domingo, 8 de marzo de 2020

137

137 es mucho más que un número. Es la estadística de la vergüenza, de la ignominia. De lo mucho que aún tenemos que aprender y solucionar.
Cada día 137 mujeres mueren asesinadas en el mundo.
Estamos en el siglo XXI y pese a que ya hemos pisado la luna, desafiamos todas las leyes físicas y coronamos las cimas más altas y más peligrosas, aún seguimos escalando una montaña cuya cumbre se nos presenta todavía lejana y borrascosa. Pero llegará el día en el que una mujer plante la bandera de la igualdad, de la razón, de la justicia. Y entonces se despeñarán por sus laderas aquellos que no sepan ver que el futuro también se escribe en femenino. Caerán los que siguen pensando que nacieron con un extra de derechos y de libertades solo por tener entre las piernas un órgano al que se le conceden más funciones de aquellas para las que fue diseñado. Aunque muchos hombres piensen con el pene, el pene no es un cerebro. No es el órgano creado para el raciocinio. Hay que fomentar la educación sexual, hay que incidir mucho en esta parte de la biología y la morfología.
He escrito mucho sobre el amor. y el amor con mayúsculas, el AMOR de verdad, lo encontramos en primer lugar en la madre. Una madre está dispuesta a morir por sus crías, a renunciar a todo por ellas. Una madre es el sumun de la generosidad. Y no solo nos encontramos con estas virtudes en la especie humana. En todas las especies, las hembras llevan en el genoma la fuerza, el valor, la astucia y la generosidad con que garantizar y facilitar la vida de los frutos de sus entrañas.
Nosotros tenemos pene, si, pero carecemos de ese grado de perfección en el vínculo que nos une a nuestros hijos.
Mi padre ha sido mi faro. Mi luz y mi guía. Aunque han pasado ya más de cinco años desde que el farero tuvo que dejarnos, su luz aún brilla para mi guiando mis pasos. Pero puede que su más acertada elección, su mejor regalo y su más valioso legado fue mi madre.
De la unión de las dos mejores personas que he conocido nunca, nacieron mis hermanos y de estas cuatro bendiciones en mi vida, mis tres hermanas me han enseñado que las mujeres saben luchar por sus objetivos y son tan merecedoras o más que los hombres de alzarse con el triunfo.
Por eso, por los ejemplos que he tenido a mi lado, por el amor que he recibido siempre de las mujeres de mi entorno, por el que he sabido ganarme de la mujer compañera y pareja, no consigo entender que puede pasar por la cabeza de un hombre que mata a una mujer,
Errare humanun est, está claro. pero errar demasiado y negarse a aprender de los errores es algo que pocas veces puedo escribir en femenino. Soy un hombre y pese a ello no me supone ningún problema reconocer que como género estamos excesivamente limitados por la costumbre y la prepotencia de nuestros egos. Pero basta ya. Trabajemos juntos para que este número se reduzca a cero. Para que la muerte, que es algo real y a lo que tendremos que conceder acceso cuando nos toque, llegue solo por causas naturales o por accidentes de todo tipo, pero no por deseo salvaje, por celos, posesión. egoísmo, rencor y otras formas de nombrar a  la frustración.
Comienza la cuenta atrás. Tenemos que llegar hasta cero.

jueves, 5 de marzo de 2020

La familia crece

Ya ha nacido mi tercer hijo. Esta vez ha sido una niña, una preciosa novela con las mismas proporciones que su madre, de talle fino pero de elevada estatura.
Cual orgulloso padre, me he fumado todos los puros del mundo en estos años de sala de espera y mis pulmones acusarán tarde o temprano tan fasto evento,
Bien es cierto que fue concebida un poco de aquella manera. Con muchas ganas, pero con poco acierto y, al obtener la primera eco grafía de mi amiga Paz Altés, editora, escritora y una autoridad en lo suyo, me disgusté mucho al escuchar su interpretación de la misma. Paz me ayudó a traer al mundo a mi primer retoño y sé que su opinión y sus recomendaciones fueron necesarias y realmente eficaces para que Temporada de setas haya podido romper a llorar después de los azotitos pertinentes. He tenido que cuidar mucho su desarrollo intrauterino y administrarle los medicamentos, las vitaminas y el alimento necesario para que consiguiese salir adelante. En este proceso, he contado con la inestimable ayuda de otra gran mujer formada y doctorada en las mismas especialidades que su prima Paz, Eva, Eva no ha reparado en chequeos, revisiones, correcciones y tratamientos oportunos para terminar además por someter a la pequeña a una cirugía plástica que ha conseguido disimular sus pequeños defectos congénitos, resaltando su belleza natural. La recién nacida es preciosa. Parece un angelito, como todos los bebés y me inspira una especial ternura, pues sus hermanos mayores me hicieron también muy feliz cuando llegaron al mundo, pero ella ha venido en el momento necesario y oportuno para ayudarme a superar pérdidas y dolencias.
Este viernes día 6 de marzo tenemos su bautizo. En esa ceremonia laica conocida como "presentación", el editor Jose Luis Pastor, de Suseya Ediciones ejercerá de padrino y la propia Eva Melgar ejercerá de madrina. Como no podía ser de otra forma, el evento tendrá lugar en esa catedral de la cultura que es la sala Concha Velasco, del laboratorio de las artes de Valladolid.
Al acto, abierto, público y gratuito, amenizado por amigos de la familia como Dario Martín H y Pablo Acebal y acompañado del humor y del talento de la actriz, dramaturga y poeta,Elena Pizarro (tía carnal de la homenajeada)acudiremos cuantos celebramos esta feliz noticia y juntos lo disfrutaremos. Estáis todos invitados. 
Durante este evento, el Gastrolava (restaurante anexo a la sala Concha Velasco, donde se sirven los boletus más ricos de Valladolid) instalará una barrita para que los asistentes puedan pedir una cerveza durante el cóctel que se ofrecerá al término de la ceremonia por cortesía del padrino. Todos disfrutaremos de un vino español junto a autoridades, prensa y familia, en el que participarán con producto los establecimientos y las bodegas y empresas que han aportado sus genes al desarrollo del feto. Todo el producto que se degustará durante este pequeño ágape, tiene su espacio en distintos momentos de la novela. Al ser el protagonista un policía vallisoletano, eran inevitables las referencias a los redondos vinos de Yllera, las más que apetecibles tapas del Vayco y del Vintage y  los deliciosos bombones de Dasilva Gastronomía.
Una vez soñé que podría ser un buen padre. Una vez aspiré a ser al menos la mitad de buen padre de lo que lo fue el mio y a él, al abuelo que Temporada de setas por desgracia no llegará a conocer, rendiré homenaje con cada nuevo miembro de la familia que traiga al mundo.
Sé que será algo precioso. tan bonito como perpetuar mi apellido en estos pequeños que ahora duermen al cuidado de  su amorosa y orgullosa abuela.

