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lunes, 31 de julio de 2017

Dias de hidromiel y rosas.

El nuevo jefe de los guerreros del norte tensó el arco, apuntó con esmeró y cuando creyó tener el blanco fijado, hizo un gesto con la cabeza a su lugarteniente y este prendió la flecha que iba a ser disparada. La saeta en llamas trazó un dibujo perfecto en el cielo de la noche de tierra de Campos y cayó sobre la pequeña embarcación que haría las veces de pira funeraria para entregar a Odin las cenizas del valiente guerrero muerto en combate la noche anterior.
Johansen había caído bajo el hacha de una de las diabólicas guerreras vándalas que acompañaban siempre a sus hombres a la batalla. El guerrero del norte, movido por sus principios bajó la espada ante su asesina al ver que era una mujer, negándose a derramar  sangre femenina pero ese error fatal,motivado por sus escrúpulos, le terminó costando la vida.
La hoguera que devoró rápidamente su cadáver y se adueñó de la nave que flotaba en aquel río a su paso por la región bética denominada "Tierra de campos", cumplió su cometido como medio de transporte y entregó el alma de Johansen en las puertas del Walhalla, donde Nuria, la más hermosa de entre las Valkirias, lo recibió para comprobar si era digno de ser llevado ante  Odín.
Cuando Johansen se percató de la presencia de Nuria y del lugar donde se hallaba, rodeado de las más curiosas flores bajo un inmenso cielo azul, de primeras achacó todo aquello al exceso de hidromiel junto a sus compañeros de armas pero entonces recordó la batalla y a aquella guerrera escuálida y morena que no dudó en aprovechar su condición para propinarle un hachazo en mitad del pecho, alcanzando su corazón y rompiéndolo en dos. Había muerto y aquella mujer de impresionante hermosura, no debía ser otra que una de las hijas de Odín, una Valkiria. Ella le sonrió y apoyando la mano derecha en la empuñadura de la espada que llevaba colgada de las caderas más perfectas que Johansen había visto a lo largo de su vida, le dijo: -Bienvenido, guerrero. Aquí empieza tu verdadera vida junto a mi padre, mis hermanas y todos lo mortales que como tu, cayeron con honor. Tan solo hay un requisito para que flanquees las puertas del paraíso. No tendrás que medirte conmigo en singular combate, no te preocupes pues yo soy la fuerza del brazo de Odín y tu no eres más que un capricho de mi padre para poblar una de sus creaciones.-
-Entonces, bella Valkiria- dijo Johansen con el renovado corazón a punto de salirse del pecho.- ¿Qué debo hacer? Pide y sea lo que sea, lo haré en el acto o moriré de nuevo en el empeño.-
La Valkiria sonrió sabedora de la determinación del rubio guerrero y desde su femenina condición, barajó diversas pruebas a cual más arriesgada, pero entonces decidió que lo que le permitiría el paso a la eternidad de gloria y felicidad, no sería su bravura en el combate ni la habilidad con el acero. Clavando su mirada en los azules ojos del sonriente guerrero, le dijo -Johansen, no dudo de tu valor en combate y larga es la lista de tus probadas hazañas pero en este lugar hay que ser también ágil con otras armas además de con la espada. La palabra es un arma afilada y de mortífero efecto si no se emplea adecuadamente. Tendrás que recitar un cantar que hable de la belleza del Wahalla y de la gloria de mi padre, Odín.-
Entonces Johansen pensó unos segundos, se fijo en lo increíblemente bello del rostro de Nuria y comenzó así:
"El nuevo jefe de los guerreros del norte tensó el arco, apuntó con esmeró y cuando creyó tener el blanco fijado, hizo un gesto con la cabeza a su lugarteniente y este prendió la flecha que iba a ser disparada..."

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