jueves, 26 de julio de 2012

De entre todos los regalos

uno me gustó en particular: el tuyo, Raul.
Un cuaderno de la película "Cars" y un bolígrafo a juego, "para que me escribas un cuento, como eres escritor..."
Así que te debo ese cuento Raul, y yo, mis deudas , las termino pagando siempre (tarde, pero pago).
Te voy a contar un cuento que espero, que deseo con todas mis ganas, se convierta en realidad.
No hace mucho mucho tiempo, ni en un pais muy lejano, vivia un muchacho que era todo vitalidad, todo energia, todo simpatia.
Pasaba el día dibujando sueños y contagiando a cualquiera que se le acercara con sus ansias de vivir, de comerse el mundo, masticándolo deprisa, pegándole a la vida enormes bocados sonrientes.
Nada se le ponía por delante y a saltitos iba viviendo libre de todas esa cosas que esclavizan a los hombres, porque Raul, en los tiempos que corren, sigue existiendo la esclavitud.
La sociedad nos esclaviza con unas cadenas invisibles, es decir, no las podemos ver, pero sin embargo, aprietan fuerte, muy fuerte.
Pues este muchacho (vamos a llamarlo Angel, que es un nombre muy bonito) siempre se resistió a llevar cadenas y conseguía esquivar una y otra vez cualquier tipo de atadura.
Un buen día, decidió echarle un pulso al mar.
Se sintió tan inmensamente poderoso que saltó desde muy alto, pero el mar le jugó una mala pasada y replegándose traicionero, descubrió un montón de negras rocas afiladas.
Angel cayó sobre una de ellas y de repente, al intentar levantarse para volver a saltar, notó que no podia moverse.
Pero no tuvo miedo, porque hay muchas maneras de seguir peleando, de seguir saltando al mar.
Se lo llevaron volando en un pájaro enorme y lo depositaron con mucho cuidado en una cama blanca de hospital.
Los médicos corrian de un lado para otro, desplegando al viento sus batas blancas y hablando palabras raras, de esas que solo entienden ellos mismos.
Angel los seguía con la vista desde la cama, preguntándose a que venian tantas prisas a santo de qué estaban todos tan nerviosos.
La luz, toda la luz del sol entraba por la ventana de la habitación para que Angel se cargará de energias.
¡¡Y vaya si se cargó!!
Se reinventó a si mismo y se vió de nuevo en pie, con el bañador empapado de espuma y sal y saltando una y otra vez sobre las olas del mar, sobre las sombras de la noche, sobre la espalda del destino.
Y una vez más se hizo libre y llevó su libertad dibujada en la sonrisa hasta el quirófano donde le aguardaban los doctores empuñando bisturís y pinzas y grapas y todo eso que te salva la vida a traves de sus guantes de latex.
Los ángeles se pusieron gafas de sol y bermudas de colores y cerraron filas junto él.
Les caía bien ese chaval barbudo de conversación acelerada, así que decidieron sujetarle la cabeza con delicadeza y soplar una lluvia de plumas sobre su alma valiente.
Y Angel salió del quirófano acariciando otro sueño.
Y siguió peleando, muy duro, muy fuerte.
Y con el tiempo viajó por todo el mundo, saltando en cada playa sobre los siete mares, sobre el colchón de agua de la vida.
Y colorín, colorete...por la chimenea se escapa un cohete.

