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Milagro de primavera que gusta ser otoño

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Mi primer retoño

Mi primer retoño
Este fue el primero de lo que espero sea una familia numerosa

jueves, 21 de junio de 2012

Fuego en la sangre

Ha caído el sol y poco a poco la plaza se va llenando de gente.
El espacio escénico está acotado por seguridad.
Hoy nadie acude a la plaza para gritar consignas, ni para participar en asambleas.
Esta noche hay un espectáculo de fuego y malabares.
En el centro de la plaza, Fran, Isaac y Raúl se concentran bajo la atenta mirada de un gran número de personas, pequeños y grandes, que esperan con ilusión a que comience el show.
Los artistas, ataviados con pintorescas vestimentas que nos retrotraen a las películas de "Sandokan" se preparan para jugarse el tipo a cambio de cuatro cuartos y un montón de aplausos.
Son unos profesionales y en el momento en que comience todo, las rebajas en el caché, de por si ya bastante mermado, los impuestos, los gastos de material y transporte y en definitiva: todo aquello que hace que cada vez sea más difícil vivir de su pasión, quedará relegado a un segundo plano.
Yo me siento en el suelo, en primera fila, no me quiero perder ni un solo detalle de su actuación.
Les conozco, he tenido la suerte de actuar con Fran en una gala solidaria y se de lo que es capaz.
Comienza la música.
Los ritmos tribales a base de "djeembes" y "pitas" me hacen sonreír.
Para mi estos instrumentos simbolizan muchas cosas más. Muchachos y muchachas reclamando sus derechos a golpe de tambor, carreras por las calles, hartazgo de todo.
Pero mi amigo Fran mira al infinito y arroja sus mazas empapadas en keroseno que al combustionar, iluminan una noche perfecta para ser artista.
No se que es lo que tiene el fuego, pero a todos nos atrapa en el acto.
Ni un murmullo.
Los malabaristas van desplegando su arte y la precisión de sus movimientos reflejan la cantidad de horas de ensayo y trabajo duro que recaen sobre estos tres muchachos.
Levantan aplausos y vítores, yo aplaudo hasta que se me enrojecen las palmas de las manos, hasta que me duelen.
Aplaudo a mis amigos y de paso, aplaudo a todos los artistas que cada día se dejan los cojones en las plazas de este país de chorizos y especuladores.
Aplaudo a las personas que decidieron hacer de la ilusión y la sonrisa de los demás, una forma de vida.
Aplaudo sus noches sin dormir pensando la forma de pagar el gas y la luz, sus constantes telefonazos a los ayuntamientos tratando de cobrar facturas atrasadas, sus visitas al super, devanándose los sesos para encontrar las ofertas que les permitan llenar el carro y elaborar los consabidos menús a base de pasta y arroz y arroz y pasta.
Aplaudo su resignación ante las infamias de aquellos que abonan las poltronas con el sudor que les empapa la espalda, mientras las mazas ardiendo, dan vueltas y más vueltas en el aire.
Aplaudo a mis amigos, a mis compañeros y al orgullo de una raza especial: la de los artistas.
Termina el sol y la gente de desperdiga poco a poco.
Los muchachos sudorosos pero satisfechos por un trabajo bien hecho, recogen cuidadosamente el material y se lavan las manos chamuscadas y tiznadas de arte.
Nos tomamos una caña y aprovechamos para ponernos al día.
La vida no da tregua, nosotros tampoco pensamos dársela.
Seguid luchando compañeros, las plazas sin vosotros no son más que espacios vacíos de todo.

lunes, 4 de junio de 2012

Verbo

Estoy de acuerdo conmigo en casi todo lo que pienso y lo que siento.
No necesito de razones para autoproclamarme como mi propio verbo.
Soy lo que escribo cuando no puedo dormir, cuando no puedo sentir, cuando no puedo despojarme del recuerdo.
Por eso insisto en que no necesito de razones para autoproclamarme como mi propio verbo.
Trato de buscar estilos para disparar certeras las saetas que se agolpan en la armería.
Trato de buscar sentido en todo lo que me parece una tontería.
Apunto con la seguridad del que hace tiempo que ha perdido el miedo, y fallo premeditadamente cada blanco.
Nadie da de comer a las palomas que pasean sordomudas por delante de este banco.
Debe haber una autovía oculta entre la prosa y la poesía.
Debe haber otro camino más sencillo para relatar el día a día.
Doblo con esmero cada esquina retorcida de mi corazón, esperando encontrar siempre la misma cara conocida debajo del edredón.
Las palabras hacen enormes colas impacientes por salir de mi cabeza.
Se empujan unas a otras, las más avispadas se cuelan y casi siempre hay alguna que presenta por escrito y rubricada la misma queja.
"No me desperdicies"
Pero soy incapaz de hacerle caso, y la archivo.
Y con cada palabra que desperdicio me siento un poco más vivo.
Tengo siete petates del ejercito repletos de palabras malsonantes, de rimas nefastas, de textos delirantes.
Y millones de frases hermosas se van cubriendo de moho en el trastero.
Tengo siete oportunidades para ganarle a la vida jugando con las reglas de su propio juego.
Llevo la recámara repleta de recursos encontrados porque una vez se perdieron.
Juego con las erres, con las eses, con las cartas que me dieron.
Que no son malas, ni buenas, sino todo lo contrario.
Son veinticuatro tarjetas con las veinticuatro letras del abecedario.
Supongo que tengo que empezar a separar el grano de la paja, las sonrisas de las lágrimas, los comodines complacientes de la baraja.
Necesito ayuda,
cuando me siento a escribir siempre me asalta la misma duda:
ritmo, pulso, rima, calidad...
¿donde cojones han escondido la llave de la cerradura de seguridad?
Necesito abrir esta caja fuerte repleta de respuestas.
Necesito cubrir con holgura cada una de las apuestas.
Necesito saber si hay un acuerdo,
entre Dios y las razones que no necesito para proclamarme como mi propio verbo.