sábado, 29 de febrero de 2020

Tantas filas

Que Spielberg es un genio del cine no es algo que vaya a desvelaros ahora, queridos lectores, pero sí quiero resaltar algo que cuando se habla de él y de su labor cinematográfica no se acostumbra a destacar: la sutileza de su arte, lo sobrecogedor de su metáforas.
Supongo que la mayoría de vosotros habrá visto La lista de Schindler, esa impresionante película que narra la historia real de alguien que quiso salvar vidas en un momento y en un mundo en el que lo más fácil era arrebatarlas o simplemente mirar hacia otro lado.
Dado que Spielberg es judío, muchos de los que aplaudieron su película simplemente entendieron que la denuncia del film venia tan solo de la condición semita de su director, pero al fin he entendido. Da igual la fe del cineasta, es su humanidad la que se puso tras las cámaras y nos regaló esta cinta triste, angustiosa, dura, cruel, pero con un mensaje esperanzador.
Todos recordaréis a la niña del abrigo rojo. En una cinta rodada íntegramente en blanco y negro, en ocasiones podíamos ver a una pequeña niña judía con abrigo rojo que caminaba en el gueto de la mano de su padre, que corrían angustiada junto a las largas filas donde los soldados de las SS separaban a los que iban a morir de los que se iban a convertir en ,mano de obra esclava y en uno de los momentos más duros de la película, vemos su cuerpecito ataviado de rojo quemándose en la gran pira con miles de cuerpos que los nazis prenden para deshacerse de despojos humanos.
Es niña sigue caminando angustiada de la mano de sus padres hoy en día. Sigue corriendo despavorida junto a otras largas hileras en distintos países del mundo. Esta pobre niña y su abrigo rojo arden en cientos de piras a lo largo del planeta.
Ya no son los fanáticos soldados de las sanguinarias SS los que han encendido los fuegos. Hoy son el fanatismo islámico, los cárteles de la droga, las guerrillas que forman niños soldados, los sicarios a sueldo del capital y distintos colectivos sin alma los que prenden la hoguera arrojando a ella a un sinfín de mujeres y hombres a los que carbonizar el futuro. Vemos también ese abrigo empapado envolviendo el cadáver del cuerpecito ahogado en el Mediterráneo al tratar de escapar de las hileras de la muerte y haberse encontrado con demasiadas fronteras entre la guerra y la esperanza. Ese mismo abriguito rojo cubre otro cuerpo separado de sus padres que yace a los pies del muro que un líder norteamericano se ha empeñado en levantar en el nombre de su petroleo, del dolar y de la enmienda nosecuantos.
Demasiados abriguitos rojos  sobre demasiadas niñas muertas. En Bolivia, Colombia, El Congo, Venezuela, Corea, Siria, Turquía, Marruecos...
El eterno sastre está harto de coser el patrón de una prenda para la muerte y la ignominia, pero sobre todo está harto de que no nos demos cuenta de que ese abrigo nunca estuvo de moda, por mucho que se venda a lo largo del globo terráqueo (ya hablaremos en otra ocasión de esa sandez del terraplanismo).
Puede que a raíz de cierta ECM que me tocó vivir, me haya cambiado por completo la visión de la vida. puede que el haberme atiborrado de química durante más de cinco años con la sana intención de erradicar penas, miedos y nervios, me haya abierto algo que tenía cerrado, pero esta noche he vuelto a llorar dormido. He llorado por la niña del abrigo rojo. Por ella...por todas ellas.
Algo se podrá hacer digo yo. Por favor...que  además de impermeables parecemos daltónicos al sufrimiento ajeno. 
Por favor, empapaos de literatura, de música, de arte, teatro y de danza. Por favor, empapaos de cine.