Ahora Raul, viene la moraleja:
no te rindas, nunca, pase lo que pase, digan lo que digan y se libre, porque la libertad es el único camino para que seamos felices y comamos perdices.
Se puede...siempre se puede, solo hay que querer.

viernes, 20 de julio de 2012

En estos días

Peter cumplirá un año menos.
Alguien dijo que la inmadurez a partir de los treinta es puro egoísmo...¿y a partir de los trescientos?
Peter elige con esmero la piñata más grande del local regentado por un chino triste y malencarado.
Necesita que sea enorme, inmensa.
Tiene que rellenarla con todo lo que se le escapa del alma, con lo que se le cae del corazón a cada paso que da, dejando un rastro inconfundible de besos perdidos, de noches irrepetibles y de polvo de hadas.
Peter se ha cortado el pelo y esta mañana ha abusado del contorno de ojos.
Antes, al despertarse ebrio del "Grog" de Garfio, tan solo necesitaba sumergirse un ratito en la laguna de las sirenas.
Ahora se aplica todo tipo de ungüentos, porque aunque su cuerpo no envejece, su alma se hace cada día más mayor y la cara es el espejo del alma, y cuando se enfrenta al vidrio roto de su cuarto de baño, entiende que la vida sigue marcando.
Peter ha invitado a todo el que quiera acercarse a su fiesta.
Allí estarán los niños perdidos, los bucaneros borrachos, los guerreros indios, las sirenas que le cantan al oído una noche tras otra y campanilla, que aunque cansada de una semana más que difícil se dejará caer a tomar un vino.
Prepara meticulosamente el discurso en el que anunciara a todos que definitivamente, se niega a crecer.
No le gusta en lo que se ha convertido el mundo, pero ahora sabe cual es su verdadera misión.
La gente necesita a Peter Pan para darse cuenta de cuan peligroso es estancarse en el pasado.
No puedes vivir el mismo desamor una y otra vez, no puedes consolarte en la alacena de Garfio a cada puesta de sol.
No puedes fingir que las heridas se cierran solas, que la almohada mantiene la forma de su cabeza, que el aire huele a ella.
Peter  duda entre comprar muchas velas pequeñitas, que simbolicen un año con cada llama, o en su lugar hacerse con una gran vela negra, que represente una vida, su vida.
Encenderla y dejar que poco a poco se vaya consumiendo.
Los invitados se acercan, le palmotean la espalda, le abrazan y le estrechan la mano.
El asiente con la cabeza y fuerza el cacareo.
Se lleva la mano a la pluma del sombrero con coqueta galanteria cuando aparece la princesa india y la noche se llena de canciones y vapores de alcohol.
Inevitablemente, busca entre todas las estrellas sus ojos verdes.
Pero no están.
Peter prefiere recoger mañana, por hoy a tenido demasiado.
Se acuesta, solo, triste y avergonzado. No debería deprimirse, Peter Pan siempre será un adolescente y los demás, viviremos.

miércoles, 18 de julio de 2012

Donde reside la esencia

de lo más hermoso es realmente dentro y fuera de nosotros a la vez.
Mostramos lo que queremos y admiramos lo que podemos...o al revés.
Yo acostumbro a ver poesia en cada fragmento del cosmos y quizás me confunda, porque de tanto buscar la belleza, al final descubro que lo más horroroso también es bello.
Y lo más bello puede ser horroroso.
Nadie me previno sobre esto, nadie, ni Nietzche, ni Zoroastro ni nadie.
Ahora tengo que conformarme con saberme erroneo y disfrutar de los errores.
Errare humanum est.
Soy tan humano que apesto a humanidad y por eso me enamoro como los bonobos.
Soy tan humano que me paso la vida errando de cama en cama y de corsé en corsé.
Quizás tengo alterada las percepciones y por eso todo me huele a ti, me sabe a ti y me recuerda indiscutiblemente a todas las demás.
Quizás está tan claro el origen de mis fallos que aunque me lo pongan delante disfrazado de neones cabareteros seré incapáz de verlo.
Pero a mi manera, que es la manera de los perdedores, yo trato de ser feliz.
Puedo ser feliz de dos formas, contigo y sin ti.
Sin ti es solamente un poquito más complicado y contigo terminará siendo terriblemente dificil.
Me levanto por las mañanas y me pongo mi mascarilla de algas y restos de cordura, que me tersa la piel y me ilumina las mejillas.
Salgo a la calle saludando a los frescos del barrio, como Manolo, el del Pan Bimbo: -Hola Manolo-  -Hola chavales-
La vida puede resultar apetitosamente interesante si manejas los condimentos adecuados y yo estoy en pleno curso de "cocina expres".
No todo va a ser escribirte "te quieros" a las cinco de la madrugada, con el aliento de whisky y los ojos inyectados en tabaco rubio light, que mata pero no engorda.
Estoy decidido a aprender y estoy aprendiendo a decidir, con lo que querida mia, puedes rasgarme el pecho cuanto quieras.
Hoy por hoy, me gusta lo que veo.



