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domingo, 25 de junio de 2017

Hamlet

 Había colocado la pantalla de plasma de cuarenta y dos pulgadas frente a la cama, entre la ventana y la cómoda de amplios cajones  abarrotada de ropa negra.
La cama era grande, de esas mal llamadas de matrimonio. Desde hacia tiempo tan solo la compartía con su gato y, el lado que aquella traidora dejó libre tras la sentencia judicial, estaba repleto de novelas y libros de relatos, su verdadera pasión. Sobre la mesilla de noche del lado que él eligió desde la primera vez que durmió en ese lecho, una lampara, un cenicero, un encendedor de gasolina y un paquete de cigarrillos rubios. En el primer cajón, su Beretta de nueve milímetros y el afilado cuchillo de gaucho que un amigo le trajo de La Pampa. En el segundo cajón, una selección de fotografías de las últimas quince "mujeres de su vida" a las que otorgó el título desde el primer beso, sin darse cuenta de que al hacerlo las estaba condenando a su colección de fracasos y frustraciones.
En el lado opuesto de la cama, en el que le pertenecía a ella hasta que se ejecutó el desahucio marital, había otra mesilla de noche, nostálgica e innecesaria, que albergaba un teléfono fijo con poco uso, los símbolos de una religión que no le sirvió de ayuda ni consuelo y la foto de la única mujer que jamás lo defraudaría: su madre.
Sobre el amplio armario donde almacena pantalones, cazadoras de cuero, chaquetas, calzado, y su colección de chalecos (prenda tan mínima, escasa e incompleta como él) conserva aún el turulo de plata, el portagramos y el cuchillo colombiano; recuerdos de tiempos pasados que nunca habrían de volver.
Cuando al caer el sol  se tumba sobre el colchón que le evoca días de vino y rosas, de whisky y ansiolíticos, de promesas incumplidas y lágrimas espesas, no sabe que prefiere: morir, dormir, tal vez soñar. Pero bajo ningún concepto desea despertar en otro día anodino y vacío de amor. Y sin embargo y para su desgracia, cada mañana despierta y debe vivir. Vivir es su castigo y su obligación moral. ¿Cuando cumplirá su condena?¿Cuando le permitirá el destino volver a disfrutar de ese momento en el que acostarse simboliza adentrarse en un paraíso reservado a los justos?
A veces busca la respuesta en la sangre pero es tan cobarde que solo se atreve a derramar la suya propia y no se concede nunca el alivio de la muerte. No le está permitido. No aún y menos por su mano.
Lo que tenga que ser, será y a punto estuvo de salir libre una vez pero los médicos, enfermeros y demás personal sanitario, le devolvieron a la prisión existencial. 
En el vis a vis de su alma, recibe visitas puntuales de mujeres que podrían  redimirlo del pasado pero que no aciertan a hacerle llegar la lima que tanto ansia.
Siempre sintió simpatía por Hamlet, aquel danés que pudiendo haber sido feliz, no lo consiguió nunca.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Sueña, sueña, sueña, sueña... No dejes nunca de soñar aunque vivas, aunque estés dormido, aunque estés despierto...
Zeroide

lacantudo dijo...

Gracias, Zeroide. Es un buen consejo.
Estoy aprendiendo a soñar de nuevo y a convertir las pesadillas en sueños mínimos.
Siempre he sido un tipo terriblemente poitivo y con unas ganas enormes de vivir y de inventar el futuro perfecto. Digamos que de un tiempo a esta parte las cosas se complicaron pero gracias al apoyo de mi tribu y a las sonrisas de mis amigas,mis amigos, mis familiares y mi gato,vuelvo a soñar y a imaginar la vida como un folio en blanco donde escribir aquello que me gustaría experimentar.
Todo termina llegando, incluso lo bueno.

Anónimo dijo...

:-)** Lo mejor siempre está por llegar. :-)
Zeroide

lacantudo dijo...

¿Si? A ver si es verdad. Que Dios, Supergato (o el que sea que maneja el cotaro) te escuche.
El camino entre el optimismo y el pesimismo es muy corto y ataja por el puente del realismo. Lo bueno es que como todos los caminos, es de doble dirección.