Que dura puede llegar a ser la vida en ocasiones, y que fuertes pueden llegar a ser algunas personas cuando se ven obligadas a luchar contra la adversidad y, a superar todo tipo de pruebas de esas que el destino ha preparado para que les demuestren su valía.
Y se la están demostrando. Con creces. Pese a que la vida se empeñe en ratificar eso de que a perro flaco, todo son pulgas.
En alguna ocasión he escrito que quiero mucho a la gente que quiero, y eso es algo normal o al menos debería serlo (me acojona leer la prensa y ver cada día que el ser humano vuelve a superarse en maldad, crueldad y egoísmo), lo que no es tan normal es llegar a empatizar tanto con las circunstancias de aquellos que forman parte de mi realidad cotidiana y además de alegrarme por sus logros y victorias como si fueran algo mío, y sufrir al verlos sufrir cuando los hados deciden dar otra vuelta de turca y llevarlos hasta ese lugar donde ninguno queremos estar, pues hace frio y todo es oscuridad.
Los especialistas de la salud mental que me han ayudado a poner en orden el puzle de mi vida, han tratado siempre de convencerme de que no debo dejarme llevar por los sentimientos más allá de lo humanamente necesario. Que está muy bien eso de que quiera a mis amigos y los cuide, pero que bajo ningún concepto debo hacerme responsable de lo que no me corresponde. No tengo una varita mágica y no debo castigarme por no encontrar las soluciones a los problemas de todo tipo que se les presentan. Y que además, debo intentar solucionar primero los míos y recuperar fuerzas y energía, porque si yo no estoy bien, no podré aportar nada a mi entorno.
Como canta El Chojin, no es egoísmo, pero a pesar de saberlo me tortura el ver que aún queriendo contribuir a la felicidad de quienes llegaron para enriquecer mis vidas, no alcanzo a entregar más que mis mejores deseos y mis palabras de apoyo. Y en ocasiones un beso. O un abrazo.
No hace demasiado que aprendí que un abrazo sincero es una herramienta muy poderosa, y que en los brazos de las personas adecuadas los problemas son menos desesperantes, el dolor es más soportable y se deja ver una luz al final del túnel.
Y eso es lo que puedo ofrecer: mis brazos.
Una vez me vendieron unos abrazos falsos y traidores como si fueran un producto de primerísima calidad y confundido por lo que esperaba encontrar entre aquellos brazos, me dejé engañar y me entregué a ellos. Pero por desgracia no hay mejor manera de aprender que sufriendo las consecuencias de las decisiones erróneas y vaya si las sufrí.
Es por ello que no acostumbro a abrazar como forma de saludo o de despedida. para mi un abrazo dice muchas cosas y muy importantes. Y no se lo doy a cualquiera. Pero si me dejas entregarte un abrazo sincero, sabrás que entre mis brazos solo encontrarás amor, apoyo, comprensión, verdad y ternura.
Hagamos del abrazo un eficaz plaguicida y sometámonos a una desparasitación con el cariño que se desprende de ese momento de muy especial conexión.
Este es mi particular homenaje a aquellos que están sufriendo. Y al abrazo sincero como forma de decir lo mucho que los quiero.