Es tan difícil intentar ayudar a alguien que no quiere ser ayudado que a veces llega a desesperar. Y a doler.
Y no voy de buena persona ni de santito. Para nada. Os aseguro que tengo una completísima colección de pecados, pero es curioso que como canta Drexler: "cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da, Todo se transforma" y, yo tuve que aprender a pedir ayuda, pues a eso no se nos enseña.
La sociedad pretende convertirnos en personas autosuficientes que no necesitan de los demás, pero eso es mentira. De una forma o de otra, todos necesitamos en alguna ocasión una mano amiga, un consejo oportuno, una palabra acertada o simplemente apoyo.
A mi la vida me enseñó a la fuerza a despojarme del absurdo ego que alimentó una vida privilegiada en la que todo me salía bien, y en la que siempre conseguía "apañar", de una forma o de otra cuanto se torcía.
Con 39 años tuve que volver a aprender a andar y a hablar, a valerme por mi mismo y a resolver todo tipo de problemas. Por culpa de una decisión errónea me vi obligado depender de personas para las labores cotidianas, desde comer a vestirme, ducharme y asearme e incluso para dormir. Y ahora quiero devolver toda aquella ayuda y todo ese apoyo, generoso y desinteresado, que recibí entonces y que hoy, 12 años después, sigo recibiendo en ocasiones.
El destino, que es un tipo muy curioso, decidió repartir cartas marcadas y en este juego, a fecha de hoy trabajo en una empresa donde me dedico a gestionar los avisos de cientos de personas que llaman a muchas y muy diferentes empresas buscando ayuda, y soy yo el que descuelga el teléfono y trata de ayudarlos.
Es bastante estresante, para que voy a negarlo, pues hay quien no merece ni mi tiempo ni mi esfuerzo, pero como yo no soy el que debe juzgar a nadie, trato siempre de atender sus necesidades y de solucionar sus problemas.
Hasta ahí todo bien. Es un trabajo, al fin y al cabo, y me pagan por ello (aunque el sobresueldo humano es mucho más gratificante que los ceros en la cuenta bancaria), pero lo realmente duro es cuando en mi día a día, al tratar de ayudar a las personas que quiero, me encuentro con que en ocasiones no soy capaz de hacerlo, y en ocasiones no aceptan mi ayuda. Y os aseguro que eso me duele mucho, pues veo que aunque haya quien se niega a reconocerlo, necesita de mi ayuda. Y mucho.
Supongo que ese cachondo mental que es el destino, ideará la forma de que aquel que hoy rechaza mi mano un día luche por agarrarse a ella con fuerza. Y entonces prometo que sujetaré la suya para ayudarle a levantarse y a escapar del peligro de una vida desdichada.
Pedir ayuda no es señal de debilidad. Para hacerlo hay que encontrar la fuerza necesaria, pues es realmente duro tener que recurrir a otras personas para afrontar los momentos más difíciles.
La vida nos enseña. Tan solo hay que querer aprender. Y dejarse enseñar.
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