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domingo, 28 de agosto de 2016

La pena más grande

Del inmenso catálogo de penas, angustias y tristezas que nos oferta este gran centro comercial que es la vida, creo que el producto estrella es la pérdida de un hijo.
No he sido padre, digamos que aunque sé como se hacen, aún no he tenido una verdadera oportunidad para engendrar a la personita o las personitas que seguirán mi estela. De momento vuelco mi instinto paternal en mi gato, que sé que no es lo mismo ni de lejos, pero me sirve de campo de pruebas. Mis amigos que ya son padres siempre me dicen: Ten un hijo, te cambiará la vida. Y yo les suelo contestar: Por eso mismo no lo tengo, gracias.
Tengo tres estupendos sobrinos a los que he aprendido a querer. Cuando eran pequeños, no me importa reconocer que me ponían de los nervios con sus ataques de rabia, sus llantos y sus niñerías, pero para mi sorpresa estoy viendo como salen de sus crisálidas, convertidos en dos enormes y valientes abejorros y en una preciosa e inteligentísima mariposa. Pero yo lo tengo fácil, ni me ocupo de su educación ni me desvivo por su felicidad, eso lo dejo en manos de mis hermanas y mis cuñados, que son los que pusieron la semillita y llamaron a telecigueña.
Al no tener hijos, sé que me estoy perdiendo muchísimas cosas pero también sé que me libro de la preocupación y la agonía constante del ¿Y sí?.
Ya tengo dos buenas amigas que han perdido a sus hijos y eso debe de ser algo realmente espantoso.
Sé que al menos, les quedará el consuelo de haber depositado en ellos todo su amor y que antes de partir para el viaje definitivo, fueron conscientes de que esas mujeres que siempre estuvieron a su lado, los quisieron más que a sus propias vidas.
No quiero comparar el grado de intensidad del dolor pero mucho me temo que excederá con creces al dolor por la pérdida de un padre, que siempre se interpreta como un artículo de la jodida y omnipresente "Ley de vida" o incluso la perdida de alguien como mi queridísima Blancanieves, que se fue mucho antes de que tuviera que hacerlo, al morder la manzana equivocada.
Perder a un hijo suma al dolor por la pérdida de un ser querido, el dolor de la pérdida de un proyecto de vida, de una parte de ti que le dará continuidad a tus sueños y esperanzas y de ese fruto del amor que se hizo carne. No imagino un dolor más grande.
Sé que es muy fácil decirlo, pero como canta Bunbury, el Doctor Tiempo lo cura todo.
Fuerza y honor y todo mi cariño y apoyo a quienes pierden a sus hijos.
 

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