domingo, 31 de mayo de 2026

Todo son pulgas


 Que dura puede llegar a ser la vida en ocasiones, y que fuertes pueden llegar a ser algunas personas cuando se ven obligadas a luchar contra la adversidad y, a superar todo tipo de pruebas de esas que el destino ha preparado para que les demuestren su valía.

Y se la están demostrando. Con creces. Pese a que la vida se empeñe en ratificar eso de que a perro flaco, todo son pulgas.

En alguna ocasión he escrito que quiero mucho a la gente que quiero, y eso es algo normal o al menos debería serlo (me acojona leer la prensa y ver cada día que el ser humano vuelve a superarse en maldad, crueldad y egoísmo), lo que no es tan normal es llegar a empatizar tanto con las circunstancias de aquellos que forman parte de mi realidad cotidiana y además de alegrarme por sus logros y victorias como si fueran algo mío, sufrir al verlos sufrir cuando los hados deciden dar otra vuelta de turca y llevarlos hasta ese lugar donde ninguno queremos estar, pues hace frio y todo es oscuridad.

Los especialistas de la salud mental que me han ayudado a poner en orden el puzle de mi vida, han tratado siempre de convencerme de que no debo dejarme llevar por los sentimientos más allá de lo humanamente necesario. Que está muy bien eso de que quiera a mis amigos y los cuide, pero que bajo ningún concepto debo hacerme responsable de lo que no me corresponde. No tengo una varita mágica y no debo castigarme por no encontrar las soluciones a los problemas de todo tipo que se les presentan. Y que además, debo intentar solucionar primero los míos y recuperar fuerzas y energía, porque si yo no estoy bien, no podré aportar nada a mi entorno.

Como canta El Chojin, no es egoísmo, pero a pesar de saberlo me tortura el ver que aún queriendo contribuir a la felicidad de quienes llegaron para enriquecer mis vidas, no alcanzo a entregar más que mis mejores deseos y mis palabras de apoyo. Y en ocasiones un beso. O un abrazo.

No hace demasiado que aprendí que un abrazo sincero es una herramienta muy poderosa, y que en los brazos de las personas adecuadas los problemas son menos desesperantes, el dolor es más soportable y se deja ver una luz al final del túnel.

Y eso es lo que puedo ofrecer: mis brazos.

Una vez me vendieron unos abrazos falsos y traidores como si fueran un producto de primerísima calidad y confundido por lo que esperaba encontrar entre aquellos brazos, me dejé engañar y me entregué a ellos. Pero por desgracia no hay mejor manera de aprender que sufriendo las consecuencias de las decisiones erróneas y vaya si las sufrí.

Es por ello que no acostumbro a abrazar como forma de saludo o de despedida. para mi un abrazo dice muchas cosas y muy importantes. Y no se lo doy a cualquiera. Pero si me dejas entregarte un abrazo sincero, sabrás que entre mis brazos solo encontrarás amor, apoyo, comprensión, verdad y ternura.

Hagamos del abrazo un eficaz plaguicida y sometámonos a una desparasitación con el cariño que se desprende de ese momento de muy especial conexión.

Este es mi particular homenaje a aquellos que están sufriendo. Y al abrazo sincero como forma de decir lo mucho que los quiero.





miércoles, 27 de mayo de 2026

Difícil


 Es tan difícil intentar ayudar a alguien que no quiere ser ayudado que a veces llega a desesperar. Y a doler.

Y no voy de buena persona ni de santito. Para nada. Os aseguro que tengo una completísima colección de pecados, pero es curioso que como canta Drexler: "cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da, Todo se transforma" y, yo tuve que aprender a pedir ayuda, pues a eso no se nos enseña.

 La sociedad pretende convertirnos en personas autosuficientes que no necesitan de los demás, pero eso es mentira. De una forma o de otra, todos necesitamos en alguna ocasión una mano amiga, un consejo oportuno, una palabra acertada o simplemente apoyo.

A mi la vida me enseñó a la fuerza a despojarme del absurdo ego que alimentó una vida privilegiada en la que todo me salía bien, y en la que siempre conseguía "apañar", de una forma o de otra cuanto se torcía.

Con 39 años tuve que volver a aprender a andar y a hablar, a valerme por mi mismo y a resolver todo tipo de problemas. Por culpa de una decisión errónea me vi obligado depender de personas para las labores cotidianas, desde comer a vestirme, ducharme y asearme e incluso para dormir. Y ahora quiero devolver toda aquella ayuda y todo ese apoyo, generoso y desinteresado, que recibí entonces y que hoy, 12 años después, sigo recibiendo en ocasiones.

El destino, que es un tipo muy curioso, decidió repartir cartas marcadas y en este juego, a fecha de hoy trabajo en una empresa donde me dedico a gestionar los avisos de cientos de personas que llaman a muchas y muy diferentes empresas buscando ayuda, y soy yo el que descuelga el teléfono y trata de ayudarlos.

Es bastante estresante, para que voy a negarlo, pues hay quien no merece ni mi tiempo ni mi esfuerzo, pero como yo no soy el que debe juzgar a nadie, trato siempre de atender sus necesidades y de solucionar sus problemas.

Hasta ahí todo bien. Es un trabajo, al fin y al cabo, y me pagan por ello (aunque el sobresueldo humano es mucho más gratificante que los ceros en la cuenta bancaria), pero lo realmente duro es cuando en mi día a día, al tratar de ayudar a las personas que quiero, me encuentro con que en ocasiones no soy capaz de hacerlo, y en ocasiones no aceptan mi ayuda. Y os aseguro que eso me duele mucho, pues veo que aunque haya quien se niega a reconocerlo, necesita de mi ayuda. Y mucho.