viernes, 28 de febrero de 2020

Me cago en Henry Ford



Ya está, ya lo he dicho.
Disculpen mis modales, pero entenderán ustedes que esta postura mía es bastante incómoda y que aparte de los nervios destrozados, tengo las lumbares fatal.
Y es que no se porque el Ser humano ha desarrollado es habilidad tan especial para diezmar a los de mi especie.
No crean que nos vamos a dejar erradicar así por las buenas.
De momento ya hemos conseguido convencer al gobierno (a cambio claro, de ceder más tierras) de que reduzcan la velocidad máxima a ciento diez por hora, aunque claro, conociendo el carácter español y la natural voluntad patria para acatar las leyes, en este país el que baja de los ciento treinta, es que es tonto.
Con la benemérita tenemos un acuerdo especial: ellos se hacen más visibles, (por aquello de acojonar a los infractores) y nosotros destruimos todos los documentos gráficos sobre agentes entrando en puticlubs de carretera a las diez de la mañana y saliendo de los mismos a las tres de la tarde (ya se...no me lo digan: el café del funcionario).
No les basta con dejarnos sin espacios naturales con su manía de construir tanta autopista, que encima siempre hay un gilipollas que tira la colillita por la ventana y ala...a tomar por culo media familia.
No se ustedes, pero a mi ese cuento de la pirámide evolutiva me parece un chorradón ¡¡si los hombres son todos idiotas!!
A ver díganme ¿que especie animal se pasa el día conspirando para destrozar su propio hábitat? ¿que especie animal reelige al jefe de su manada cuando se demuestra que ya no sirve para nada? ¿que especie animal gasta los recursos del grupo en alimentar a unos pocos, dejando morir de hambre a los demás?
No se, algo no va bien entre ustedes.
Yo por el momento, les rogaría que extremaran la precaución al volante, porque cada día que pasa perdemos a cientos de erizos en edad de trabajar y a diferencia de ustedes españoles, que tienen a cinco millones de personas en el paro, nosotros no damos a basto.
También les agradecería que trataran de trasladar los focos de prostitución de cunetas y rotondas a edificios habilitados a tal efecto, porque nuestros pequeños se pasan el día más salidos que la punta de una lanza y no ganamos para bromuro.
Sería estupendo que eliminaran las cuatro ruedas y todo el mundo se moviera en Vespa, que además es más vistoso y aporta mucho glamour, pero se que eso es pedir un imposible...están cotizadísimas.
Hagan el favor de poner de su parte, porque ya se nos están empezando a hinchar las gónadas y el paso siguiente va a ser aliarnos con los mineros asturianos y leoneses y empezar a cortar carreteras.
No vean ustedes, lo bien que les va a sentar cuando paren en un arcén con la vejiga reventona y en medio del alivio se lleven media docena de puas en la punta del banano.
El que avisa no es traidor, y les dejo, que viene un Seat León amarillo conducido por un muchacho con camiseta de tirantes y con estos hay que esmerarse.
Suyo afectuosamente.

Un erizo cabreado.

sábado, 22 de febrero de 2020

De parte a parte


-Siéntese y pruebe la cerveza de Hans. Sé bien que los españoles sois más aficionados al vino que a nuestra bebida, pero os garantizo que dará vigor a vuestra lengua, así que contadme lo que habéis descubierto. Lo que digáis quedará entre nosotros, aquí nadie podrá oírnos. No os preocupéis, caballero.
Tras decir esto el editor, impresor y librero, Crostobal Plantino, bebió un trago de su jarra de cerveza y tomó acomodo como pudo en una de las toscas sillas de madera sin labrar que amablemente había colocado en aquel sótano de su establecimiento su amigo Hans, el dueño de aquel tugurio. La taberna de Hans era el lugar donde había decidido citar al espía para pasar desapercibidos entre los soldados y burgueses de la zona.
Plantino se dispuso a escuchar el relato de su interlocutor, el mercenario español Tomás de Ronda. Tomás era el típico caballero español de mediados del siglo XVI. Orgulloso, extremadamente susceptible y con un turbio pasado que le había llevado a alejarse de su patria y a poner su vida y su espada al servicio de quien estuviese dispuesto a entregarle una buena bolsa. El español era lento con la lengua, pero ágil y habilidoso con la espada, como bien podrían confirmar allá en la cruel y cálida España unos cuantos maridos cornudos de seguir con vida.
-Vuestro yerno os ha traicionado, señor impresor. Llegó a su conocimiento que se os había escogido por su majestad, Felipe II, para imprimir con exclusividad todos los textos religiosos y en uno de vuestros viajes a Paris tomó los tipos de vuestra nueva tipografía y colocándolos en la imprenta imprimió con ellos las tesis de Lutero. Al disponer de vuestro sello y ser una tipografía única en el mundo, hizo llegar lo impreso a la Santa Inquisición y el inquisidor supremo de Flandes lo ha enviado a Madrid. En cuanto llegue a las manos de su majestad el rey se os privará de ese contrato en exclusiva y vuestro yerno optará a él, con el beneplácito y el apoyo del santo oficio.
El flamenco editor apuró la jarra de rubia cerveza y se secó los húmedos bigotes con la manga del jubón. Haciendo un tremendo esfuerzo, mantuvo la compostura.
-Jan, perro traidor. Desconfié de él desde que comenzó a cortejar a mi Claudia, mi hija, mi tesoro más preciado. Por desgracia su dote era más que generosa y los costes de la imprenta, la linotipia, los tipos y todo el material eran muy elevados, por lo que prostituí su amor y lo vendí por un cofre lleno de monedas de oro. El diablo acuñó esas monedas, no lo dudo. -
-La mano ociosa es el instrumento del diablo- dijo Don Tomás de Ronda santiguándose al tiempo- y vuestro yerno pasa demasiado tiempo mesándose las barbas y prestando oídos a esas nuevas doctrinas, que para él se traducirían en más propiedades y joyas, si consiguiese hacerse con el favor del rey de España y lo que es más importante aún si cabe, con el de la única y verdadera fe. -
-Tendré que esconderme, buen caballero. Si la inquisición ha puesto sus ojos en mí, no tardará en poner también sus manos. Ya no tengo edad para el potro. - gimió lastimero el editor- Las falsas acusaciones de mi yerno me podrían costar la vida por lo que quiero agradecerle el favor pagándole con la misma moneda. Matadlo, Don Tomás, atravesadle el pecho de lado a lado con vuestro acero, poned el precio que más os acomode, lo pagaré con gusto. No escatiméis en el tamaño de la bolsa que pidáis por su vida. Os la entregaré gustoso y por adelantado. -
Cristobal Plantino notó por el gesto de alarma del caballero andaluz que estaba comenzando a hablar demasiado alto y se obligó a si mismo a controlar la rabia y a bajar la voz.
-Partid de inmediato. Seguramente lo encontraréis preparando la marcha, pues mi hija y él tienen costumbre en estas fechas en visitar a unos parientes de Jan que viven en la costa. Matadlo y me haréis justicia.
- No os cobraré por ello, señor impresor. - Dijo Don Tomás
- De ninguna manera. Insisto en el pago-añadió interrumpiendo Cristobal Plantino
El caballero de Ronda le hizo un gesto con el dedo índice pidiéndole silencio y mirándole fijamente a los ojos y con la mano derecha apoyada sobre el pomo de su acero toledano, dijo con voz sensiblemente afectada por la desesperación y la tristeza del impresor belga: - Los españoles somos hombres de honor y vuestro yerno se ha comportado como el más rastrero y avaro de los judíos que entregaron a Cristo. Este trabajo correrá de mi cuenta y será un placer y una satisfacción personal quitarle la vida a tan vil serpiente. Sin embargo sí que os agradecería que llamaseis a vuestro amigo Hans y le pidieseis otras jarras de este brebaje. No es como nuestros caldos españoles, pero está francamente delicioso. Bebamos y brindemos por la reparación de vuestro honor y vuestro nombre. Mi espada se ocupará de ello, no os preocupéis. Y ya que dejaré viuda a vuestra hermosa hija Claudia, para mí sería el más hermoso pago por los servicios prestados.
Cristobal Plantino accedió a su pretensión con una enorme sonrisa y un fuerte apretón de manos con el que selló el acuerdo.
Pocos días después, Jan Moretus, yerno y heredero de Cristobal Plantino, fue encontrado muerto junto a las caballerizas de su casa, al parecer víctima de un robo. El ladrón lo había despojado de la bolsa tras haberle atravesado el corazón de parte a parte. Recibió cristiana sepultura y su suegro, el impresor y editor Cristobal Plantino, pagó generosamente más de un centenar de misas por su alma.