domingo, 15 de julio de 2012

Regreso

A ti,
sabiendo que tras haber puesto distancia he estado más cerca de lo que he estado jamás de nada, o de nadie.
No podré dejarte nunca, nunca.
No podré deshacerme de esta loca obsesión que me obliga a llenarte de letras.
Vuelvo a escribir, porque aunque lo intente, no puedo vivir sin ello.
Porque en todos los textos siempre estará el primero, porque con cada bocanada de vida me hincho de palabras, me aturdo con el exceso de oxígeno que desprenden los párrafos, me pongo a salvo.
Quise no tener que hacerlo, pero esto también soy yo, o mejor; esto es todo lo que soy.
Vuelvo a sentir, porque aunque lo intente, no puedo vivir sin ello.
Vuelvo a sabiendas de que me iré vaciando en cada página, me iré muriendo poco a poco en cada frase, me iré sintiendo cada vez más cobarde de mi y más pleno de todo.
Vuelvo a este blog.
Vuelvo.

jueves, 21 de junio de 2012

Fuego en la sangre

Ha caído el sol y poco a poco la plaza se va llenando de gente.
El espacio escénico está acotado por seguridad.
Hoy nadie acude a la plaza para gritar consignas, ni para participar en asambleas.
Esta noche hay un espectáculo de fuego y malabares.
En el centro de la plaza, Fran, Isaac y Raúl se concentran bajo la atenta mirada de un gran número de personas, pequeños y grandes, que esperan con ilusión a que comience el show.
Los artistas, ataviados con pintorescas vestimentas que nos retrotraen a las películas de "Sandokan" se preparan para jugarse el tipo a cambio de cuatro cuartos y un montón de aplausos.
Son unos profesionales y en el momento en que comience todo, las rebajas en el caché, de por si ya bastante mermado, los impuestos, los gastos de material y transporte y en definitiva: todo aquello que hace que cada vez sea más difícil vivir de su pasión, quedará relegado a un segundo plano.
Yo me siento en el suelo, en primera fila, no me quiero perder ni un solo detalle de su actuación.
Les conozco, he tenido la suerte de actuar con Fran en una gala solidaria y se de lo que es capaz.
Comienza la música.
Los ritmos tribales a base de "djeembes" y "pitas" me hacen sonreír.
Para mi estos instrumentos simbolizan muchas cosas más. Muchachos y muchachas reclamando sus derechos a golpe de tambor, carreras por las calles, hartazgo de todo.
Pero mi amigo Fran mira al infinito y arroja sus mazas empapadas en keroseno que al combustionar, iluminan una noche perfecta para ser artista.
No se que es lo que tiene el fuego, pero a todos nos atrapa en el acto.
Ni un murmullo.
Los malabaristas van desplegando su arte y la precisión de sus movimientos reflejan la cantidad de horas de ensayo y trabajo duro que recaen sobre estos tres muchachos.
Levantan aplausos y vítores, yo aplaudo hasta que se me enrojecen las palmas de las manos, hasta que me duelen.
Aplaudo a mis amigos y de paso, aplaudo a todos los artistas que cada día se dejan los cojones en las plazas de este país de chorizos y especuladores.
Aplaudo a las personas que decidieron hacer de la ilusión y la sonrisa de los demás, una forma de vida.
Aplaudo sus noches sin dormir pensando la forma de pagar el gas y la luz, sus constantes telefonazos a los ayuntamientos tratando de cobrar facturas atrasadas, sus visitas al super, devanándose los sesos para encontrar las ofertas que les permitan llenar el carro y elaborar los consabidos menús a base de pasta y arroz y arroz y pasta.
Aplaudo su resignación ante las infamias de aquellos que abonan las poltronas con el sudor que les empapa la espalda, mientras las mazas ardiendo, dan vueltas y más vueltas en el aire.
Aplaudo a mis amigos, a mis compañeros y al orgullo de una raza especial: la de los artistas.
Termina el sol y la gente de desperdiga poco a poco.
Los muchachos sudorosos pero satisfechos por un trabajo bien hecho, recogen cuidadosamente el material y se lavan las manos chamuscadas y tiznadas de arte.
Nos tomamos una caña y aprovechamos para ponernos al día.
La vida no da tregua, nosotros tampoco pensamos dársela.
Seguid luchando compañeros, las plazas sin vosotros no son más que espacios vacíos de todo.

