Se la quiso llevar un linfoma hace mes y medio ya, estando de vacaciones lejos de casa, pero la perrita se agarró a la vida y consiguió regresar a su hogar para apagarse poquito a poco junto a todos los que la quisimos, la queremos y la querremos siempre.
Sus cenizas ya descansan junto a las de quienes la esperaban en el paraíso, en la otra vida o en lo que sin duda, se llame como se llame, tiene por fuerza que ser un lugar mejor.
Se ha ido como vivió, y pese a lo triste y lo difícil de este trance, ha sido algo casi dulce, porque nos ha regalado una despedida tranquila y, sin sufrir ella, ni hacernos sufrir a nosotros, quienes estando en estos difíciles momentos a su lado por lo menos pudimos regalarle una última caricia. Y un último beso.
Quien nunca ha convivido con un animal, no es capaz siquiera de imaginar cuanto duele su marcha.
Hoy estamos rotos. Han sido 16 años de amor desinteresado y de constantes demostraciones de cariño. No ha sido la perrita de la familia, ha sido parte de esta familia. Un miembro de cuatro patas, peludito y adorable.
Soy escritor y comunicador, he dado montones de charlas y de conferencias, he publicado libros de relatos y novelas y más de mil entradas en este blog, he dirigido y presentado un programa de radio, he sido colaborador en otros, he hablado hasta debajo del agua, pero hoy no tengo palabras.
Me aferro a la multitud de momentos felices que hemos compartido con ella, y sé que siempre vivirá en nuestro recuerdo y en nuestros corazones.
Fue una perrita muy buena y muy especial, y estoy seguro de que ya está con mi padre, quien hoy sonreirá al verla correr hacia él moviendo el rabo, feliz por volver a verlo.
Gracias, Bora. Por tanto. Por todo.
Volveremos a vernos, pero aún no. Aún no.

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