jueves, 6 de febrero de 2020

Una puntita de vinagre



Con mucho cuidado ensartó el cadáver del roedor en el afilado hierro que había seleccionado para preparar la comida y lo colocó sobre el fuego.
Era una rata bastante hermosa, de unos dos kilos y medio, y una vez estuviese lista y –acompañada por un buen tinto de la zona–, se daría un festín a la salud de los muertos del caudillo y de los de la nueva España.
Nini siempre le conseguía las mejores piezas. El zagal se había convertido en el más consumado cazador de ratas de la comarca, mucho más hábil que su tío, el ratero, si bien es cierto que comenzaban a escasear los mejores ejemplares, pues otro joven de la zona había empezado a cazar también ratas de agua visto que el hambre se estaba apoderando de Castilla. Los pocos pastores que vivían cerca se cuidaban mucho de no perder su ganado y lo mantenían incuso  a costa de pasar penalidades ellos mismos, pues con cada cordero o cada vaca que vendían a los comerciantes de Valladolid podían alimentar a sus hijos unos días más.
Justito, el alcalde, decía que las ratas bien fritas con una puntita de vinagre eran más sabrosas incluso que las codornices. Pero el muy cabrón tampoco renunciaba a apretarse unas codornices o unas perdices de vez en cuando. Las comidas con los gerifaltes del movimiento y con el cura que oficiaba las misas en el pueblo vecino, siempre ponían los dientes largos a los vecinos que, envidiosos, trataban de arruinarlas con cualquier excusa, presentándose en casa del alcalde solicitando su presencia para dirimir fingidas disputas de lindes o denunciar ficticios avistamientos de maquis o de “topos” escondidos en graneros cercanos. Incluso una vez varios vecinos, conocedores de la celebración del día de la victoria con un lechazo asado en el horno de leña del señor alcalde, se compincharon para presentarse en su casa indignados por el supuesto intento de envenenamiento de los silos de grano por parte de un nutrido contingente de rojos que se negaban a aceptar al generalísimo como caudillo de España por la gracia de Dios. Para dar más efectismo a la historia y hacerla creíble, habían cortado ellos mismos las cadenas que impedían el acceso a los silos y llegaron a disparar cartuchazos al aire, fingiendo haber puesto en fuga a comunistas y masones quienes, como perros cobardes que eran, habían huido por evitar el enfrentamiento.
El plan fue un éxito y, con el jaleo de las detonaciones, los  gritos y la puesta en escena de los vecinos compinchados, el alcalde y los falangistas salieron de la casa con las pistolas en la mano dando vivas a Franco y a España, dispuestos a unirse a la batalla.
El cordero lechal abandonado a su suerte a más de trescientos grados termino arruinándose y la comilona tuvo que ser sustituida por pan y unas lonchas de queso algo rancio.
Tras darle otra vuelta al hierro donde se asaba la suculenta rata, Laertes bebió un buen trago del porrón a la salud de sus ingeniosos vecinos.
España había sufrido una herida muy profunda del treinta y seis al treinta y nueve y, desde el día en que cayó Madrid, agonizaba lentamente envuelta en la bandera nacional.
Laertes no había luchado en la guerra: apenas era un niño. Pero perdió a su abuelo y a dos de sus tíos a manos de los milicianos republicanos que no hicieron distingos a la hora de pasar a cuchillo a cuantos se encontraban del lado de los nacionales, aunque solo fuesen hombres reclutados a la fuerza por encontrarse en el lugar equivocado.
Aquellas pérdidas familiares habían generado un resentimiento brutal y un odio a los republicanos que derivaron en la denuncia por parte de su abuela y de su padre de cuantos parecieran sospechosos de abrazar el comunismo o de coquetear con la masonería. Más de una cuneta del término municipal se habitó con los cadáveres de quienes fueron denunciados sin pruebas. Al igual que –sabía– había pasado en la zona roja, donde curas, señoritos, banqueros, militares y presuntos fascistas habían muerto fusilados o degollados a manos de pelotones de ejecución o de la encolerizada turba.
La rata ya estaba en su punto y, sacando la navaja, procedió a trincharla.
Tras aderezarla con sal y vinagre, Laertes se sirvió un muslo y reservó los huesos para los gatos que pululaban a su alrededor esperando las sobras.
“La muerte son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir»… recordó haber escuchado una vez en boca del maestro. Y se sonrió al pensar en las ratas que habitaban esos ríos y que ahora lo alimentaban