lunes, 4 de junio de 2012

Verbo

Estoy de acuerdo conmigo en casi todo lo que pienso y lo que siento.
No necesito de razones para autoproclamarme como mi propio verbo.
Soy lo que escribo cuando no puedo dormir, cuando no puedo sentir, cuando no puedo despojarme del recuerdo.
Por eso insisto en que no necesito de razones para autoproclamarme como mi propio verbo.
Trato de buscar estilos para disparar certeras las saetas que se agolpan en la armería.
Trato de buscar sentido en todo lo que me parece una tontería.
Apunto con la seguridad del que hace tiempo que ha perdido el miedo, y fallo premeditadamente cada blanco.
Nadie da de comer a las palomas que pasean sordomudas por delante de este banco.
Debe haber una autovía oculta entre la prosa y la poesía.
Debe haber otro camino más sencillo para relatar el día a día.
Doblo con esmero cada esquina retorcida de mi corazón, esperando encontrar siempre la misma cara conocida debajo del edredón.
Las palabras hacen enormes colas impacientes por salir de mi cabeza.
Se empujan unas a otras, las más avispadas se cuelan y casi siempre hay alguna que presenta por escrito y rubricada la misma queja.
"No me desperdicies"
Pero soy incapaz de hacerle caso, y la archivo.
Y con cada palabra que desperdicio me siento un poco más vivo.
Tengo siete petates del ejercito repletos de palabras malsonantes, de rimas nefastas, de textos delirantes.
Y millones de frases hermosas se van cubriendo de moho en el trastero.
Tengo siete oportunidades para ganarle a la vida jugando con las reglas de su propio juego.
Llevo la recámara repleta de recursos encontrados porque una vez se perdieron.
Juego con las erres, con las eses, con las cartas que me dieron.
Que no son malas, ni buenas, sino todo lo contrario.
Son veinticuatro tarjetas con las veinticuatro letras del abecedario.
Supongo que tengo que empezar a separar el grano de la paja, las sonrisas de las lágrimas, los comodines complacientes de la baraja.
Necesito ayuda,
cuando me siento a escribir siempre me asalta la misma duda:
ritmo, pulso, rima, calidad...
¿donde cojones han escondido la llave de la cerradura de seguridad?
Necesito abrir esta caja fuerte repleta de respuestas.
Necesito cubrir con holgura cada una de las apuestas.
Necesito saber si hay un acuerdo,
entre Dios y las razones que no necesito para proclamarme como mi propio verbo.




