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miércoles, 7 de enero de 2015

Cacareando que es gerundio

Peter volvió a su casa árbol más que contento. Había pasado un rato muy ameno con Lia y de alguna manera sabía que habría muchos más, si ella quería, claro, aunque no dudaba de que se estaba creando una conexión más que especial entre ambos y eso era algo fantástico. Igual hasta le pedía que le acompañara en alguna aventura, pero cuando el hadita rubia se hubiera recuperado del todo, que aún estaba algo delicadita.
Cuando aterrizó en la rama de acceso a la vivienda, Peter se dio cuenta en el acto de que había pasado algo y no precisamente muy divertido
Uno de los niños perdidos que había escapado de los piratas de Garfio le contó en el acto lo acontecido y Peter montó en cólera de inmediato.
¡¡¡Canallas!!! se lo haría pagar caro.
Dejó a los pequeños recogiendo el estropicio de aquel ataque y salió escopetado en busca de los tres chiquitines secuestrados.
Localizó el barco a pocas millas de la costa y al acercarse sigilosamente escuchó como aquellos sinvergüenzas celebraban su gran hazaña.
Aprovechando que estaba oculto en la cofia del vigía en el palo mayor, hizo un rápido recuento de los piratas que había a bordo, ya que la inmensa mayoría estaban en cubierta bebiendo ron y cantando cancioncillas de abordajes y saqueos.
Por lo que pudo entender los niños perdidos se hallaban en las bodegas a buen recaudo, así que perfecto, puesto que no sufrirían peligro alguno durante la acción de rescate.
Dieciocho piratas  formaban parte de la tripulación de Garfio, y diecisiete se encontraban allí, dedujo que el que faltaba debía de estar sirviendo la cena en el camarote del capitán, luego no habría mejor momento para preparar una distracción adecuada y rescatar a los pequeños.
Voló rápido y sin ser visto hasta la Santa Bárbara y con destreza y cuidado empalmó varias mechas a la pólvora que allí se guardaba para ser usada en los cañones.
Con la llama de uno de los faroles cercanos,encendió el extremo de la mecha y calculó que tendría unos cuarenta segundos para salir de allí y prepararse para cuando empezara todo.
Con sumo cuidado reptó hasta la entrada de la bodega y silbó a los rehenes con su silbido secreto.
Los pequeños le dijeron que podían moverse y caminar, pero que estaban atados entre ellos por las muñecas.
Peter les pasó su daga por entre las rejas y cortaron rápidamente las ligaduras.
Justo en el momento en el que recuperaba su daga y forzaba con ella el candado de la puerta, una violenta explosión puso fin a la fiesta de aquellos delincuentes y Peter no disimuló su sonrisa.
Los piratas hicieron una cadena para pasarse cubos de agua para tratar de apagar aquel fuego en la Santa Bárbara y entre maldiciones, juramentos y blasfemias. no dejaban de preguntarse quien habría sido el idiota que había tirado una colilla encendida por esa zona.
Al abrir la puerta enrejada, espolvoreó a los niños con polvo de hadas para que pudieran seguirle y cuando iba  a levantar el vuelo con ellos para regresar a salvo, sintió un contacto frío y metálico en su cuello.
Garfio le había descubierto y desafiante y muy enojado le colocó la punta de su sable de abordaje junto a la yugular.
En un rápido movimiento de defensa con la daga Peter se libró de aquella hoja en su cuello y tras fintar y saltar se colocó frente a aquel cobarde y sucio marino. que hacía ya mucho tiempo debió confundir el rumbo.
Los gritos de Garfio atrajeron hacia aquél lugar a sus hombres, pero Peter pudo ver aliviado por el rabillo del ojo como los tres niños perdidos escapaban volando.
El cacareo de Peter sonó alto y claro por encima del bullicio que reinaba en el navío y ambos contendientes se lanzaron mandobles y estocadas sin cesar hasta llegar a la barandilla de cubierta más cercana.
Garfio trató de atravesarle el pecho lanzándole una estocada de frente y al apartarse ágilmente Peter, Garfio perdió el equilibrio yendo a caer por la borda.
Peter levantó el vuelo para escapar de la tripulación que se abalanzó sobre él con sables, dagas y hachas y apenas se había elevado unos metros cuando escuchó el horroroso grito de Garfio.
Peter vio como en la mala fortuna del capitán, al caer a aquellas aguas se encontró con un viejo conocido: el enorme cocodrilo marino que le había amputado la mano en el pasado, por lo que el pirata tuvo que colocarse en el muñón que le produjo aquella amputación el temible artilugio que le dio su nombre.
En ese momento Garfio trataba de escapara del cocodrilo que habría sus fauces con la sana intención de cenar marino pedante.
Algo dentro de Peter hizo que no pudiera consentir aquello y aunque resulte extraño, voló en picado hacia el asustado capitán y llegó a agarrarle de su única mano en el momento en el que el cocodrilo iba a disfrutar del primer bocado.
Para sorpresa de Garfio, Peter le depositó con suavidad en cubierta, bien lejos de aquellos furibundos piratas , pero antes de irse de allí, cerró el puño de su mano izquierda y  atizó un terrible zurdazo directo a la mandíbula a aquel veterano bucanero, con la advertencia de que si volvía a atacar a los niños perdidos, la próxima vez el cocodrilo debería ver Master Chef en la televisión, para elaborar la receta adecuada para que aquel cuerpo viejo y lleno de cicatrices le supiera lo más rico posible.
De vuelta a casa, extenuado por el esfuerzo pero feliz con los resultados, Peter volvió a  cacarear y pensó en lo perfecto que sería besar y abrazar  a Lia para celebrar todo aquello.
Pronto sus deseos se harían realidad, pero eso es otra historia.

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