sábado, 2 de septiembre de 2017

Sin rechistar

Y sin agachar la cabeza. Sin pedir clemencia y sin conceder a los soldados de infntería que lo escoltaban, tan siquiera un atisbo de debilidad.
Lo llevaron esposado hasta el paredón contra el que iba a ser fusilado y cuando le ofrecieron vendarle los ojos, rechazó el vendaje con un gesto altivo y una mirada lapidaria.
Iba a morir ¿Y qué? Todos moriremos más tarde o más temprano. No haría de su muerte el estupendo vídeo para compartir en redes sociales, que el déspota sanguinario que había dictado la sentencia, esperaba poder utilizar como propaganda para su régimen. Ya de por si el sistema elegido para su ejecución era algo terriblemente poético por lo anacrónico y lo excesivamente melodramático. Fusilado. Fusilado contra una pared blanca donde su sangre y sus sesos y resto de vísceras que saldrían disparadas con cada impacto de las balas de los subfusiles ametralladores,dibujarían un expresivo lienzo cargado de orgullo.
¿Su delito?: no rendirse, no callar, no transigir y no doblegarse ante la estupidez humana. No haber aceptado la injusticia ni haber tolerado la sinrazón. Supo que sería completamente libre cuando ya no le quedase nada que perder. Y lo último que iba a perder era la vida. Había perdido ya demasiado. Su libertad, sus posesiones y a muchos seres queridos. La vida era ya lo que menos le importaba perder. Solo se llevaría a la tumba los férreos valores morales que heredó de su padre.Esos no los perdería jamás porque los llevaba muy dentro del pecho.
No habría una viuda que llorase junto a su lápida ni que se arrancase los cabellos a la hora a la que fuese ajusticiado. Habría eso si, más de una embustera mujer  que por conveniencia o enigmáticos intereses, ejerciese las funciones de "consorte plañidera" al conocer la noticia de su muerte, atribuyéndose las funciones de la mujer que siempre había esperado y nunca terminó llegando.
Que las arpías que se aprovecharon de su buena disposición y su facilidad para enamorarse lloren como cocodrilos, lo que no supieron conservar como mujeres.
El día está despejado y luce un sol de justicia. Será mejor que den la orden de abrir fuego de una vez. La luz es excesivamente molesta para sus azules ojos y tiene que guiñarlos para poder ver con suficiente claridad los rostros de los jóvenes soldados que forman frente a él, listos para disparar. La mayoría no habrá cumplido los veinticinco años y estarán deseando que llegue el fin de semana para disfrutar del permiso que los despojará de las castrenses obligaciones, para irse a hartarse de cubatas y a meterle mano a sus chicas en el asiento trasero del tuneado vehículo comprado a plazos. O a sus chicos, que él siempre respetó todas las opciones sexuales. Precisamente el hacerlo, es uno de los motivos que lo han llevado allí. Respetar la homosexualidad, y luchar por la paridad, la igualdad, la libertad de expresión, el derecho a la huelga...en fin. Todo eso que se le presupone a una sociedad civilizada y avanzada. Pero la sociedad de por si es un concepto peligroso porque conlleva demasiadas individuadidades desfilando al descompasado son de la mayoría.
Lo hizo demasiado mal. Fue siempre sincero, honesto y honrado. Lo que viene siendo un rara avis en especie de extinción. Se ganó demasiados enemigos.
Las Naciones Unidas han expresado su más enérgica repulsa ante la sentencia que lo condena  a morir ejecutado pero como de costumbre, en ciertos lugares del mundo  utilizan esas enérgicas repulsas, como papel higiénico.
El oficial al mando del pelotón de ejecución se coloca en su puesto, manda cargar, apuntar y, antes de que el reo pueda dedicarle un último pensamiento a su madre y a la esquiva mujer de la que siempre estará enamorado, fuego.
Doce proyectiles del calibre treinta y ocho le alcanzan con certera puntería, haciendo un alarde de precisión. Dos le atraviesan la cabeza destrozándole el cráneo. Cuatro se alojan en su pecho, reventando un corazón que ya había llegado destrozado por heridas más dolorosas que las que producen las armas de fuego. Uno le atraviesa la garganta impidiéndolo gemir y los cinco restantes se alojan en su estómago y bajo vientre, respetando al menos la única parte de su anatomía que en un pasado no muy lejano, le dio tantas alegrías como disgustos.
Había muerto como vivió, de pie. Sin rechistar.