domingo, 27 de mayo de 2012

La nariz roja

Me la pongo la mayoría de los días en que necesito ser aún más payaso de lo que soy.
Se que una frase como la anterior va a dejarme la bandeja de entrada llena de comentarios ofensivos, pero como tengo el arma suprema de eliminarlos o de publicar aquellos que me salen de la pipa, me da bastante igual.
Es curioso lo que encierra este trocito de gomaespuma descolorida.
Ahora soy un tipo dolorido... ahora hago felices a los niños.
Ahora podría encaramarme al campanario de la iglesia más cercana con un fusil de reproches... ahora solo necesito una flor que arroje agua, un cañón de confeti y unos zapatos enormes.
Le facturo a la vida las sonrisas que me debe con la esperanza de que pague a treinta días y cada mañana compruebo mi cuenta corriente, desesperándome al ver que allí no ingresa ni Dios y sigo pidiendo sonrisas prestadas.
Entonces vuelvo a ponerme mi nariz y es como si una dosis de morfina penetrara por la vena con la premura de un caniche vestido de arlequín.
Cuando se me pasa el chuté, la guardo en el ropero, junto a las otras.
Tengo un ropero de lo más interesante.
En las baldas se agolpan las calzas verdes, los gorritos con las plumas deshilachadas por la velocidad de los picados desde la nube donde te sigo observando, las naricillas rojas, el uniforme de la PM, los trajes de vender pisos de lujo, las disculpas para cada vez que meto la pata.
El disfraz de "Power Ranger rojo", la falda de actuar en los pueblos de la Castilla más profunda y más amable, las fotos con tu rostro recortado, para no ver que te fuiste.
Las poquitas lágrimas que me dejaste.
Esas las he metido dentro de una bolsa de plomo, porque son radiactivas y lo podrían contaminar todo.
Tengo una maleta de cartón llena de ganas de hacer cosas.
Pero no encuentro la llave.
En una percha, estiradita,  está mi madurez. Todo el mundo insiste en que me la ponga, sin saber que me queda muy justita y  el botón del cuello me oprime la traquea.
Un cuaderno lleno de preguntas para plantear a los psicólogos.
El paquete de tabaco que terminará matándome.
Los traumas de verano y los de invierno, amontonados unos sobre otros.
Mi chaqueta de "Vesperdidos".
En el cajón de las personalidades hay media docena que tengo que remendar, la mayoría las zurci hace tiempo y se nota un poco que están viejas y desgastadas.
Aunque pasa lo de siempre: a la gente le encanta la de "simpaticote oportuno" y se horrorizan con la de "Alguien puede sacarme de aquí".
Bien planchaditas están las pesadillas en las que apareciste para recordarme lo crueles que pueden ser las cosas.
Las voy a llevar a Cáritas un día de estos.
La montonera de sueños eróticos me la quedo, me gusta releerlos.
Un momento...¡¡ya lo tengo!!
VOY A TIRAR TODA LA MIERDA DE UNA VEZ
Si señor...zafarrancho de limpieza.
Al carajo las fotos, los traumas, las lágrimas radiactivas y las personalidades grises.
Fuera telarañas y cagaditas de monstruo, que son como las de los ratones pero aristadas.
Tengo que hacer hueco para que ella pueda colocar todas sus cosas, que huelen a nuevo, a limpio, a oportuno y a felicidad.
También dejaré un pasillito por si alguien se decide a salir del armario un día de estos.
Nunca se sabe.
Me quedo con las naricillas rojas y en cuanto abran las tiendas me voy a ir a comprar una palanqueta para forzar la maleta de cartón.
También me quedo con mi ropa de Peter Pan.
Y mi chaqueta de "Vesperdidos".
Comida para las polillas, que se pongan hermosotas y se conviertan en mariposas. Así en vez de agujerear la ropa dejarán por toda la casa un rastro de arco iris.
Y de polvo de hadas.
Me mola el plan.
"Nianononiano"








