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martes, 17 de febrero de 2026

Algo más que colmillos


 No es la primera vez que escribo sobre Drácula, la maravillosa novela fantástica del irlandés Bram Stoker que tras ser publicada a finales del siglo XIX ha sido traducida a más de cincuenta idiomas y ha vendido más de doce millones de ejemplares.

Me harto de elogiar todas su páginas, pues ninguna sobra en esta novela,  y de recomendar su lectura, pues ofrecerá a los lectores absolutamente todo cuanto un libro puede ofrecerte, evasión, ocio, conocimientos, emoción...vamos todo lo que buscamos a la hora de enfrentarnos a una lectura, aunque al hacerlo con Drácula, lo encontramos todo a la vez.

Quienes me leen y me conocen, o me leen, o me conocen, saben que soy un tipo muy romántico, a veces incluso ñoño, y que pese a todo lo experimentado a lo largo de mi vida, sigo creyendo en el amor.

La primera vez que abrí el ejemplar de Drácula que descansaba en las estanterías repletas de libros que atesoraba mi padre, no tendría más de 14 o 15 años, y aunque ya había experimentado ese compendio de sensaciones que produce besar a la persona que te roba el sueño, me decidí a leer la novela de Stoker únicamente por lo fantástico y lo gótico de su historia de vampiros, que en verdad tiene momentos realmente terroríficos. La sugestión a la que te lleva una lectura cuando estás verdaderamente entregado a ella, puede hacer que llegues a temblar y a sudar de terror, que se te acelere el corazón o que necesites abandonar sus páginas y regresar a la realidad para ponerte a salvo, cosa que me sucedió también al leer La fiesta del chivo, del genial Vargas Llosa . Y con las andanzas del príncipe de Valaquia pasé por ese estado en distintas ocasiones. Y en verdad os digo que el que me muerdan el cuello y me claven unos colmillos para luego extraer mi sangre, me da mucho menos miedo que una inspección de Hacienda o una notificación de la DGT.

No fue hasta su segunda lectura cuando identifiqué lo romántico de las páginas del libro y fue la tercera vez que devoré su contenido cuando identifiqué el más verdadero de los amores en lo que sentía Drácula por su amada.

Ese amor, que como cantan mi queridísimo Pablo y mi admiradísima Rocío en el tema que encabeza la entrada, lo llevó a cruzar océanos de tiempo para encontrar a la mujer por la que no le importó morir y condenar su alma inmortal, lo lleva una y otra vez a renunciar a todo.

Y eso es el amor, renunciar a todo, incluso a ti mismo, lo que pasa es que aunque ya sé en que consiste, me vence el miedo a las consecuencias de seguir los designios del corazón. Me aterra estar equivocado y sobre todo y por encima de todo, me da demasiado miedo no estarlo y sufrir el resto de mis vidas.

Hoy en día, en un momento en el que influencers y catedráticos de literatura se tiran de los pelos por las lecturas recomendadas a  los escolares, más allá de las más grandes joyas de la literatura universal como El Quijote, Hamlet, o Cien años de soledad, yo apostaría porque además de estos tres títulos indispensables, los más jóvenes leyesen El principito y Drácula.

Estoy seguro de que la historia de Vlad Tepes, el empalador, y la de aquel niño perdido en el desierto, pueden aportar mucho, muchísimo a la humanidad de sus lectores y a ayudar a  hacer de este mundo un lugar mejor (os aseguro que eso es lo que yo intento al publicar novelas como Incluso lo bueno y si no lo creéis, probad a leerla con el corazón y luego me lo contáis).

Todo está en los libros.

miércoles, 12 de junio de 2024

De lo más espantoso a lo realmente bello


 Aquello que define al ser humano y ayuda a auparlo al ansiado título de especie superior es la imaginación.

Hay muchos animales inteligentes, no somos los únicos. Animales que diseñan y emplean estrategias para la caza, el cortejo, la crianza...animales que utilizan herramientas para conseguir sus objetivos. Animales que intrigan para hacerse con el liderazgo de la manada, o con la hembra de un congénere más poderoso, en fin...animales muy humanos. Pero nuestra imaginación nos define y nos distingue de ellos. Y nuestra capacidad de hacer de lo más espantoso algo realmente bello, como es el caso de la novela y gran best seller  de finales del siglo XIX, Drácula.