viernes, 31 de enero de 2020

Temporada de setas

Se acerca el momento.
Esta novela que pronto verá la luz y llegará a lectores de toda España es mucho más que un libro.
La idea y la necesidad de escribir Temporada de setas nació hace más de cinco años, unos pocos meses después de darle plantón a la pálida señora cuando ya había coqueteado con ella y me llevaba de la mano a un lugar donde todos tendremos que instalarnos al llegar nuestra hora.
Uno de los primeros días en los que me animé a salir bastón en mano tras aquello, Juan, mi tocayo y propietario de uno de esos bares especiales y muy culturales que podemos encontrar en Valladolid, me arrojó un guante que recogí presto y decidido. Juan me preguntó qué sería capaz de hacer con la frase temporada de setas y qué me inspiraba ese concepto.
Yo acababa de salir de la lesión cerebral axonal difusa, lesión con una estadística demoledora: un noventa por ciento de muerte directa y muchos pacientes en estado vegetal entre ese diez por ciento superviviente. Al parecer y según me informaron los neurólogos del hospital donde pasé mas de mes y medio entre el estado comatoso, la UCI y la recuperación en planta, mi cerebro se había salvado gracias a leer tanto y a escribir tanto. Necesitaba escribir la novela que me había inspirado el reto de Juan. Y me puse a ello.
No tardé demasiado en tener un primer manuscrito donde di rienda suelta a las ideas que me abarrotaban la cabeza y de alguna forma aquel primer borrador era una catarsis de multitud de sentimientos que iban desde el miedo a la vida, el dolor ante al traición, el amor mal entendido y el deseo más feroz, mezclado y agitado en una batidora agujereada que perdía un poco de contenido y no terminaba de lograr la mezcla perfecta.
Aquel primer borrador lo revisé después con la directora de la editorial que publicó mi primer libro y que sabiamente me dijo que aún no estaba listo para ver la luz. Entonces, algo triste y desilusionado, lo dejé en barbecho y me dediqué a otros textos, otras metas y otras catarsis. Pero hace unos meses volví a sentir la necesidad de terminar lo empezado y le pedí ayuda a una estupenda amiga, también editora y además novelista premiada. Y junto a ella me senté a trabajar duro y a dedicarle a Temporada de setas el tiempo que le había escamoteado en un principio, donde más allá de como debía contar mi historia se impuso el contarla a cualquier precio. Y la novela tomó la forma adecuada, que es la que un valiente editor vallisoletano que apuesta por los autores locales ha decidido publicar bajo su sello.
Mi querida amiga la exitosa  escritora ovetense Eugenia rico, novelista con una gran andadura en los prados literarios y con un amplio y exquisito bagaje cultural, ha escrito el prólogo de esta mi primera novela. Eugenia, conocedora de mi historia, me envió el prólogo que os voy a dejar aquí en primicia.
He de reconocer que cada vez que lo leo  me emociono.

Desde que leí por primera vez a Juan Pizarro supe que era un verdadero escritor. Un gran escritor. Fui la presidenta de un jurado que descubrió su cuento después de leer miles, y en la entrega de premios le dije:  «tú tienes verdadero talento y el verdadero talento es responsabilidad». Como dice Rilke en las Cartas a un joven poeta, uno debe escribir tan sólo si cualquier otra posibilidad sería un suicidio. Bueno, Rilke lo expresa de otro modo, pero yo prefiero decirlo así. La literatura es ir en contra de una sociedad que nos invita a no pensar, a no detenernos, a seguir adelante, a no vivir nunca porque nunca pensamos en la muerte. A no amar nunca porque confundimos el amor con el placer. Leer y escribir es el oficio de no conformarse nunca, de cuestionarlo todo, de descubrirlo todo de nuevo. Y eso es lo que hace Juan Pizarro en la vida y en la novela. Una persona extraordinaria este Juan al que leí antes de conocer. Un escritor que dará mucho que hablar. Un escritor que hará el mundo mejor escribiendo. 
Eugenia Rico Enero, 2020