lunes, 28 de agosto de 2017

De lágrimas, trincheras y nubes negras

Llueve. 
No ha parado de llover en todo el día. Cuando se levantó de la cama y miró por la ventana de su dormitorio, comprendió que este seria otro día de esos, de los que tanto teme.
Ocupó la mañana en rellenar impresos y terminar el trabajo que se había acumulado en su escritorio pero en ningún momento llegó a sentir la tan ansiada sensación del deber cumplido. Simplemente había malgastado unas cuantas horas más en hacer lo que todos  esperaban de él.
Comió con desgana lo primero que encontró en la despensa, sin molestarse en que al menos tuviese un sabor agradable, solo en alimentarse y en no perder fuerzas. Las iba a necesitar todas. Cuando llora y se desespera encerrado en la soledad de la  dolorosa introspección, termina extenuado.
Trató de dormitar un rato junto a los grandes ventanales abiertos del salón pero la lluvia no lo meció como esperaba. No encontró una canción de cuna en el repicar de las gotas sobre el suelo de madera del porche. La lluvia solamente entonaba una nueva sinfonía de soledad y de ocasiones perdidas, de reproches y de besos desperdiciados.
 De vez en cuando un trueno resonaba en la distancia, con ese pavoroso estruendo que se le antojó el  del martillo de los dioses al golpear sobre el yunque del destino.
Calentó el café restante del desayuno y se lo sirvió en la taza que le habían regalado conmemorando su última y épica victoria. Encendió un cigarrillo y lo fumó con ansia, como si le fuese la vida en ello. La vida. Que fabuloso compendio de caóticos momentos, sazonados con algo de felicidad ocasional que le daba un gusto agridulce, como el del amor. Había jurado no volver a enamorarse pero sabía que no tardaría en romper su juramento y aunque no pudiese evitarlo, odiaba faltar a su palabra. Y de nuevo mentirse a si mismo.
Levantó la tapa del piano y se sentó con el cigarrillo entre los labios. Con la torpeza que concede la ausencia de disciplina, destrozó la Gymnopedia Nº1 de Erik Satie, al ejecutarla con tan escasa precisión en los dedos como pasión en el alma. Al poco de haber ocupado la banqueta frente al instrumento, se levantó airado y rompió la partitura en pedazos. Como otras muchas partituras que se empeñaba en seguir tratando de interpretar, aquella era una de las melodías para una noche en vela que de forma recurrente, le asaltaban por la noche, y le hacían volver a tiempos mejores, privándole del alivio del sueño.
Se armó de valor y decidió hacer una lista de los pros y los contras de seguir vivo. Se asustó al ver que la de los contras cobraba una dimensión apabullante frente a los escasos pros que anotó llegando incluso a hacer trampas, apuntando trivialidades y tópicos en los que ya no creía. No obstante algo dentro de su pecho le hizo depositar ambos listados en la chimenea y, con el mismo encendedor de gasolina con el que prendió un nuevo cigarrillo, le pegó fuego a sus miedos y sus miserias.
Él era un tipo luchador, ya lo había demostrado y volvería al combate. No tenía que hacer valer ante nadie su capacidad de sacrificio y su esfuerzo, tan solo ante su conciencia, que cada día se hacía más exigente y menos confiada.
Se vistió con inusual lentitud provocada por la ausencia de entusiasmo y tras abotonarse la guerrera, se calzó las altas botas de campaña y comprobó la munición de la automática reglamentaría antes de introducirla en la funda de cuero que pendía del ceñidor sobre la cadera.
La lluvia habrá detenido el avance del enemigo y está seguro de que los soldados de sus vieja guardia, junto a los que había librado las más cruentas batallas, estarían aprovechando el permiso que les concedió el jefe del regimiento dos días antes. Pero a diferencia del resto de valientes soldados, a él no le esperaba en casa agitando banderitas, ninguna mujer y ningún hijo que lo abrazase orgulloso.
Antes de salir en busca de la bayoneta que le diese paz a su espíritu al clavarse en sus entrañas y retorcerse como un roto juramento de amor eterno, se detuvo ante la foto de boda de sus padres, ella de blanco impoluto y él de uniforme de gala. Besó el marco y enjugándose una espesa lágrima, respiró profundamente. Supo que jamas estaría a la altura de su padre, tan valiente, tan cabal, tan correcto; ni de su madre, tan piadosa, tan honrada, con tan buen criterio en asuntos del corazón y del devenir de los acontecimientos.
Se aseguró de esparcir por el suelo de la cocina  la suficiente comida, para que el gato que le calentaba el lecho, a falta de algo mejor, no tuviese que cazar la cena durante su ausencia. Si él moría en combate, alguien se ocuparía del adorable minino y sino acudía nadie al rescate del felino bicolor, seguro que sabría sobrevivir. Dios hizo al gato para que el hombre pudiese acariciar al león. Y lo dotó de interminables recursos convirtiéndolo en la especie superior.
Abandonó la casa como quien se despide de un viejo amor que no ha de regresar jamás, con los ojos inundados en lágrimas y conteniendo la emoción, para que no se le viese llorar como un niño pequeño. Hay despedidas que son necesarias para evitar sufrimiento. Son momentos rituales en ofrenda al mal menor.
Puede que regresase o puede que no. lo que tenía claro es que nadie, ni tan siquiera su gato lo echaría de menos. Por eso le importaba tan poco morir. Incluso lo deseaba.
No ha parado de llover. Ni dentro, ni fuera de su alma.

