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lunes, 2 de mayo de 2016

El color de las lágrimas.

Necesito dormir una media de al menos ocho horas diarias para poder colmar de bendiciones en mis sueños a tantas y tantas mujeres que pasaron por mi vida y de las que creí estar enamorado.
Aunque la mayoría me han echado en el abandono, yo siempre conservaré un recuerdo hermoso de lo que me confundió hasta el extremo y me llevó a pronunciar esas palabras tan devaluadas y desvirtuadas hoy en día: Te quiero.
Creo que ya he llorado toda mi reserva de lágrimas negras y ahora tiendo más a sonreír y cuando mis ojos se empañan por el motivo que sea (eso no dejará de suceder nunca), lloro lágrimas a juego con el color que ella ha elegido para sus uñas ese día.
De pequeño me enseñaron que los chicos no lloran y por si no me había quedado claro, un poco más tarde me lo cantó con mucho ritmo Miguel Bosé, añadiendo que no solo no lloran, sino que tienen que pelear. Soy de naturaleza pacífica y más dado a las emociones y a la sensibilidad que a los cabezazos en la nariz o a los rodillazos en la boca, aunque llegado el caso no seré yo el que rinda mi espada sin sacarla de la vaina.
Es curioso este proceso de aprendizaje al que llamamos vida. De lo mucho que estoy aprendiendo ( y prometo que aprendo deprisa) lo que más me ha impactado es descubrir que las cosas nunca pasan porque sí, sino porque tienen que pasar. Que todos los actos llevan aparejados una consecuencia y que de esa consecuencia puedes correr pero no esconderte. Que a veces se produce un repentino y extremadamente violento oleaje y la nave en la que surcas el océano de la existencia se escora a uno y a otro lado bruscamente y algún compañero de viaje cae por la borda sin que puedas apenas despedirte ni lanzarle un salvavidas. Cuando consigues arriar el bote de emergencia ya es demasiado tarde y entonces vuelven a teñirse de negro todas tus lágrimas.
He aprendido que el amor duele. Bueno, más que el amor, lo que duele es ese sucedáneo que solemos adquirir a precio asequible pero que obviamente es de menor calidad. Cuando pruebas el amor verdadero, no solo es que no duela, es que te sirve de bálsamo para muchas otras dolencias y lo único que puede llegar a doler o a molestar intensamente, es el miedo a perderlo.
Me estoy especializando en el relato, aunque trabajo otros géneros pero siempre, en todos mis textos, el amor está muy presente. Da igual que escriba sobre el fin del mundo, los crímenes de un asesino en serie o la guerra de secesión americana. Siempre hay de fondo una historia de amor. Esto me ha llevado a recibir críticas e incluso a ser blanco del sarcasmo y la ironía de muchos pero me vais a perdonar la expresión, "me la bufa". Yo soy como soy y, escribo como escribo y sobre lo que me apetece escribir y no sé porqué el amor es tan importante y tan recurrente en mi.
Quizás ese aprendizaje tan exhaustivo me ha llevado a donde estoy ahora y sin mis continuos fracasos no hubiera podido alcanzar esta cima. Todo es necesario y de todo se aprende y fracasar termina enriqueciendo. Tan solo espero no volver a hacerlo. Ha llegado el momento de aplicar los conocimientos adquiridos. Ha llegado el momento de estar a la altura.

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