Y por lo que veo, a fecha de hoy el color de piel de las personas que viven en los EEUU sigue siendo un PROBLEMA con mayúsculas.
En su día, el sector más progre de la sociedad yankee no se cansó de aplaudir las valientes películas de Hollywood rodadas en los setenta y en los ochenta, en las que se nos mostraban los más arriesgados alegatos por la igualdad racial.
Tras una guerra civil, una difícil posguerra que a duras penas pudo establecer una verdadera unión entre los estados del Norte y los del Sur, y una sucesión de presidentes que se esforzaron en trabajar por los derechos y las libertades que promulga la carta magna de esa América que hoy sueña con volver a ser grande, nos encontramos con que a los mandos del que seguramente sea el país más poderoso del planeta se encuentra un megalómano narcisista y con ciertas dosis de peligrosa psicopatía que ha decidido amarrarse con cadenas de acero al sillón presidencial, y que de seguir cometiendo una tropelía tras otra, probablemente conseguirá enfrentar a sus ciudadanos de nuevo entre si, y puede que incluso destruya el sueño de libertad y de progreso con el que consiguió hacerse con el gobierno por segunda vez a consta de embaucar a unos y a otros para conseguir los necesarios apoyos.
Y no. Aunque lo parezca no estoy hablando de Pedro Sánchez (pero muchos lo habréis pensado, que lo sé yo).
Donald Trump ha decidido hacer grande a la América blanca a consta de terminar con el sueño americano y de prohibir la esperanza de quienes hipotecaron sus ilusiones al poner un pie en suelo estadounidense.
Y de paso, ha dado patente de corso y carta blanca a un buen número de energúmenos uniformados a los que permite llevar placa y pistola y pasearse impunemente por las calles de las ciudades construidas por los bisabuelos y los abuelos de quienes caen bajo sus golpes y sus disparos.
No creo que sea necesario recordar el número de afroamericanos que cayeron en las distintas guerras del siglo XX en las que los EEUU se metieron de lleno con la excusa de proteger la libertad y la democracia, ni el de los soldados de color y de distinto origen étnico pero igual pasaporte americano que han caído en las misiones en oriente próximo durante el siglo XXI.
No creo que sea necesario hablar de los héroes del cuerpo de bomberos y de la policía que se dejaron la vida durante aquel terrible atentado en las torres gemelas.
En cualquier caso, mucho más allá de hablar de que todos somos iguales a los ojos de Dios, quizás esto se entienda mucho mejor si dejo claro que la maldad no entiende de origen, género, credo ni color de piel.
Solo deseo que el día de mañana mi entorno esté formado por buenas personas, y me importa una mierda si son más rubias, más blancas y más altas que yo, o si orinan sentadas o de pie. Tan solo le pido a mi Dios, que no me hagan daño, que no me rompan el alma y que no me generen angustia. Que me respeten y empaticen con mis emociones y mis circunstancias.
Yo prometo esforzarme en hacer lo mismo.
En ello estoy.