viernes, 25 de agosto de 2017

¿Buena fortuna?

Sabía que era el único de su pueblo, de su raza, de su especie.
Preferiría no serlo. Hubiera querido morir con su padre, sus ilusiones y sus esperanzas pero Manitú le concedió un periodo extra y ahora además de vivir eternamente agradecido por algo que no había pedido, tenía que soportar el dolor de saber que Chinaook nunca volvería a aconsejarlo, a ayudarlo a seguir un rastro ni a pelear espalda con espalda junto a él, blandiendo con maestría el Tomahauk de la palabra.
Además ella también había sucumbido al encanto de aquellos que llegaron con armas desconocidas, enfermedades que creaban adicción y, agua de fuego para servir con hielo  mezclada con hierbas de sus bosques y una rodaja de limón.
Encima tenía que soportar que los miembros de otras tribus amigas le felicitasen continuamente por la suerte que había tenido y por haber machacado la estadística demográfica, en la que los Mohicanos habían sido desahuciados de las verdes praderas.
Puta suerte la suya.Uncas quiere morir, no agradece en absoluto el haberse recuperado milagrosamente del disparo que recibió en la cabeza desmontándolo de la yegua en plena carrera.
Se ha convertido en un bicho raro, en un piel roja que cada noche se duerme entre lágrimas recordando aquellos bailes en torno al fuego, entonando la danza de la guerra y rompiéndose las manos a fuerza de golpear los tambores rituales. 
¿Os parece que ha tenido suerte por haberse convertido en el último? Y ¿cuando coño los últimos serán los primeros? Esa es otra de las grandes mentiras que predican los misioneros blancos.
Al despuntar el día, Uncas le canta al sol su desesperación y le cuenta cada mañana sus miserias, rogándole que por favor, se lo lleve con él de una puta vez.
Siempre fue un piel roja muy enamoradizo pero ahora tiembla cada vez que se le acerca una mujer con trenzas, falda de ante y sonrisa peligrosa. Sabe que o bien tan solo se convertirá en el capricho de la princesa de turno, o bien se sentirán atraídas por su desgracia convietiéndola sin tener ni puta idea en buena fortuna pero tras cruzar  las primeras palabras, volverá a suceder lo que lleva sucediéndole desde hace poco más de tres años: encontrarán la excusa perfecta para abandonarlo, angustiadas por la responsabilidad de compartir tipi con "el elegido". ¿Elegido para qué? Solo para sufrir y servir de ejemplo de que hay que tener cuidado cuando se cabalga delante de un fuerte británico,de que las cosas no solo les pasan a los demás y de que si uno quiere, puede. Pero él ya no quiere.No quiere seguir pintándose el rostro un día tras otro con pinturas que ya no asustan a nadie. Solo quiere volver a ser aquel guerrero de enorme sonrisa que sin miedo,  cruzaba el río nadando con el cuchillo entre los dientes para degollar a quien osara amenazar a algún miembro de su tribu. Y todo lo demás no importa.


