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Mi primer retoño

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lunes, 15 de agosto de 2016

Nobel de las letras.

-Pues si pasa, -dijo Nestor jugando con la traducción del título de la canción, mientras el tema de Metálica sonaba de fondo, en lo que aseguraba los nudos de las cuerdas con las que había atado a Mireya, su amante de las últimas semanas. Mireya es una periodista a la que conoció en la entrega del premio nacional de novela que le otorgaron los Reyes en una gala saturada de pedantes y pseudointelectuales de lo más variopintos.
- Creo que esto ya no tiene vuelta atrás y sintiéndolo mucho voy a tener que matarte, no puedo permitirme el lujo de dejarte con vida después de todo lo que has averiguado sobre mi.
No debiste haber fisgado en los archivos de mi ordenador, no debiste haberte dejado llevar por la curiosidad, que como bien dice el refrán, mata al gato. En esta ocasión la curiosidad matará a la gatita y no creas que no me jode tener que hacerlo.
-No estaba fisgando, sabes que tengo que enviar mi columna diaria y al no saber si iba a quedarme a dormir en tu casa, solo quise comprobar que había dejado preparado el mail con el archivo adjunto para enviarlo al periódico desde mi correo. Me llamó la atención el nombre de la carpeta del escritorio y sinceramente, pensé que se trataba de otra de tus novelas y la abrí para ver si iba a convertirse en otro best seler pero ya veo que desgraciadamente, no es más que el diario de un desequilibrado con ínfulas megalómanas.-
Nestor descargó un puñetazo en la boca de Mireya, rompiendo varias piezas dentales y salpicando con la sangre de la columnista de "El País", el blanco sofá de cuero donde la tenía tumbada y atada de pies y manos.
- Más me duele a mi, te lo aseguro,
-Una mierda, jodido psicópata- dijo Mireya conteniendo las lágrimas de dolor.
-No soy un psicópata, según mi psiquiatra tan solo tengo un pequeño trauma provocado por el déficit de cariño en la infancia. Si mi padre no se hubiese ido a por tabaco donde Cristo dio las tres voces, abandonando a su familia, seguramente habría aprendido a controlar mi ira, pero he tenido que descargar toda mi rabia en las novelas y el sobrante de odio, en el cuerpo de alguna mujer. Es curioso lo que son las cosas, las mismas que aplauden y vitorean los crímenes de mis personajes, cuanto más violentos mejor, luego se mean encima y suplican por sus vidas, aún sabiendo que  el perdón,es algo que no puedo conceder.
-Pues te vas a joder pero controlo mis esfínteres y no pienso suplicarte. Haz lo que tengas que hacer y solo espero que cometas algún error y que te terminen pillando. El crimen perfecto no existe. Tu mismo te has encargado de dejarlo bien claro en cada uno de tus libros.
Nestor hundió su estilete en el corazón de Mireya con la mano derecha, mientras con la mano izquierda trató de silenciar las últimas palabras de su nueva víctima, la octava, desde que asesinó a aquella profesora de literatura del antiguo colegio privado donde estudió de niño y en el que le "hicieron un homenaje cuando gano su primer premio literario internacional. La "señorita Ferrero" nunca creyó en él ni en su prosa salvaje y, sabía que le habían impuesto que acudiera contra su voluntad a aquel evento, donde aprovechó para averiguar que vivía sola y a escasos doscientos metros de su piso de Madrid. Lo demás fue sencillo. Acudir a su casa, coseguir que le abriese la puerta con una excusa baladí y fingir un robo, tras reventarle el cráneo de varios martillazos. La policía no sospechó que aquello se tratase de un crimen ajeno a los delitos cada vez más comunes en la capital de España. Apenas tuvo repercusión mediática.
Con Mireya, tendría que hilar fino. Era una conocida periodista y más de alguna publicación de la prensa rosa, se había hecho eco del supuesto romance entre el aspirante a premio Nobel y la periodista de la sección cultural de uno de los diarios nacionales con más tirada.
Gracias a lo aprendido en la intensa labor de documentación para escribir sus libros, Nestor no tendría problemas para deshacerse del cadáver sin dejar ningún rastro.
Al desatar el cadáver y despojarlo de la ropa antes de sumerjirlo en la bañera con diversos productos químicos, Nestor recordó las noches de pasión con Mireya y una tremenda erección, le sorprendió contemplando aquel cuerpo sin vida.
Penetrar un cadáver era algo muy difícil, pues entre la ausencia de lubricación vaginal y el comienzo del rigor mortis, el único placer del acto, fue el que le otorgó el sentirse el dueño absoluto de aquel despojo humano.
Años después Nestor Ibarra Sanchez fue galardonado con el premio Nobel de las letras y murió en un accidente aéreo al regresar de recoger el galardón en Estocolmo.
Cuando su editor encontró el diario, en el ordenador personal del difunto, se puso en contacto con los abogados de la editorial, para ver de que manera podría hacerse con los derechos de edición, antes de entregarlo a la policía.

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