Eugenia es una mujer generosa de muy hábil pluma y de una ternura muy especial. Puede que no se haya dado cuenta aún de que con este texto sobre mí y sobre mi novela, ha conseguido lo que años de medicación no han terminado de lograr, ME HA DEVUELTO LA CONFIANZA EN MI MISMO.
Espero que logre estar a la altura de las espectativas generadas.
Esta novela es también un canto a la amistad y un homenaje a mis amigos, que con su hospitalidad, su inmenso cariño, sus vinos, sus bombones y su música, enriquecen el contenido de mi obra.
Prueba de ello es la canción que os dejo a continuación y que es parte de la BSO original  de Temporada de setas  una BSO integrada en un 95% por amigos músicos vallisoletanos.
Tengo además la inmensa fortuna de que todos estos amigos que integran la banda sonora de mi novela, han accedido a tocar durante la presentación de la misma en el LAVA (Laboratorio de las Artes de Valladolid). Os avisaré de la fecha de este evento tan especial.
Que ustedes la disfruten.

miércoles, 22 de enero de 2020

Solo por Miedo

"Una vida más tarde comprenderemos, que la vida perdimos, solo por miedo".
Laertes pensó que cuando lo canta María Salgado, resulta hasta bonito, pero que él no iba a permitir que se le escapase la vida solo por miedo. No. Pasara lo que pasara y le pesara a quien le pesara, iba a vivir todos y cada uno de los minutos que le concediera el destino.
El brazo del tocadiscos levanto la aguja y volvió a su lugar, y el aparato detuvo el giro del vinilo de la cantante toresana. 
Laertes ajustó el revolver en la funda tobillera y solo por precaución guardó en el interior del bolsillo del chaleco un tambor completo de balas del calibre treinta y ocho con la punta hueca. Nunca se sabe lo que puede pasar y aunque iba a ser un trabajo fácil, en ocasiones los hados son caprichosos. 
El plan de acción estaba más que estudiado y en las últimas semanas había aprovechado la afluencia de turistas en busca de sol y playa para recorrer a pie y ataviado con un pantalón corto, una simpática camiseta de Futurama y  chanclas a modo de uniforme de camuflaje, el trayecto desde el apartamento alquilado en el paseo marítimo hasta el chiringuito donde su víctima solía celebrar las entregas de mercancía. Apenas diez minutos entre la multitud y a paso de sufrido comprador en las rebajas lo separaban entre la tranquilidad del hogar vacacional y lo que los detectives de criminalística denominarían como escena del crimen.
El empresario ruso que le había encargado el trabajo había entregado ya diez mil euros en billetes de cincuenta y según lo acordado, una vez que Laertes hubiese eliminado a su competidor colombiano, recibiría treinta mil euros más en billetes sin marcar y de distinto importe.
Marbella se estaba convirtiendo en el patio de recreo de la mafia rusa y no iban a tolerar que colombianos, turcos o chinos les arrebatasen los clientes. Los niños bien que abarrotaban los bares y discotecas en Marbella, Puerto Banús, San Pedro de Alcántara y Estepona se dejaban en copas y farlopa de primerísima calidad el dinero horadamente ganado por sus padres en los bufetes, oficinas bancarias, estudios, clínicas y consultas donde trabajaban duro para ofrecer a sus familias una vida sin estrecheces. En esto se ha convertido el ocio de los cachorros de las clases privilegiadas; en noches de fiesta a todo trapo, whisky y ginebra de a cincuenta euros el cubata y rayas de cocaina sobre el vientre de modelos, compañeras de la facul, o buscavidas de rostro agraciado, pechos  de silicona y glúteos tan firmes como su voluntad de medrar en una vida difícil.
Había elegido la noche del martes porque siempre le habían gustado para actuar, dado que incluso en periodos vacacionales, la gente se cuidaba de alternar en exceso un martes pudiendo maquillar las borracheras los fines de semana o los jueves, los nuevos viernes.
Al llegar  al lugar elegido aguardó unos minutos hasta que vio aproximarse el descapotable del ostentoso y nada disimulado  narcotraficante colombiano y cuando lo estacionó en el parking privado para clientes VIP, se acercó con paso firme y decidido, extrajo el revolver de la funda del tobillo, lo apoyó sobre la rapada sien del objetivo y disparó dos veces.
Misión cumplida. La música house  que vomitaban los altavoces del chiringuito de moda amortiguó el estruendo de las detonaciones. Confirmó que como había previsto antes de ejecutar a su víctima nadie había podido verlo, emprendió una rápida retirada por la trasera del parking y antes de regresar a casa, entró en otro local de moda donde pidió un escocés con mucho hielo y cocacola light en copa de balón. Misión cumplida. 
Seguía viviendo y nunca dejaría de hacerlo solo por miedo. Sonriendo de medio lado como los marrajos de las costas andaluzas, tarareó la canción de María Salgado y se deleitó con el sabor del whisky con nombre de irreductible clan escocés. Una vez hubo apurado el combinado regresó al apartamento y se entregó al placer de la lectura de la última novela de Eugenia Rico. Laertes era un asesino de exquisito paladar y exigente cerebro. Había desarrollado con esmero su gusto por las buenas novelas y su afición por los destilados de malta.

