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martes, 18 de octubre de 2016

El silbato

Sigue lloviendo y el campo de batalla se ha convertido en un lodazal repleto de cadáveres y de cráteres que al llenarse de agua, invitan al chapuzón eterno.
Hoy hace frío. Trato de calentarme con un trago de la petaca y golpeando violentamente el suelo con los pies, pero al igual que el miedo, el frío ya se ha instalado dentro de mi.
Cuando suene el silbato, deberé salir al exterior y correr a conquistar la posición enemiga con la bayoneta calada, gritando y rezando para que no me alcancen sus balas.
Enciendo un cigarrillo. Fumo con el pitillo sujeto entre los dientes y trato de encontrar la razón que me llevó a unirme a esta locura, mientras compruebo haber insertado correctamente el cargador en el fusil.
"Tu patria te necesita" decían constantemente por radio. "Tu familia te necesita". Mi familia cayó durante uno de los  bombardeos sobre la ciudad. Maldigo el momento en el que decidí acercarme tan temprano a cambiar los cupones de racionamiento, para intentar celebrar de la mejor manera el cumpleaños de la pequeña, porque cuando volví a casa con la harina y el azúcar para hacer un bizcocho, ya no había casa, ni pequeña. ¿Y todo porqué? Por absurdas diferencias políticas que tan solo ocultan un deseo feroz de rapiña. Nuestros recursos naturales, entre los que destaca el petróleo y el gas, corren el peligro de dejar de ser nuestros. 
Siempre supe que no habría una razón real que legitimase la invasión de mi país, pero me negaba a empuñar las armas. No creo en la violencia como solución a los problemas, pero mi firme creencia en la diplomacia, no va a devolverme a mi mujer y a mis dos hijos. Vencerán, pero no convencerán y al menos cada uno de mis argumentos llevará una elegante chaqueta metálica de nueve milímetros. Esta vez puede que me escuchen.
Nuestra artillería se esfuerza en despejarnos el camino y facilitarnos las cosas y ya lleva un buen rato vomitando fuego y metralla sobre sus posiciones. El sonido del silbato ordenándonos salir al asalto, cerrará entre negras y silencios, el movimiento final de esta sinfonía demencial.
Mis compañeros también tienen miedo, algunos no pueden ocultar el temblor y las lágrimas. Saben lo que nos espera. Muchos de ellos son demasiado jóvenes para alfombrar con su sangre la distancia entre trincheras.
Han cesado las explosiones. En cuestión de segundos el silbato solista entonará con maestría y fúnebre  virtuosismo, su solo para silbato, en modo menor.
Dios, si existes, permite mi venganza.

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