Y no es la primera vez que comparto la meditada decisión de prestar atención a mis necesidades, a mi salud, física y mental y a las circunstancias que rodean mi devenir diario. Aunque en esta ocasión es diferente. He optado por concederme una tregua, por descansar y por intentar reponer la energía de una batería que ya daba avisos de estarse agotando.
El cuerpo es sabio, la mente una maestra y el corazón el bedel que abre y cierra las puertas del centro en el que se me permitió matricularme por segunda vez hace ya más de doce años, para que repitiera el curso y aprendiera de mis errores.
Y creo que estoy aprendiendo y que si me esfuerzo un poco lograré graduarme sin que vuelvan a expulsarme de esta institución a la que llamamos vida.
No es egoísmo. Es una necesidad vital. Ya he escrito antes que descubrí que las prisas no son buenas consejeras y que vivir acelerado solo puede llevarte al desastre, pues quieras o no se te frenará de la forma que sea. Con un infarto, con una crisis mental o con un accidente de tráfico. A mi se me frenó en seco y por una razón que aún desconozco se me concedió el volver a la circulación, con el vehículo adaptado y un molesto limitador de velocidad, pero de nuevo en la carretera, al fin y al cabo. Y avanzando seguro y firme.
Siempre he pensado que las segundas oportunidades no son gratuitas y que de alguna forma tendré que pagar la que me concedieron los hados. Siempre he creído que la mejor manera era compartir con todos los motivos que me llevaron a la caida y la manera de evitar catastróficas desdichas como la que sufrí.
He dado conferencias y charlas en institutos, museos, ayuntamientos, instituciones penitenciarias y todo tipo de centros. He impartido talleres y cursos en los que he explicado como la literatura puede ser la mejor medicina, tanto en el cuidado preventivo como en el tratamiento de recuperación, y he conseguido un empleo en el que cada día ayudo a docenas de personas a solucionar problemas de toda índole.
Pero esta maldita sensibilidad y este exceso de empatía que me obligan a tratar de ayudar como a mi se me ha ayudado y, que me llevan a pedirle a Dios que me de las herramientas y el acierto, no vienen con libro de instrucciones y con manuales de uso y no he sabido leer las advertencias de lo que puede pasar si no atiendes las señales de emergencia que emite el alma.
Y toca parar un poco.
No es en absoluto un adiós, es tan solo un hasta luego.
Me conozco y sé que en cuanto me crea capacitado para regresar al combate, cogeré mi fusil, munición y una petaca llena de ilusiones y buscaré un atajo para volver a mi posición en la trinchera y unirme de nuevo a la lucha, enfrentando las adversidades codo a codo con mis compañeros y compartiendo con ellos munición y tabaco.
Rendirse nunca será una opción y pasar unos días lejos del fuego y de las cargas del feroz enemigo que nos declaró la guerra desde que llegamos al mundo, hará que lleve el uniforme con orgullo, con valor y con la certeza de que estoy en el bando correcto.
Volveré, como Mc Arthur.
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