sábado, 18 de enero de 2020

Paciencia

Esta es una virtud que me he visto obligado a desarrollar tras una serie de catastróficas desdichas encadenadas. Y ciertamente resulta muy enriquecedora.
Más allá del deseo y de las necesidades imperiosas que se rigen por el aquí y el ahora, he descubierto que al respirar, meditar, sopesar y darle tiempo a las decisiones todo es mucho más acertado.
Quizá es más difícil trabajar la paciencia cuando los resultados no dependen de uno mismo ni de sus actos, sino de que quien deba hacerlo, reaccione, y se ponga en marcha facilitando el buen devenir de los acontecimientos. O el malo, que a veces por mucha calma que le inyectes a las circunstancias, no se ponen de tu lado.
Llevo más de cinco años escuchando eso de "poquito a poco" y "espera, que lo que tenga que ser, será" y si bien es cierto que son dos consejos más que válidos, cuando eres una persona nerviosa, algo irreflexiva y muy pasional, se convierten en algo odioso.
He aprendido que todo termina llegando, incluso lo bueno, y que por mucho que creas que vas a desesperar o a volverte loco, si encuentras en tu interior el prado donde sentarte a respirar y a deleitarte con la paz, el sosiego crece y se convierte en tu aliado.
Sé que la impaciencia también es un síntoma de falta de madurez y que aunque pretenda justificarla con argumentos a mi favor, está demostrado que no es más certero el tirador más rápido, sino el que dedica unos segundos a elegir el blanco y a centrarlo en el punto de mira.
Vivimos en una sociedad en la que según los expertos en salud mental, el ochenta por ciento de la población adulta deberá recurrir a antidepresivos o ansiolíticos en algún momento de su vida. Donde las crisis del pánico derivado de la ansiedad se han convertido en un mal epidémico del siglo XXI
Y no pretendo dar consejitos a nadie ni hacer de esto un texto de auto ayuda. Me encanta un refrán que dice:"No me dé consejos, gracias, se equivocarme solo".
Hoy he dejado que brotase este texto al sentarme ante el teclado con la sana intención de escribir un relato sobre un asesino que llevado por las prisas, olvidaba el arma del crimen en la escena donde se desarrollaban los acontecimientos. Y una cosa me ha llevado a la otra.
Soy uno de esos escritores denominados "brújula" y hasta hace bien poco y pese a la continua insistencia de amigos, familiares, editores y lectores habituales, no acostumbraba a repasar mis textos. Ni mucho menos a leerlos en voz alta tras escribir el final.
Ahora me doy treguas, y cuando me consigo centrar en una de las miles de ideas que me abarrotan la cabeza insistiendo para que las de forma escrita, respiro y busco tiempo para que al hacerlo, nazca algo que merezca la pena. Puede que lo consiga o puede que no, pero al menos si fracaso en el intento, no será por haberme dejado llevar por las prisas. Lo mismo me sucede al hacer el amor. Las prisas solo me han llevado a cometer errores y a terminar mucho antes de lo deseado, con lo que eso conlleva.
Ahora los asesinos de mis textos matan lentamente, besan con dulzura y follan sin prisas. Aunque al final los terminen pillando y acaben pendiendo de una soga o con el cabello chamuscado en una incómoda silla enchufada a la red. Que se lo hubiesen pensado mejor antes de apretar el gatillo, hundir la hoja o acelerar a fondo. Y sino, siempre podré escribirlos atiborrándose de orfidales o de tranquimacines.

