece. Que prefiero las letras a los números y que todos somos monarcas y súbditos de nosotros mismos en nuestros independientes y diminutos reinos.
Gracias, Antoine, por tanto. por todo.
Pero sobre todo gracias por ayudarme a comprender que ser escritor es mucho más que escribir y que si no eres capaz de vivir lo que escribes, no conseguirás acariciar el alma de quien te lee.
Espero encontrarte en el próximo viaje, a través de una galaxia muy , muy cercana.
Siempre tuyo.
Juan