Puede que en realidad no pertenezca a aquí, y pertenezca a otro lugar, a otro universo, a otro corazón, o al sueño del romántico irredento que se oculta tras el nombre que figura en mi carné de identidad y, que se ha obcecado en escribir cuanto se le pada por el interior del pecho y por su dañado cerebro.
Puede que simplemente sea un estúpido. Puede.
En cualquier caso siento que mi vida es lo más parecido a un frágil castillo de naipes que corre el peligro de desmoronarse con el aleteo de unas pestañas, con el aire que acompaña al suspiro de quien decide de proto dejar de querer y contener los besos, o con el viento de los rugidos ocultos tras esas palabras que nadie quisiéramos escuchar jamás. Y me he decidido a coger el toro por los cuernos, a enfrentar los reveses más desesperanzadores y a combatir cada lágrima que pugne por brotar.
A veces creo que no me van a acompañar las fuerzas, que todo se vendrá abajo y que me tocará sumar a mis circunstancias el baldón de un nuevo fracaso, A veces siento que en realidad rendirse si puede ser una opción y me veo tentado en exceso de tirar la toalla y de escapar del ring aprovechando la presencia de la azafata que pasea el cartel con el número del asalto que podrá ser el definitivo para privarme del título. A veces aprovecho la oscuridad y lo privado de la noche y cuando mi gato mira hacia otro lado, lloro y maldigo la crueldad del adversario que aprovecha que intento levantarme de la lona para sacudirme un derechazo tras otro hasta que el celestial arbitro detiene el combate y me concede unos minutos en mi rincón.
Quizás vivir sea aceptar que la pelea no terminará jamás, y entrenar duro para ser capaz de resistirla sin perder la dignidad, el orgullo y las ganas de levantar el cinturón.
Quizás lo mejor sea quitarme el protector y sonreír esquivando los directos.
Ha sonado la campana. Vuelvo a la pelea. Espero al menos ofrecer el mejor de los espectáculos.
Pertenezco aquí, pertenezco al pabellón en el que se celebra el combate y en el que los aplausos de público suenan como la más delciiosa música sinfónica.
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