miércoles, 23 de agosto de 2017

Sinergias

A raíz de acudir a ver tocar a mi amigo, el pianista Oscar lobete, en el recital Cantango, junto al tenor Fabio Armiliato y el también pianista Fabrizio Mocatta, recuperé las emociones que ya de pequeño me despertaba este tango de Gardel. 
Utilicé la versión que han hecho en Cantango de este tema y la escuché  un par de veces con otros dos escritores, para acto seguido sentarnos a escribir un pequeño relato inspirado por este tango.
Aquí os dejo los tres relatos. Espero que os gusten las sinergias entre esta pieza y nuestra literatura.


SILENCIO.   
Esperanza Gómez del Val



Llevaba más de una hora allí sentada, frente a mí, alternando entre lágrimas, lamentaciones y juramentos. Me había llamado por la tarde diciéndome entre sollozos que tenía que hablar conmigo sin falta porque estaba destrozada. Yo la conocía desde hacía muchos años y estaba acostumbrada a verla subir al cielo y caer en el infierno, al menos una vez al mes por motivos de lo más diverso. Le dije que tenía que quedarme en casa esperando al técnico de la lavadora pero que se viniese y nos tomábamos un café mientras esperábamos.
Yo la temía. Sabía que fuese lo que fuese lo que le había pasado, haría un recorrido detallado de todos los aspectos de su vida hasta ese momento, y que yo conocía bastante bien, para terminar desembocando en la tragedia de turno y en lo poco que se la merecía. En ese momento pasaría a enumerar los males de los que había sido víctima. Yo tendría pocas ocasiones de intervenir y la mayoría las cortaría interrumpiéndome, porque alguna de mis palabras le llevaría a la memoria vivencias propias. Era una infeliz y lo sería siempre.
Después del recorrido de costumbre, me contó que Luis le había pedido la separación porque se había enamorado de una sueca que iba en el crucero que hicieron dos meses atrás. El sonido del timbre fue como una campana salvavidas.
Dejé al técnico desmontando la lavadora y fui al salón con la esperanza de encontrarla más tranquila. Nada más verme comenzó otra vez su cantinela y ya no pude aguantar más.
-          ¡Cristina, hija, que no se te ha muerto nadie! Siento mucho que lo estés pasando tan mal porque además creo que no tienes motivos ¿Qué no te quiere? Pues que se vaya a la mierda y tú a seguir la vida. Las desgracias son otras cosas… Escucha este tango mientras piensas en lo que te estoy diciendo. Se titula “Silencio”.


LA CASA LLENA DE OTOÑO (Silencio)
Gustavo Gonzalez



La casa lleva exactamente tres años llena de otoño. Durante el invierno las paredes desconchan sus impactos en copos de nueve milímetros. En primavera renacen cada mañana los recuerdos ocres de las baldosas desgastadas de ida y vuelta. El sol de verano se esconde entre las nubes de una tormenta que no termina en septiembre.