Supongo que ese cachondo mental que es el destino, ideará la forma de que aquel que hoy rechaza mi mano un día luche por agarrarse a ella con fuerza. Y entonces prometo que sujetaré la suya para ayudarle a levantarse y a escapar del peligro  de una vida desdichada.

Pedir ayuda no es señal de debilidad. Para hacerlo hay que encontrar la fuerza necesaria, pues es realmente duro tener que recurrir a otras personas para afrontar los momentos más difíciles.

La vida nos enseña. Tan solo hay que querer aprender. Y dejarse enseñar.

martes, 19 de mayo de 2026

Los anillos de saturno

Este pequeño cuento latía dentro de mi pecho y necesitaba que lo escribiera para poder ser contado, y eso es lo que he hecho y por eso lo comparto hoy.

Espero que os guste, y que se lo contéis a quien creáis que va a comprender aquello que pretende transmitir, 

 Cuenta la leyenda que Saturno se enamoró perdidamente de la luna la primera vez que la vio sonreír, hace más de mil millones de años, pero los dioses no aprobaron su unión, pues sabían que, si se acercaban demasiado, podrían cambiar el curso de la existencia de la galaxia, y ese era un riesgo demasiado grande.

 Saturno la quería tanto que para demostrarle su amor le hizo un increíble anillo con fragmentos de estrellas y asteroides y, desafiando a los dioses, se declaró acompañando el anillo con un inmenso ramo de estrellas fugaces. 

La luna le entregó su corazón y aceptó con ilusión, pero los dioses prohibieron su enlace y Saturno se guardó el anillo y se lo puso él mismo esperando poder entregárselo algún día. 

No se resignó y volvió a intentarlo. Era tan grande su amor por ella, que intentó que los dioses les permitieran casarse una y otra vez, pero al tener que ponerse el séptimo anillo, pues siete veces lo intentó y siete se lo negaron, se entristeció y se enfadó tanto, que presa de la ira desafió a los dioses y trató de fugarse con ella y esconderse para siempre en un agujero negro. Al hacerlo se desató una impresionante lluvia de meteoritos que a punto estuvo de desencadenar el apocalipsis y terminar con el universo. Pero los dioses consiguieron devolver el orden al cosmos y castigaron a Saturno haciendo que olvidase a la luna para siempre y, repartiendo su corazón entre todos los gatos del planeta Tierra. 

 Por eso Galileo Galilei descubrió que Saturno tiene siete anillos, y por eso todos sabemos que los gatos tienen siete vidas y que cada noche maúllan a la luna lastimeros, por no poder estar más cerca de ella. A partir de ahora cada vez que veáis un gato, pensad que son animales tan especiales porque en dentro el pecho llevan un trocito del corazón de Saturno. Y que cuando alguien ama de verdad, no se rendirá fácilmente por difíciles que puedan ponerse las cosas, y será necesaria la intervención de los dioses para obligarle a renunciar al ser amado.

                                                                               Fin

martes, 12 de mayo de 2026

Volar


 Supongo que esos sueños recurrentes en los que me veo volando y planeando sobre distintos lugares que asocio con malos recuerdos, momentos difíciles o simplemente tristeza o miedo, son algo construido desde el inconsciente a base de metáforas y, de alguna manera, tienen mucho de catarsis, de terapia y de tratamiento para el alma. Al igual que esta necesidad de escribir constantemente.

Cuando sueño que vuelo, lo hago como las aves, extendiendo los brazos a modo de alas y con las manos abiertas para utilizar las palmas como alerones direcciónales que trazan el rumbo a seguir. Y curiosamente no estoy cayendo, casi siempre soy yo el que elige hacia donde quiere ir y donde me gustaría aterrizar.  Aunque he de reconocer que cuando me puede la angustia de las circunstancias tengo espantosas pesadillas en las que no consigo evitar estrellarme contra las rocas, contra la dura realidad de los errores cometidos conscientemente o contra un negro asfalto que se levanta contra mi y me busca como el implacable cazador que sé que no parará hasta darme caza y cobrarse su pieza (y si esto no es una metáfora de mi realidad más dolorosa...)

Pero en muchos de estos sueños la sensación es muy agradable, casi reponedora, y respiro profundamente llenando mi pecho de aire fresco y limpio. Y en mis sueños el aire es el caldo en el que el cerebro cocina todas las metáforas, pues me ayuda a respirar, a volar y a sentir que aún hay lugar para la esperanza. 

Cuando estoy volando siento que no trato de evitar la caída sino que formo parte del aire y el aire penetra en mi a través de todos los poros de mi piel y equilibra la balanza de pérdidas y triunfos, me limpia por dentro y renueva el alma. Y con cada giro aprovechando las corrientes, sonrío.

La canción de El nido que encabeza este post siempre me gustó  y me resulta curioso que estos talentosos  burgaleses  nos canten desde sus Refugios a cielo abierto o le guiñen el ojo a Ícaro con una de sus canciones.

Ver sonreír a mi amigo Jorge, de Fetén Fetén, mientras la cámara lo graba tocando ese acordeón que nos acompañó en tan buenos momentos cuando aún éramos jóvenes y soñábamos con futuros felices, hace que no encuentre mejor BSO para un texto en el que os invito a daros una vuelta por  mi universo onírico.

Dejad que pase el aire, que se lleve todo lo malo, y que os permita planear con la certeza de que pase lo que pase, conseguiréis remontar el vuelo.