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martes, 18 de agosto de 2026

En el casino adecuado


El tiempo pasa inexorable, y un día descubres que sin darte cuenta, te has hecho mayor. Y empiezas a preguntarte cosas.

No hace mucho (al menos en mi cabeza) era un tipo con toda la vida por delante, optimista, positivo, vital, ambicioso y pletórico de energía y de ilusión. 

Poco después ese exceso de energía (y porqué no decirlo, de arrogancia) me descubrieron que tenía otras vidas por delante, pero que ya había canjeado una de ellas por nuevas fichas al  abandonar la partida de forma absurda, cuando creía que iba ganando.

De vuelta en la mesa, decidí seguir las reglas y jugar respetando lo que salía en los dados, y descubrí el miedo a caer en casillas que hasta entonces no me preocupaban lo más mínimo. Empecé a jugar de forma prudente y sin arriesgar. Y a esto lo llamaron madurez.

Avanzo sobre el tablero. Voy salvando las jugadas más peligrosas y evitando abandonar, pero cada día de juego se me hace más difícil y más complejo, y tengo que recurrir constantemente al libro de instrucciones donde se recogen, (mal explicadas, eso sí) , las principales normas.

Leí que la filosofía oriental trata de explicarnos que quien vive en el recuerdo es infeliz, que quien lo hace  en el futuro pierde los nervios, y que solo viviendo el presente puedes encontrar la calma y la paz. 

Y por encima de otras muchas cosas que creía importantes, precisamente es la tranquilidad a lo que ahora aspiro como recompensa a jugar una buena partida, en la que respeto al resto de jugadores y acato las normas sin rechistar y sin tratar de saltármelas.

Tranquilidad de espíritu, de mente y de corazón. Tranquilidad emocional y vital. Pido a los hados que me repartan esas cartas y al destino, caprichoso y juguetón, que al arrojar los dados me haga caer en la casilla que me permitirá esquivar los peligros, la tristeza y la angustia.

Pero el destino es un conocido tahur al que tienen prohibida la entrada en los casinos de la mayoría de las religiones del planeta. Y organiza partidas clandestinas en las que hace y deshace a su antojo.

Quizás es por ello por lo que intento que se me admita en el casino que más casa con mis valores y en el que el jefe de sala me parece realmente un profesional honrado y con escrúpulos.

Y poco a poco me voy acercando a ese futuro que temo y que me angustia un poco, porque al avanzar voy abandonando el presente y dejo muy atrás el pasado. Pero claro...esto es lo que se considera vivir.

Una de las cosas que más me cuesta asumir y que la experiencia me ha grabado en el alma con letras de fuego, es que un día todos nos iremos. Depende del local en el que juegues se te ofrecerá pasar a otra sala o volver a sentarte con otras cartas, otro smoking y otro nombre, pero cuando se nos acaben las fichas los de seguridad nos invitarán a abandonar la mesa. O por las buenas, o por las malas.

Mi problema es que soy jugador. Y que como todos los jugadores, estoy convencido de que un día me darán la mejor mano. Porque todo terminará llegando, incluso lo bueno.


domingo, 15 de septiembre de 2024

¿El final?


 Debía haber sido el punto y final a su historia, pero por motivos que aún desconoce se convirtió solamente en un punto y seguido.

Una noche de abril, una de esas noches que simulan ser perfectas, los hados, amparándose en su insensatez, en su arrogancia y en su falta de acierto decidieron terminar con todo de una forma más que brusca.

Los facultativos del equipo de emergencias que acudieron en su ayuda, se esforzaron en devolverle a la vida, y consiguieron que tras unos minutos de muerte clínica, abandonase su viaje hacia la luz y se sumergiera en ese limbo de incertidumbre al que llamamos coma.

Vagó por el túnel durante unos cuantos días y unas cuantas noches, sin ser consciente del viaje, sin saber siquiera que él ya no era él, y que había vuelto a ser ellos, cada uno de los nombres que ha tenido a lo largo de los siglos, cada uno de los distintos proyectos de ser humano en los que los dioses  le permitieron existir, vivir, pelear, triunfar unas veces y fracasar otras. Avanzaba con cautela por el angosto subterráneo que debía conducirle al retiro definitivo, al sueño eterno, al lugar donde se almacenan las almas en desuso, pero el destino, caprichos, juguetón y antojadizo, convenció al resto de deidades de que se le concediera una nueva oportunidad, para al menos conocerla a Ella, amarla y sentirse amado. Que sufriera al descubrir como funciona todo, y gozara al saber que en ocasiones se permite romper las reglas, y jugar sin normas. Que se le devolviera a la realidad subjetiva que los mortales conciben como vida, para ver si en esta ocasión conseguiría que como acostumbraba a escribir, todo terminará llegando, incluso lo que para él es bueno.

Y dicho y hecho, para sorpresa de todos y contra todo pronóstico, volvió a abrir los ojos, a respirar, a sentir, a soñar y a escribir, a besar los labios de una mujer, a hipotecar su corazón, a tomar las más desacertadas decisiones  y a maldecir a los dioses. 

Los hados se cuidaron de que nunca recordase el camino que conduce a su presencia, que no pudiera intuir siquiera el lugar donde estuvo retenido y que no compartiera con nadie que detrás de este habilidoso y muy elaborado trampantojo, hay un sendero que conduce directo  a la verdad.

En ocasiones el inconsciente, rebelde y desobediente, le regala durante la fase REM  imágenes  incomprensibles, sensaciones que se escapan al alcance de su cerebro y escenas distorsionadas y en blanco y negro de los gritos que no escaparon de su boca y se refugiaron en su espíritu. Del dolor absoluto y de la felicidad plena. De la muerte, de la vida y de cada una de las partidas que ha jugado desde el principio de los tiempos, al colocarse su ficha en el tablero.

En ocasiones despierta asustado y no comprende porqué lo que más le aterra y le entristece es saber que ha despertado. Que debe seguir intentando ser feliz a toda costa, porque una vez lo fue y duró demasiado poco.

Vivir no es fácil, ni con los ojos cerrados. Vivir  tiene un reverso desconcertante al que llamamos muerte, aunque la muerte no es el final. Quizás es al final es a lo que llamamos vida.