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viernes, 13 de noviembre de 2015

Cuando la risa es necesaria.

Para rellenar con carcajadas los desconchones en el alma.
Para cambiar el sentido de las lágrimas. Para purgarte por dentro. 
La risa es necesaria y más que recomendable porque si no encontramos un motivo para reír, por absurdo que sea, estamos perdidos.
El  Ser humano es capaz de pasar de la risa al llanto y del llanto a la risa con la misma facilidad y creo que por eso no termino de pedir el cambio de especie.
En ocasiones es muy complicado dar con la palabra adecuada, con la sonrisa oportuna y con el momento idóneo para hacer reír a alguien que está sufriendo pero esa es una meta que cuando se alcanza, sientes que el esfuerzo ha merecido tanto la pena que volverías de inmediato al punto de partida y te esforzarías de nuevo para recorrer el camino hasta esa curva en los labios de la persona a la que estás viendo sufrir.
Siempre me he considerado un tipo simpático, incluso algo graciosete y aunque ya comienzo a peinar canas y voy atesorando recuerdos dramáticos, no me resigno a perder el sentido del humor.
Lo realmente duro y triste es ver sufrir a las personas que quieres y no encontrar la forma de hacerlas sonreír aunque sea por unos segundos.
En mi lista de fracasos no quiero apuntar el haber fallado a quienes quiero, permitiendo que la desesperación y la tristeza les inunde sin al menos haber hecho lo humanamente posible por evitarles sufrimiento.
Vale que cuando alguien está realmente triste no lo vas a solucionar imitando a Chiquito de la calzada ni contando chistes de Arévalo pero si compaginas un abrazo sincero con ese intento de devolver la sonrisa que incluso a veces te lleva a perder momentaneamente la dignidad, seguramente el esfuerzo se vea recompensado por unos segundos y en los ojos de quien sufre verás algo de esperanza y de luz.
La dignidad, tan importante siempre y tan prescindible en ocasiones.
Que me sacudan mil tartazos en la cara, hasta que me vuelvan a romper la nariz si es necesario, con tal de ver sonreir a mi madre en uno de sus momentos de melancólica añoranza de mi padre.
Que un mono vestido de botones dé un concierto de platillos en mi oreja hasta dejarme sordo si con ello voy a ver como se ríe una amiga para la que la vida tiene la gracia justa.
Que todas las flores de los jardines más hermosos me echen agua en el rostro al acercarme a oler su fragancia.
Incluso estoy dispuesto a vencer mi timidez y mi miedo al ridículo, narrando mi operación de fimosis ante un estadio lleno de bellas señoritas a las que me aterraría tan solo el saludar por la calle, (bueno, esto ha sido una licencia poética) si así voy a ayudar a levantarse a quien ha vuelto a caer.
No sé porqué necesito ver felices a las personas que me rodean, igual es porque de esa manera yo también me sentiré un poco más feliz y eso no deja de ser un acto de egoísmo.
Desde hace varios años, he colgado en este blog textos escritos desde mi lado más jocoso, aunque de un tiempo a esta parte predominan otros muchos y muy diferentes estilos.
Quiero recuperar las ganas de reír a todas horas para de esa manera tratar de transmitir alegría a aquellos que lo necesitan.
La risa es necesaria, tanto o más que el llanto.
Todo en su justa medida y sin caer en el camino del exceso, que ultimamente está colapsado de tráfico al igual que los extremos, dejando los puntos medios despejaditos y muy transitables.
Seguiré la linea blanca, como Emilio Aragón.




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