 En otoño los amaneceres comienzan aún con la luna frente a la ventana de la cocina. La ventana que se pierde en el camino de la escuela, camino que recorrían cada día cogidos de la mano los cinco hijos de Remedios, huérfanos de padre caído en el frente.
Antes de cantar el gallo, la cafetera ya silba como el tren de La Robla, el viejo tren que llevaba a su marido a la boca abierta de la tierra.

Antes de cantar el gallo, las cinco tarteras llenas de un guiso de huesos y lágrimas recién hecho, se apilan en el centro de la mesa a la espera de los cinco muchachitos.

—¡Andrés, Felipe, Marieta, Conchita y Emilio! ¡Ya lo tenéis todo preparado encima de la mesa! ¡Bajad! ¡Yo marcho a la huerta! — La voz de Remedios asciende atravesando la oscuridad de las escaleras hasta las habitaciones de los niños.

 El sol amanece entre las lomas que jalonan el camino que lleva a la huerta. Remedios vadea el riachuelo remangándose la falda y las ganas de llorar hasta perderse entre las filas de tomateras.
Al final de cada mañana, de regreso a casa, para en la de Doña Encarna, la mujer del panadero.

—Buenos días, Remedios. ¿Lo de todos los días?

—Sí, una hogaza grande. Ya sabe cómo son los chiquillos. No perdonan una comida sin pan.

—Lo sé, Remedios —y mirándole a los ojos —, lo sé.

La mujer del panadero finge la mejor de sus sonrisas mientras Remedios retoma su camino de vuelta portando su cesto de verduras recién recogidas entre las que asoma la hogaza de Doña Encarna.

—Encarna, ¿Remedios se ha vuelto a ir sin pagar? ¿Cuántas hogazas nos debe ya?

—Tres años, tres años exactamente.

 Al entrar en la cocina, Remedios recoge las tarteras apiladas, las vacía en un cubo ya rebosante y sube a su dormitorio. Le espera otra noche larga de fogones y necesita cerrar los ojos para contener las lágrimas suficientes para el próximo guiso de huesos. 

Silencio 
Juan Pizarro
Los esperaban en el regimiento en poco menos de media hora, por lo que todo eran prisas y carreras por el pasillo.
Los cinco hermanos se alistaron aquella misma mañana con tan mala fortuna de que el ejercito alemán había decidido emprender una salvaje ofensiva, minutos después de que el hermano pequeño estampase su firma en los documentos que lo acreditaban como miembro del ejército francés destinado en la misma unidad de fusileros, donde fueron destinados también sus cuatro hermanos mayores
Solo tuvieron un par de horas para preparar los petates, ponerse sus nuevos y flamantes uniformes y despedirse de su madre. 
La pobre mujer se deshacía en besos y abrazos, saltando de un hijo a otro mientras no dejaba de sollozar.El hermano mayor, trató de consolarla diciéndole que el cuidaría del resto, que los habían destinado a servir en la misma unidad y que al menos estarían los cinco juntos en todo momento.
Literalmente hubo que arrancar al pequeño de los brazos de su madre para salir corriendo y llegar a formar antes de que se hiciera recuento en el cuartel.
Desde entonces la pobre mujer vivió pegada al aparato de radio de la sala de estar, donde entre canción y canción, Radio Nacional, emitía partes de guerra e informaba a la población del transcurrir de los acontecimientos en el frente.
Apenas una semana después del día en el que se despidió de sus cinco criaturas, llamaron con insistencia al timbre de la puerta principal del piso de Mont Marne y ala abrir,el grito de la vecina del segundo se escuchó en todo el edificio. Un oficial del regimiento de fusileros donde servían sus hijos, se aseguró de que aquella llorosa y atemorizada mujer fuera la madre de los cinco hermanos que tan valientemente había caído en el frente al defender su posición hasta el final
Al comunicar la fatídica noticia a la buena señora, esta, se desmayó antes de que pudiese terminar de explicar todo t con sumo cuidado, la tomó en brazos y la depositó sobre el amplio sofá del salón de la vivienda, dejando sobre su pecho las cinco medallas al valor con las que la patria premió la heroica acción de los difuntos.