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domingo, 29 de noviembre de 2015

Como se quiere a un gato.

Ayer noche, durante el concierto que ofrecieron mis amigos de "Los pichas rondilleros", por asociación de ideas y al escuchar una versión de otro tema que canta Don Joaquín Sabina (gran poeta urbano), me vino un nuevo recuerdo a la cabeza.
En esa evocación, rememoré de golpe y sin anestesia alguna, el momento en el que la mujer con la sonrisa más bonita del mundo (que tuvo la deferencia de regalarme una relación que duró más de un año)pocas semanas antes de dejarme, me dijo citando la letra de la canción que encabeza esta entrada: "antes de que me quieras, como se quiere a un gato, será mejor terminar con esto".
Creo que ni el autor de la letra ni ella, tuvieron en cuenta que el amor que se siente por un animal, es algo absolutamente puro y carente del más mínimo interés.
Ahora me doy cuenta de lo mucho que la quise, aunque como siempre y para mi desgracia me doy cuenta de estas cosas a toro pasado.
Cómo dice siempre un gran amigo: "a toro pasado y cojones vistos, macho seguro".
Siempre he convivido con animales domésticos (tigres y leones los tenía prohibidos en casa, pues aunque como cantaba Torrebruno: "todos quieren ser los campeones", despejarían el podio comiéndose al resto de medallistas) y desde bien pequeño me he criado con perros en el hogar.
Mi relación con los felinos comenzó hace relativamente poco tiempo, al perder por circunstancias completamente ajenas a mi voluntad a la perrita que convivia conmigo.
"Gatete" llegó a mi siendo un cachorrrito y me lo entregaron como regalo de cumpleaños,dentro de una caja de botellas de vino. Podéis imaginar mi sorpresa al tirar de sacacorchos y encontrarme con aquella criaturita.
Desde entonces (hace ya casi cuatro años) "Gatete" me ha enseñado mucho sobre el mundo felino pero sobre todo y por encima de todo me ha robado el corazón, con su afecto desmedido.

 Obviamente su amor es correspondido, pues soy víctima constante de sus caídas de ojos y de su ronroneo al oído.
Ya he escrito que entre otras cosas el año pasado perdí la vergüenza a demostrar mis sentimientos y a decirle a quien quiero, lo que siento en cada momento.
Puede que si hace unos años hubiera aprendido a expresar este tipo de interioridades y a liberar el cauce emocional, la chica con la sonrisa más bonita del mundo habría descubierto que si, que la quería como se quiere a un gato pero que yo a mi gato lo quiero con una intensidad y una fuerza brutal y siempre me tendrá a su lado para lo que haga falta y me esforzaré en que se sienta seguro y querido cada día.
La vida da muchas vueltas, quizás con el tiempo aquella chica vuelva a sonreirme o quizás no pero en el fondo, ya sé que el amor siempre tiende a ser cuantificado.

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