jueves, 17 de mayo de 2012

La luz

Entra por una rendija de la persiana y me sacude de lleno en el rostro con fuerza, con toda la fuerza de la mañana.
Pesa como un yunque y no me queda más remedio que abrir primero un ojo (el de ver las cosas como son) y luego el otro (el de ver las cosas como me gustaría que fuesen).
Al mantener los dos abiertos al mismo tiempo, veo las cosas como yo las veo siempre: con un toquecito de mi mismo, el justo para adulterar esta vida tan dolorosa y convertirla en soportable, incluso en deseable.
Si la cosa se vuelve demasiado difícil me pongo las gafas de mirar hacia adentro.
Me ducho solo, dándole gracias a Dios por haber nacido aquí y ahora y poder ducharme solo, y no en compañía de un montón de hombres esqueléticos con la barba rala y pijama de rayas, horrorizados hasta recibir el consuelo de la primera gota, indolora, incolora e insípida.
Me seco frente al espejo y juego a imaginarme sin ojeras, con un holluelo en la barbilla o con una hermosa cicatriz en la mejilla.
Tengo muchas cicatrices, pero ninguna visible.
Una de ellas es de cuerpo entero, como la ropa interior de los bebés, con botones para dejar al descubierto las zonas más sensibles en caso de necesitar una cura oportuna.
Elijo la ropa con esmero. Cómo ya dije en una ocasión, a la gente no le gusta la tristeza ajena,así que me visto con todos los colores, con todos, con los que me favorecen y con los que no, con todos a la vez.
Y salgo a la calle, deseando no encontrarme con el  ladrón que me robó la sonrisa, o encontrármelo de una vez por todas y reventar la cerradura del cofre donde guarda todo lo que ha robado, aunque ya nada de eso volverá a relucir como antes; se pudrió, se estropeó, se convirtió en inmundicia.
De todas formas me he comprado un montón de ellas en el "chino" de la esquina; de sonrisas, quiero decir.
Vienen con una goma para que te las puedas anudar en torno a la cabeza y no se te caigan,
A mi ya no se me volverán a caer pero, por si acaso, guardo una en cada bolsillo.
LLego desganado al trabajo que no tengo y que consiste ni más ni menos que en trabajar mucho cada día para no ganar dinero y, deber el dinero que no gano a todo el mundo.
Con lo que no gano no pago las facturas ni compro comida, ni me visto, ni viajo.
Debería coger la baja...total, hasta en este trabajo hay que justificar las ausencias.
Me tomo un café donde siempre y como cada mañana me lo pido extra amargo de noticias nacionales e internacionales.
Continuo con lo mio que es enfrentarme a una novela que levantará ampollas entre los que previamente levantaron la muralla entre la felicidad y todo lo demás.
Que se jodan, francamente, porque no podrán ocultar la´verdad de todo y será público el dolor.
Y la vergüenza, la suya y la mía.
Como rápido para no darme cuenta de que el plato que pongo frente al mio en la mesa volverá intacto a la cocina.
Pero estás tú.
Y aunque nadie quiere cantar con nosotros porque piensan que desafinamos, a mi me vuelve loco tu forma de llevar el ritmo.
Ok...la melodía es jodidamente difícil, pero es lo que tiene la música: no por fuerza la más sencilla ha de ser la más hermosa.
Que fluya.
Que limpie todo lo demás.
Que nos sirva para cerrar los ojos y tararear
Y llevar el ritmo con los dedos tamborileando sobre la madera de la barra de algún bar.
¿Qué más necesitamos ahora?
¿Qué más se le puede pedir al momento en el que estamos?
Que la luz vuelva a entrar un día más por una rendija de la persiana,sacudiéndome de lleno en el rostro con fuerza, con toda la fuerza de la mañana.






