
Esta historia es real, y me
sucedió no hace mucho tiempo.
Fue un domingo de otoño, cuando mi amigo
Fernandito Poronga, me invitó al chale de sus padres a comer un cocido
montañés,ya que su madre es natural de Valencia de Don Juan,
León.
Yo que soy como Don Camilo y nunca digo que no a semejantes envites, me encaminé ilusionado hacia la suntuosa
casita de campo.
La comida fue realmente deliciosa, y presa de mi natural avidéz, creo que aquel día
engulli algún garbanzo de más (más bien unos doscientos garbanzos de más) y cuando mejor me encontraba, en plena sobremesa y
deleitándome con un
maravilloso aguardiente de hierbas,
sucedió lo que tenia que suceder.
Mis tripas iniciaron una danza alocada presas de una indigestión bárbara, con el consabido
ruidito que semejante estado provoca.
Trate de disimular
fingiendo un ataque de tos y aunque imagino que nadie me
creyó, pude escabullirme airosamente hacia el baño.
Cuan grande seria mi desesperación al encontrarme con el
wc vecino ocupado por "
lalo" el hermano pequeño y excesivamente
imbecil de
Fernandito,
así que
practicamente a la carrera, me
dirigí hacia el piso superior en busca de otro excusado donde poder darle paz a mi malogrado intestino.
Pase un dormitorio rústico precioso (con su chimenea y todo) y tras pocos metros de pasillo me encontré frente a un a puerta de roble macizo( de las denominadas castellanas) y
suponiendo que era un cuarto de baño, me plante frente a ella.
Para evitar de nuevo la violencia de incordiar a alguien que pudiera estar entregado a tan privados menesteres, me incliné y arrimé el ojo a la cerradura, tratando de adivinar si estaba libre u ocupado.
Lo que allí pude ver me dejó boquiabierto.
Carmencita, la madre de mi amigo, estaba
disponiéndose a dar un baño, de tal modo que el ceñido vestido de flores que lucia durante la comida ya se encontraba en el suelo de la estancia y en aquel preciso instante estaba procediendo a despojarse del
sostén.
Mi cuerpo juvenil, presa de tan morbosa fascinación,
experimento un tremendo
calentón, al rememorar las noches estivales en las que privado de sueño, me
habia entregado al
onanismo recordando la
espléndida figura y dulce candidez de Doña
Carmencita.
En pocos segundos tuve tal erección que el mismísimo
Príapo se
habría sonrojado.
No lo
podía creer, su sujetador de encaje negro,
cayó sobre las losas del baño, dejando al descubierto dos sensacionales pechos firmes y de pezones sonrosados.
Que momento de
éxtasis.
El universo entero se
detuvo en aquella habitación y no
había adolescente más feliz ni más cachondo en esta España gloriosa que me
vio nacer.
Con un
rápido movimiento se despojó de las
braguitas minúsculas que la aprisionaban sus poderosos
glúteos y al girarse, pude entrever un monte de
venus pelirrojo y poco poblado.
Fue en aquel mismo instante, cuando en pleno
éxtasis voyeur mis
esfínteres se relajaron, y los malditos garbanzos me pusieron en el más absoluto de los ridículos al soltar una ventosidad tal que se escucho en todo el termino municipal de
Castronuño, y a punto
estuvo incluso de derribar la puerta, tan grande fue su magnitud.
Aunque no hizo falta.
Doña
Carmencita, al escuchar el estruendo
abrió la puerta
cubriéndose con una toalla y allí me
encontró, entre una nube tóxica con los pantalones por los tobillos y mi sonrosado pene en la mano.
Ni que decir tiene que
Fernandito Poronga no ha vuelto a invitarme a su casa.
Yo ahora jamas como legumbres, y a pesar de todo lo que
tuve que soportar aquella fatídica tarde no he podido olvidar esas
espléndidas carnes, que de manera tan fortuita pude contemplar a
través del ojo de una cerradura.
Besos, abrazos y lametones.