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miércoles, 9 de septiembre de 2015

Vacío



 Se sentó ante la máquina de escribir preocupado por lo vacío de sus últimos textos.
Arrancaba páginas en las que solo llegaba a escribir uno o dos párrafos y enseguida desechaba el trabajo por estar carente de todo, de emoción, de belleza, de credibilidad...pero sobre todo de alma.
Edmundo descubrió que había abusado de sus sentimientos durante mucho tiempo y que ahora ya casi no le quedaba nada con lo que dotar de vida a los nuevos personajes,
Recordó con tristeza lo desgarrador de alguno de sus primeros relatos y la emoción que despertaban en sus lectores, llegando incluso a haber hecho llorar a más de uno.
Hoy de llorar alguien, solo lloraría él y, lloraría al darle la vuelta a sus entrañas y encontrar que ya no había nada.
Abusó del amor hasta el punto en que olvidó amar. Abusó de lo más hermoso de la condición humana hasta volverse una réplica en plomo de si mismo, eso si, casi idéntica.
Los personajes de sus nuevas obras eran muñecos de arcilla, bien cincelados y pintados con los más bellos colores pero carentes del hálito de vida que se les había insuflado a los protagonistas de aquellos relatos del pasado.
Ya no era el dios de su universo, ya solo podía crear criaturas que aunque recibían el regalo del libre albedrío, no sabían como conducirse y lógicamente terminaban adorando a becerros de oro y a toda clase de ídolos que nunca llegaban a parecérselo.
Edmundo se preparó un café bien cargado, quería despertar de aquella sin razón fuera como fuera.
Pensó por un instante en entregarse a los brazos de Baco a través de un elixir de fuerte graduación alcohólica pero renunció a ello en el acto. Embotarse el cerebro no le ayudaría ni a encontrar la explicación, ni la solución oportuna.
Pensó también en tirar la toalla y matar sus esperanzas.
Desde que era muy pequeño había descubierto la paz y el consuelo a través de sus escritos y creyó que aquel universo que se había creado, sería eterno pero todo tiene su ocaso y los mundos también se agostan, como las plantas sin agua y con exceso de sol.
Las musas son esas perras caprichosas que hoy te abrazan y te besan en los labios y mañana se juegan tus despojos a los dados.
Sus musas hace tiempo que habían decidido hacer la maleta y marcharse bien lejos.
Edmundo tomó un abrecartas del escritorio y lo apretó contra su pecho, sintiendo como la punta de aquella hoja podría llegar a abrirse camino hasta su corazón con la presión adecuada.
Morir, abandonar todo aquello, escapar de aquel dolor.
El peor de los sufrimientos es la falta de inspiración y de humanidad en lo escrito y no se atrevía a continuar con esa farsa.
"Escritor". Son tres sílabas que conforman la palabra más veces pronunciada en sus oraciones.
No le habían bendecido con ese don y Edmundo ya no deseaba vivir, todo carecía de sentido para él.
Por un momento escribió mentalmente su epitafio y de repente encontró algo hermoso en lo imaginado y dejó caer el abrecartas al suelo para abalanzarse sobre la vieja máquina de escribir.
Lo tenía, lo había encontrado.
Sonriendo y en pleno éxtasis comenzó a escribir la primera frase de su nuevo relato:

Se sentó ante la máquina de escribir, preocupado por lo vacío de sus últimos textos...

 

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