El tema que encabeza esta entrada y que ya he utilizado e alguna otra ocasión, porque me encanta, es la canción de Blow, Oceans of time, versión en la que  la deliciosa Roció Torío suma su portentosa voz a la de mi gran y querido amigo, Pablo Acebal, para la grabación del video clip y para el último trabajo discográfico de la talentosa banda vallisoletana.

Esta canción, habla de los "océanos de tiempo" que en el libro del irlandés Bram Stoker, el príncipe de Valaquia, Vlad Tepes, más conocido como Drácula, o Vlad Dracul, el empalador, afirma haber atravesado para reunirse con su amada. 

Este héroe transilvano del sigo XV fue un tipo realmente cruel. Su sobrenombre de "El empalador" no es algo casual. Le viene de su simpática costumbre de empalar a sus enemigos y a sus prisioneros, tras haber practicado esa salvajada con miles de soldados turcos invasores de su tierra, con comerciantes sajones a los que saqueó y asesinó, e incluso con mujeres a las que empaló según cuentan las crónicas, con sus hijos lactantes en los brazos.

El escritor Bram Stoker convirtió su historia en una de las más románticas historias de amor que he leído nunca, convirtiendo a este diabólico noble rumano en un vampiro que condenó su alma inmortal por amor y que tres siglos después de la muerte de Justina, la que fue su esposa en vida, afirma haberla reencontrado en el cuerpo de Mina, la prometida del joven pasante que debe poner en orden la compra de sus propiedad en la Inglaterra victoriana. Cuando Drácula conoce a Mina, afirma mirándola a los ojos que ha atravesado océanos de tiempo para volver junto a ella.

Hace unos días, le conté a una pizpireta y encantadora alumna a quien conocí al impartir un curso de dramaturgia en Simancas, y con quien he creado una bonita amistad nacida de la común facilidad para desnudar el alma, que lo dicho por el conde Drácula lo he sentido yo también al mirar a los ojos de una mujer a la que al no comprender como podía haber amado tanto sin apenas conocerla, supe que sencillamente aquello se debía a que ya la había amado antes, en otro tiempo, con otro nombre, en otro cuerpo. Y que había atravesado océanos de tiempo para volver a su lado.

Mi amiga de Simancas es una persona romántica y tierna, de las que  a pesar de haber sufrido injusta e innecesariamente en nombre de un amor mal entendido, sigue creyendo que ese sentimiento es el que mueve el mundo, el que construye la felicidad y el que da sentido a nuestras vidas. Quizás por eso mismo nos caímos bien desde el primer momento. Ella leyó en mis ojos y en mis palabras que compartíamos la misma manera de entender el amor, y yo identifiqué en su sonrisa, en sus movimientos y en su aura, restos de esos polvos mágicos que ayudan a volar a las hadas. Porque las hadas existen, aunque tú no puedas verlas.

Y como no podía ser de otra forma ayer mismo le pasé el enlace al video que rodó Fran (bajista de Blow, técnico de sonido, realizador de video, enfermero de cuidados intensivos en activo, humanista del siglo XXI y gran persona) a orillas del Pisuerga, y que hoy encabeza esta entrada. Y como tampoco podía ser de otra forma. le encantó.

La crueldad de Vlad Tepes de Valaquia inspiró a Bram Stoker para escribir una novela soberbia, a Pablo Acebal y a Francisco Fernández para grabar un tema espectacular y a mi para identificar en negro sobre blanco algunas verdades que rigen mi forma de afrontar la vida.

La imaginación nos hace libres, el amor nos atrapa y encadena, y la literatura y la música nos liberan de esas prisiones donde insistimos en acomodarnos para cumplir allí penas que van desde los cinco segundos de un beso robado al destino, a toda la eternidad al descubrir que la encontraste a Ella y la amarás una vida tras otra, pase lo que pese y le pese a quien le pese. 

Igual no somos la especie superior, pero podremos imaginar que lo somos y soñar con serlo.