lunes, 23 de marzo de 2026

En la trinchera


 No me seduce en exceso descubrir el olor a Napalm, y espero que mi olfato no tenga que aprender a reconocerlo jamás, pero desde que siendo un niño escuché por primera vez a Wagner, supe que sus oberturas y arias me acompañarían a lo largo de mis vidas y tendrían particular protagonismo en algunos de mis momentos existenciales.

Hubo un tiempo en el que vestí el uniforme del ejercito español, se me entrenó en el manejo de distintas armas de fuego y se me enseñó a acatar ordenes, a obedecerlas y a asumir la responsabilidad ante los superiores. Quizás esto último me ha sido de mucha más utilidad en la vida que aprender a montar y a desmontar un Cetme, pero oiga...nunca se sabe.

Desde hace poco más de año y medio, la trinchera desde la que entro en combate a diario y donde hago guardia muchos fines de semana, consta de unidad CPU, teclado, dos pantallas y unos rígidos auriculares a través de los que recibo las directrices para enfrentar todo tipo de misiones, algunas mucho más llevaderas que otras. 

Lo cierto es que estoy contento con mi trabajo de asistente virtual. La gente llama pidiendo ayuda y solicitando que gestione sus necesidades y, de alguna manera, ayudo al prójimo, facilito la vida de muchas personas y resuelvo problemas sin moverme del sillón de mi escritorio. Obviamente tiene su cositas, como todos los trabajos. Si no hubiera que esforzarse y sacrificarse, sino hubiera que tratar de hacerlo de la mejor de las maneras posibles y no tuviera que responder ante un superior ni me pagarían por ello ni lo llamarían trabajo, lo llamarían ocio.

He de reconocer que desde cierta catastrófica desdicha que ahora no viene al caso, mi estado nervioso acusa mucho más la tensión y las dificultades y en ocasiones aún siguiendo los protocolos indicados y pudiendo consultar manuales, siento que me acerco peligrosamente a una crisis de ansiedad. Y ahí es donde entran quienes comparten trinchera junto a mi, combaten a mi lado y me aportan mucho más que munición y tabaco.

Lo cierto es que la unidad en la que sirvo está integrada por los mejores de entre aquellos que se alistaron en su día, y es en verdad una unidad ESPECIAL, A diario me demuestran que es muy cierto eso de que el trabajo dignifica, y aunque tengo unos compañeros estupendos, aguerridos y muy capaces, quiero hacer especial mención a mis compañeras, pues una vez más se me demuestra que eso de que las mujeres son el sexo débil, es una auténtica sandez.

Si no fuera por mis compañeras, hace mucho tiempo que me habría batido en retirada, que habría deshonrado mi uniforme y que me hubieran expulsado con deshonor tras arrancarme los galones.

Aprecio, admiro y respeto a mis compañeras, y no me supone ninguna vergüenza reconocer que recurro a su ayuda con frecuencia, pues la gran mayoría de ellas me dan cien mil vueltas trabajando, y además me tratan con mucha paciencia, con cariño y con verdadera camaradería.

Con los años he aprendido a reconocer mis debilidades y a tratar de corregir mis muchos defectos, pero también a saber pedir ayuda y a tragarme un estúpido orgullo y un ego que lejos de facilitarme las cosas, tan solo pueden hacerme caer de la montura. 

Este no es un texto de "buen rollismo" feminista nacido del oportunismo ni de adulación gratuita. Es tan solo mi forma de dar las gracias a aquellas que se esfuerzan en verme sonreír mientras trabajo y en que me atreva a afrontar al más feroz de los enemigos y a las circunstancias más adversas, pues lucharán junto a mi, hombro con hombro.

Gracias, chicas. Algún día sabre corresponder como merecéis.


miércoles, 11 de marzo de 2026

De viaje


 Todos tendremos que irnos algún día, nos venga mejor o nos venga peor, nos parezca un buen momento o el peor de todos, pero esta es una de esas certezas que nos definen como seres humanos y cuanto antes la asumamos, antes aprenderemos a enfrentar la vida con humildad y agradecimiento, y antes asumiremos que estamos de prestado, que somos finitos y que los finales han de llegar nos guste o no. 