viernes, 10 de enero de 2020

Al cole


Antonio aprovecha que la profesora de dibujo escribe en el encerado, de espaldas a la clase, para mirar la hora en su reloj. Las 11.25. Una terrible angustia se apodera de él y por un instante piensa en diversas opciones para no tener que bajar al patio durante el recreo. Descarta el fingirse enfermo porque eso ya lo ha hecho varias veces este mes y no va a colar. Piensa en esconderse en los baños del pasillo de primero de la ESO, pero el bedel  ha descubierto que hay niños que se encierran allí a fumar y se pasa por los servicios de todas las plantas muy a menudo durante el recreo, buscando jóvenes adictos a tan nociva sustancia.
Ojalá su padre no hubiese ascendido en el trabajo y nunca lo hubiesen destinado a esa ciudad de mierda. Ojalá no hubiese insistido en que le acompañase su familia y no le hubiesen sacado del cole donde tenía a sus amigos de toda la vida y donde era feliz y no le hubiese matriculado en este colegio elitista donde sufría insultos y palizas a diario.
Al llegar a esta ciudad donde hace tanto frio en la calle como en el corazón de sus habitantes, Antonio supo que su vida cambiaría por completo. Echaba de menos su Santander natal, el mar y la gente amable. Allí nadie le había insultado nunca por ser pelirrojo y por tener pecas. Aquí lo llamaban Panocho desde el primer día y los mayores del patio habían cogido la costumbre de arrastrarle hasta una zona recóndita y segura del patio para unirle con rotulador las pecas del rostro como si estuviesen jugando a escapar del laberinto de sus mejillas, buscando la salida.  El primer día que se lo hicieron trató de defenderse y descubrió lo dolorosas que son las patadas en la entrepierna y los puñetazos en el estómago. Además, una de las chicas de segundo de la ESO, le escupió un gargajo enorme que le alcanzó de lleno en el cristal las gafas a la atura del ojo derecho. Al quejarse asqueado, un chico muy grande que siempre estaba con esa niña, le quitó las gafas, las tiró al suelo y las pisoteó delante de todos, diciendo que era la mejor manera de limpiarlas. Al llegar a casa con las gafas destrozadas, dijo que se le habían roto jugando al futbol y su padre lo castigó sin paga esa semana. Para que tuviese más cuidado la próxima vez. Asumió el castigo sin abrir la boca. Él no era un chivato.
Cómo no dijo nada a su tutora ni a ningún profesor, los mayores cogieron por costumbre torturarlo durante el recreo y cada vez que sonaba el timbre, el estómago le daba un vuelco. Era la hora de salir a la arena. De lunes a viernes el patio del colegio se convertía en un especial circo donde lo aguardaban las fieras más terribles.
Ya no sabía qué hacer. Desde luego no iba a delatar a nadie. En Santander aprendió que no hay nada más despreciable que un chivato. Él mismo había sido uno de los alumnos de cuarto de primaria que formó parte de la larga fila de collejas, por la que tuvo que pasar con las manos atadas a la espalda y la cabeza gacha, el compañero que se chivó al director de los nombres de los cuatro chicos que habían robado el balón de reglamento con las firmas de los jugadores del Racing que se guardaba en la sala de trofeos del hall de la entrada principal. A él no le harían uno de esos humillantes pasillos de castigo.
Últimamente le dolía un poco el pito al hacer pis. Tantas patadas y rodillazos comenzaban a dejar secuelas. Pero aguantaría el dolor.
Ha convencido a sus padres para que lo apunten en Kárate y así aprenderá a defenderse y sabrá hacerse respetar. Un día se llevó una navaja al colegio con la intención de esgrimirla ante los acosadores, pero tuvo miedo de cortar a alguien sin querer o de que incluso llegasen a quitársela y se la clavasen a él fingiendo un accidente. No llegó a sacarla del bolsillo trasero del pantalón. En unos meses sabrá dar patadas y puñetazos como los de las películas y todos lo dejarían en paz.
Suena el timbre. La profesora deja la tiza sobre la mesa y les da permiso para abandonar el aula. Todos los compañeros recogen los libros de dibujo, las láminas, los estilógrafos, los compases y los estuches y los guardan en las mochilas mientras hablan y bromean. Antonio recoge en silencio y trata de dar con una solución digna. Entonces se le ilumina la mente. Despliega el compás y finge tropezar y caer sobre él, clavándoselo en el cuello. En aquel accidente fingido, tiene la mala suerte de clavarse la punta en la vena yugular y se produce un enorme desgarro al tirar del compás para quitárselo. La sangre comienza a manar de forma abundante. La chica que se sienta a su lado ha visto todo y empieza a gritar: ¡El Panocho se ha rajado el cuello! Todas las miradas se centran en Antonio y la profesora de dibujo corre a realizarle un vendaje de urgencia con el pañuelo oscuro que siempre luce sobre su bata de trabajo. Entre varios compañeros lo llevan a la enfermería del colegio y le presionan sobre el corte en lo que llega el sanitario que se encontraba en la cafetería del centro. Al llegar y atender a Antonio, lo primero que hace es suturarle la herida con unos cuantos dolorosos puntos realizados sin anestesia. Al quitarle a Antonio la camisa empapada en sangre y ver los diversos moratones que cubren su torso desnudo, el sanitario lo somete a un disimulado interrogatorio sobre aquellas señales, pensando que pueda ser una víctima de la violencia doméstica. Al percatarse de las incongruencias en las repuestas, le pide que se quite los pantalones para revisar el resto de su cuerpo y buscar también con mucha discreción, signos de abusos sexuales. Los enormes cardenales alrededor del escroto y en las caras internas de los muslos, le llevan a llamar a dirección y a pedir que vengan a ver aquello.
Antonio se pone muy nervioso y sufre un ataque de ansiedad ante el cariz que ha tomado la situación. Pero él no es un chivato.
El director y la jefa de estudios observan horrorizados todas esas señales de brutales y persistentes malos tratos y al escuchar las incoherentes justificaciones de las marcas por parte del alumno pelirrojo y ante la imposibilidad de contactar telefónicamente con sus progenitores, consienten en que el sanitario le administre un fuerte ansiolítico y llaman a la policía.
Dos agentes de paisano, de la unidad de violencia de género, aparecen en la enfermería media hora después y se sientan junto a la camilla donde descansa el alumno cubierto por una sábana que retira el director, para mostrar aquel rosario de hematomas y heridas. Antonio llora desconsoladamente. No sabe que hacer. Él no es un chivato. Los policías y el personal del centro asocian aquel llanto desconsolado con la imposibilidad de denunciar a sus padres y el sanitario lo hace de oficio, en base a las pruebas resultantes de su examen.
Uno de los agentes que se personaron allí, informado del nombre y apellidos del alumno y de sus señas, pide por radio que se proceda a tomar declaración a sus padres en comisaría.
—¡No! —grita Antonio al escucharlo—mis padres jamás me pegarían. Ellos me quieren. Mi padre me quiere mucho.
—Claro que sí, bonito—dice uno de los policías—seguro que tu padre te quiere, pero eso que te hace no es la forma de demostrar cariño entre un padre y un hijo. Lo que te hace no está bien. No es culpa tuya y no tienes que avergonzarte de ello.
—Pero…Pero no…—gime Antonio sin saber que decir y algo aturdido por el calmante—. Se están confundiendo ustedes. Mi padre me quiere mucho.
—A ese le voy a querer yo un poco en la sala de interrogatorios—dice en voz baja uno de los agentes al otro, pensando que el niño no puede oírlo. Pero Antonio le ha oído y de forma excepcionalmente ágil y habilidosa, extrae el arma reglamentaria de la funda de la cadera que asoma bajo la chaqueta abierta del agente más cercano y los encañona mientras grita—Mi padre no me ha hecho nada. Como le toquéis un pelo, os mato. Os juro por Dios que os mato.
El director aprovecha que está en el ángulo muerto de Antonio y se abalanza sobre él para quitarle el arma. Al caer sobre el atemorizado y nervioso niño, este se asusta aún más y de forma inconsciente, aprieta el gatillo.
El sanitario no puede hacer nada para salvar la vida del director, alcanzado por una bala de nueve milímetros en pleno corazón.
Los titulares de la prensa no dejaron lugar a dudas: Víctima de acoso sexual en el hogar en pleno ataque de histeria mata por accidente al director de su colegio.