No me seduce en exceso descubrir el olor a Napalm, y espero que mi olfato no tenga que aprender a reconocerlo jamás, pero desde que siendo un niño escuché por primera vez a Wagner, supe que sus oberturas y arias me acompañarían a lo largo de mis vidas y tendrían particular protagonismo en algunos de mis momentos existenciales.
Hubo un tiempo en el que vestí el uniforme del ejercito español, se me entrenó en el manejo de distintas armas de fuego y se me enseñó a acatar ordenes, a obedecerlas y a asumir la responsabilidad ante los superiores. Quizás esto último me ha sido de mucha más utilidad en la vida que aprender a montar y a desmontar un Cetme, pero oiga...nunca se sabe.
Desde hace poco más de año y medio, la trinchera desde la que entro en combate a diario y donde hago guardia muchos fines de semana, consta de unidad CPU, teclado, dos pantallas y unos rígidos auriculares a través de los que recibo las directrices para enfrentar todo tipo de misiones, algunas mucho más llevaderas que otras.
Lo cierto es que estoy contento con mi trabajo de asistente virtual. La gente llama pidiendo ayuda y solicitando que gestione sus necesidades y, de alguna manera, ayudo al prójimo, facilito la vida de muchas personas y resuelvo problemas sin moverme del sillón de mi escritorio. Obviamente tiene su cositas, como todos los trabajos. Si no hubiera que esforzarse y sacrificarse, sino hubiera que tratar de hacerlo de la mejor de las maneras posibles y no tuviera que responder ante un superior ni me pagarían por ello ni lo llamarían trabajo, lo llamarían ocio.
He de reconocer que desde cierta catastrófica desdicha que ahora no viene al caso, mi estado nervioso acusa mucho más la tensión y las dificultades y en ocasiones aún siguiendo los protocolos indicados y pudiendo consultar manuales, siento que me acerco peligrosamente a una crisis de ansiedad. Y ahí es donde entran quienes comparten trinchera junto a mi, combaten a mi lado y me aportan mucho más que munición y tabaco.
Lo cierto es que la unidad en la que sirvo está integrada por los mejores de entre aquellos que se alistaron en su día, y es en verdad una unidad ESPECIAL, A diario me demuestran que es muy cierto eso de que el trabajo dignifica, y aunque tengo unos compañeros estupendos, aguerridos y muy capaces, quiero hacer especial mención a mis compañeras, pues una vez más se me demuestra que eso de que las mujeres son el sexo débil, es una auténtica sandez.
Si no fuera por mis compañeras, hace mucho tiempo que me habría batido en retirada, que habría deshonrado mi uniforme y que me hubieran expulsado con deshonor tras arrancarme los galones.
Aprecio, admiro y respeto a mis compañeras, y no me supone ninguna vergüenza reconocer que recurro a su ayuda con frecuencia, pues la gran mayoría de ellas me dan cien mil vueltas trabajando, y además me tratan con mucha paciencia, con cariño y con verdadera camaradería.
Con los años he aprendido a reconocer mis debilidades y a tratar de corregir mis muchos defectos, pero también a saber pedir ayuda y a tragarme un estúpido orgullo y un ego que lejos de facilitarme las cosas, tan solo pueden hacerme caer de la montura.
Este no es un texto de "buen rollismo" feminista nacido del oportunismo ni de adulación gratuita. Es tan solo mi forma de dar las gracias a aquellas que se esfuerzan en verme sonreír mientras trabajo y en que me atreva a afrontar al más feroz de los enemigos y a las circunstancias más adversas, pues lucharán junto a mi, hombro con hombro.
Gracias, chicas. Algún día sabre corresponder como merecéis.
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