viernes, 11 de mayo de 2012

Allí

Tú.
Y yo aquí.
Tú dormida en tu cama y yo tratando de dormir.
Tan estúpidos los dos como para echarnos de menos.
Yo jugando a que a pesar de todo puedo soportar que conozcas mis defectos,que por cierto...son muy pocos, escasitos si acaso.
Tú perdonándome todas y cada una de mis faltas porque en el fondo sabes que errar es tan humano, como respirar,maldecir, o comprar ropa interior en un mercadillo.
Yo rebuscando en el bolsillo el dinero que no debería haberme gastado.
Tú haciendo cuentas de las veces que me ha costado decir "te quiero".
Yo escamoteando a mi memoria un par de cubatas de entre todos los garitos.
Tú decidiendo que pase lo que pase, diga lo que diga o haga lo que haga, es mejor que pida tan solo coca cola light.
Los dos rememorando el trocito de sábana necesario para sacar el demonio que llevamos dentro, que se nutre de encontronazos ocasionales y feroces, sudorosos y certeros.
Yo, alimentado de todos los "yos" que me han pedido fuego a las tantas en la barra del último bar que permanecía abierto, para que alguno de mis "yos" se acercara a tontear con la camarera.
La camarera sudada y hasta "el mismísimo" de todos los tipos como yo.
Y en el fondo sabes a ciencia cierta que no podemos vivir el uno sin el otro.
A ti te cansa tu vida, a mi me duele el recuerdo.
También me duele el estómago de tragar vilis e higadillos y mierdas de esas que jamas hubiera pensado que tendría que tragarme.
Yo deseando sacudir la ostia más precisa en el mentón del cobarde.
Tú sujetándome...que lo mato.
Los dos deleitándonos con el sinsabor de una historia por la que nadie apuesta.
Los dos.
Y eso de momento, aunque ninguno se lo crea, basta.