Saber que desde nuestro primer minuto de vida, todos estamos más cerca de la muerte, nos ayuda a soportar el dolor de las pérdidas y a superar los duelos y los lutos. Y los miedos.

Ya tengo 51 primaveras y de un tiempo a esta parte, se me antoja más cercano el final, pero desde hace 11 años, he comprendido que en el final no es más que la oportunidad para comenzar de nuevo y para intentar hacer mejor las cosas. Que a veces debes irte, si, pero para volver y poder adquirir una nueva visión de todo. Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y yo estuve muy ciego, y vivía sin fijarme bien ni prestar atención. Tuve la suerte de que se me permitiera regresar de las sombras para dar la verdadera importancia a palabras como amigo y familia, y a sentimientos como el amor, que además del más hermoso y el más poderoso de entre ellos, es el que más confundimos, y el que desvirtuamos con más facilidad.

El tiempo pasa. La vida pasa y a veces pesa, pero poco a poco comprendo que esto es un viaje y que lo que importa de verdad, más que el lugar a donde nos conduce, es si sabremos disfrutar del camino.

Muchas veces me maldigo por sentir de la forma que siento y por sufrir inútilmente en lugar de aferrarme a todo cuanto debería hacer de mi una persona dichosa, y un hombre agradecido. No es fácil colocar en su lugar las emociones y gestionarlas de la manera correcta y por eso necesito escribir y necesito sacar del interior de mi pecho aquello que quema, aquello que podría reventar la presa que lo contiene, esa obra de ingeniería celestial a la que llamamos corazón.

El día que escriba la última página, comprenderé que se me ha concedido el acceso a una herramienta que sana, que cura y que ayuda, que mitiga sufrimientos y que decora el futuro como la luz de una sonrisa o el brillo de unos ojos ilusionados.

Por eso amo escribir, y por eso me declaro escritor.

jueves, 5 de marzo de 2026

Suma y sigue


 Y el mundo sigue apostando por enviarse muerte a través de proyectiles de diferentes calibres y de bombas de distintas potencias.

La palabra es una munición escasa y al parecer los líderes mundiales han preferido guardar sus últimos cargadores en lo más profundo de los armarios y las cajas fuertes donde guardan también el dinero que ganan haciendo que jóvenes que no se odian ni se conocen se maten por orden de personas que si se odian y si se conocen, pero no se matan.

Una nueva guerra sobre el tablero de juego, y en esta ocasión los jugadores parecen divertirse más que nunca, sobre todo uno de ellos, que asusta por su desmedida adicción a este tipo de entretenimientos y su declarada ludopatía bélica.

Y lo más triste es que la sociedad de naciones asiste perpleja e impotente a esta nueva partida, asustada por la facilidad con la que cualquiera de los dos jugadores que lanzan sus dados de corto y medio alcance podrían obligarla a jugar al menos un par de rondas.

A fecha de hoy, ya hay más de 2000 muertos reconocidos en el conflicto, y mientras el más peligroso de los jugadores se auto complace con su juego y se puntúa con un quince sobre diez, algunos políticos pretenden sacar rédito electoral  de la situación tratando de pescar votos en el caladero de aguas turbias y confusas donde acostumbran a capturar su presas, muchas veces embarradas y sucias de fango al tratar de esconderse en el fondo de peligrosas arenas llenas de pecios de otros votantes desencantados de quienes los quisieron exponer sus capturas en las paredes de sus opulentas mansiones.

La guerra solo genera guerra, y aunque a veces es posible que no quede más remedio que iniciar una para alcanzar la paz, me jode mucho tener que concederle crédito a esa cita tan manida de "si vis pacem, para bellum" (si quieres la paz, prepara la guerra).

Como escribí en Vosotros, ¿especie superior? , nos autoerigimos como la superior de las especies tan solo porque sabemos matarnos más y desde más lejos.

A ver si hay suerte y en mi próxima vida regreso como un felino.