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sábado, 17 de enero de 2026

Decisiones acertadas


 Y es que la vida consiste precisamente en eso, en tomar las decisiones acertadas en el momento preciso.

Tras repetirse mentalmente esta frase un par de veces para animarse a dar el paso, el altamente sensible asesino de ojos tan fríos y azules como el mar de invierno, amartilló el arma introduciendo en la recámara al hacerlo una bala de 9mm, munición con la que la pistola automática italiana de la casa Pietro Beretta adquirida en el mercado negro barcelonés muchos años atrás, acompañaba siempre las decisiones que más le habían costado tomar. Y otras muchas más sencillas.

La confiada víctima de su ejercicio de justicia kármika dormía agotada tras la intensa noche de pasión carnal e inconsistente y de vulgar juego gimnástico sucedáneo de amor, tan indefensa como terriblemente hermosa, arropada con una sábana de lino que apenas alcanzaba a cubrir su cuerpo desnudo.

Durante apenas una fracción de segundo Laertes regresó a la noche en que Ella,  la única mujer a la que había amado, le rompió el alma al confesarle que llevaba meses acostándose con otro hombre, el jefe de cirugía cardiovascular de la planta del hospital en el que Marta trabajaba como enfermera desde hacia varios años. Asumió la traición no sin cierta sensación de derrota, pues aquel hombre era más que insignificante a todas luces; un tipo vulgar y anodino al que disfrutó atravesándole el corazón con un cuchillo de monte adquirido en metálico en las rebajas de la sección de deportes de un cercano y  conocido centro comercial.

El doctor Ortega ni siquiera trató de defenderse cuando lo sorprendió en su garaje al bajar del Mercedes descapotable con el que intentaba compensar ante las jóvenes enfermeras su carencia de atractivo personal. Fue un crimen limpio, podría decirse incluso que casi aséptico, jugando con las analogías sanitarias. Lo que está claro es que fue mucho más rápido de lo que hubiera querido por aquello  de disfrutar del placer de la venganza. Visto y no visto. Un corazón por otro. 

Tras alborotar un poco las habitaciones el chalé del difunto galeno y fingir un vulgar robo al hacerse con algunas pertenencias de valor y con el dinero que encontró en los cajones de la mesilla de noche, se aseguró de no dejar pista alguna sobre la verdadera naturaleza del crimen y de su culpable y abandonó con disimulo la finca a la que se accedía desde una vía de servicio de la carretera de montaña que llevaba hasta la lujosa mansión.

Al matarla a ella sin embargo si disfrutó, o bueno...más bien disfruto unas horas antes...y mucho. 

No le resultó difícil convencerla de que había perdonado su infidelidad y de que seguía amándola como el primer día, o incluso más al haber estado a punto de perderla para siempre.

De ahí a la cama apenas mediaron unas horas de conversación y una botella de tinto crianza de la Ribera del Duero.

Prefirió ejecutarla dormida, no se atrevió a despertarla para explicarle sus razones, aunque de sobra eran sabidas y justificadas. Pensó que si lo hacía quizás ella encontrase las palabras adecuadas para convencerlo de perdonar su vida. Y no lo haría.

Laertes era un asesino a sueldo oculto bajo su doble vida como funcionario del ministerio de cultura y a todos los ojos un tipo encantador, carismático y peculiar, aficionado al teatro, a la música, a la literatura, a los felinos y a las mujeres bonitas, y los vinos de nombres rimbombantes.

Jamás permitió que ninguna de sus conquistas descubriera su verdadera profesión y ni mucho menos, Marta, la única mujer a la que había amado de verdad y de la que el destino se sirvió para castigar sus muchos pecados.

Colocó el silenciador como medida extra de seguridad, aunque había insonorizado su vivienda hacia ya tiempo, con el pretexto de escuchar la música de Wagner en sus vinilos de Doitche Grammophone a todo trapo, amplificados por el mejor equipo de audio que a marca Bose había fabricado.

Tras apartar la sábana con la mano izquierda dejando al aire los pechos de Marta, apoyó el cañón del arma sobre el corazón de la impresionante belleza sureña y antes de arrepentirse de ello, apretó el gatillo. El proyectil realizó a la perfección el trabajo encomendado matándola en el acto.

Al comprobar la esperada ausencia de pulso, volvió a repetirse mentalmente eso de que que la vida consiste precisamente en tomar las decisiones acertadas en el momento preciso y apoyándose el cañón en la sien, apretó el gatillo. La muerte lo encontró acostado junto a Ella por última vez. Desde el día en que la conoció, supo que habría de morir a su lado, y que no querría hacerlo en ninguna otra parte.