lunes, 7 de mayo de 2012

Sin mácula


Dicen los entendidos que el principio de una buena historia debe ser, al menos, tan brillante como el final.
La suya pudo haber sido una de las mejores pero se quedó en otra historia más.
Su madre lo parió en menos de diez minutos, a la sombra de una de las moreras que se encontraban antaño en la ribera del Pisuerga.
Tras arrancarse ella misma el cordón umbilical y la placenta, lavó al recién nacido en las aguas del río y aunque no era una mujer creyente, los miedos ancestrales y las costumbres de la época se impusieron a su odio a todo aquello que oliese a sotanas, y de aquella manera, torpe y ausente de toda fe, bautizó al pequeño. Por si acaso.
Durante unos cuantos años madre e hijo malvivieron de la caridad de los vallisoletanos que paseaban por los jardines de la rosaleda.
En ocasiones, cuando acuciaba la necesidad, aquella mujer, algo ajada por la mísera  vida que llevaba, pero aún hermosa y apetecible, aliviaba las necesidades más íntimas de algún solitario paseante a cambio de unas monedas.
El muchacho creció sano y fuerte, libre, como los gorriones que pululaban entre las ramas de los árboles; tímido y curioso, como los ratoncillos que infectaban las riberas.
Nadie como él conocía las orillas del Pisuerga.
Los gendarmes acudían en busca de su ayuda cuando desaparecía alguna persona, sabedores de que aquel rapaz encontraría el cuerpo del accidentado o del suicida porque, durante una larga temporada, a los desesperados de la ciudad les entró la fea costumbre de arrojarse a las aguas turbulentas y gélidas que parecían insinuar a aquellos que quisieran decidirse a saltar un futuro sin miserias.
Miguel (así se llamaba aquél muchacho de corta estatura, cabello oscuro y ojos claros) buceaba entre las raíces podridas, entre los restos fosilizados de toda clase de enseres, entre los pecios  fantasmales de chalupas y barcazas.
Buceaba como una nutria.
Mientras los gendarmes liaban cigarrillos y requebraban a las jovencitas que paseaban en la seguridad de la tierra firme, Miguel lograba vislumbrar una silueta atrapada entre líquenes.
Al principio, cuando comenzaron a encargarle estas misiones de búsqueda recompensadas generosamente por las familias de los fallecidos, Miguel aún quedaba impresionado por la expresiva mirada de los ahogados.
Ahora ya casi podía ignorar aquella sensación extraña que emanaba de los cuerpos sin vida y que era como una presencia, como un grito, como si el cadáver le sostuviera la mirada solicitando otra oportunidad, a él, que no era más que un niño.
Haberlo pensado antes- Le hubiera gustado decir a Miguel, pero sabedor de que sus palabras ya no serían escuchadas, ahorraba oxigeno y energía para la vuelta a la superficie.
Miguel solo debía señalar el lugar donde se encontraba el cuerpo, de lo demás ya se encargaban los gendarmes, que hacían descender a un par de hombres sujetos con cuerdas y armados con extraños balones de oxígeno y hachas y herramientas de todo tipo, quienes recuperaban el cadáver, mordisqueado por los peces y las ratas.
En ocasiones, si se había notificado la desaparición tardíamente, el difunto presentaba un aspecto terriblemente desagradable.
Hinchados por los gases de la putrefacción, amoratados por la falta de oxígeno, y con las extremidades semiamputadas por los mordiscos de carpas, lucios y barbos, aquellos sacos de carne vestidos con lazos y chorreras resultaban a un tiempo ridículos y terribles.
No había excepción. Al identificar al familiar, el pariente encargado de ello, terminaba arrojando el desayuno o el almuerzo por encima del murete de contención, cosa que los patos agradecían enormemente, dando buena cuenta de los restos deglutidos y regurgitados.
Miguel entendía aquello como el ciclo de la vida.
En una ocasión, a finales de la primera década del siglo, siendo Miguel ya un joven hecho y derecho, los gendarmes se acercaron a buscarle acompañados de un caballero de impecable apariencia y, a tenor del trato que le dispensaban los uniformados, aquel señor debía ser alguien realmente poderoso.
Le explicaron a Miguel que aquel señor era ni más ni menos que el gobernador civil y que tenía la triste sospecha de que su hija, a quien había prohibido tajantemente cualquier contacto con un escritor de la villa de quien estaba enamorada, podría haberse lanzado a las aguas del río, en una suerte de postrera acción poética.
Miguel nada sabía aún del amor.
Despojándose de la ropa, estudió por unos instantes la dirección del viento, la fuerza de la corriente y el tamaño de los remolinos.
De un salto se zambulló en el río y su instinto y la interpretación de diferentes señales le llevaron a sondear una zona determinada, junto al puente mayor.
El día era soleado y las aguas corrían más limpias de lo que era habitual en aquella ciudad, donde los vecinos consideraban el río como su estercolero particular.
No tardó demasiado en dar con lo que buscaba y ojalá no lo hubiera hecho nunca.
Los rubios y largos cabellos de la muchacha, se extendían hacia la superficie, como una flor buscando los rayos de sol.
El vestido, de fina gasa, empapado, se ceñía al cuerpo oprimiendo unas formas que se mostraban absolutamente deliciosas.
Parecía como si la muerte hubiese querido dejar a aquella chiquilla allí, sin tocar apenas, en una suerte de homenaje o de monumento a lo absurdo del ser humano.
Ni los peces ni ninguno de los voraces animalillos que pueblan el río habían degustado aún aquella carne blanca y firme.
En los ojos de la muchacha, solamente una inmensa tristeza.
Miguel salió a por aire fresco y tras unos segundos, volvió a sumergirse.
Era preciosa, era el ser más hermoso que había visto en su vida y en aquel mismo instante decidió consagrarse a aquella diosa y si fuera necesario, llegado el caso, morir por ella.
Con serenos embustes, aseguró al señor gobernador que, de haberse arrojado al Pisuerga su hija, él la hubiera encontrado, cosa que corroboraron los gendarmes, gustosos de darle al caballero alguna esperanza.
El gobernador, de su mismo bolsillo, hizo entrega a Miguel de una considerable cantidad en agradecimiento por sus servicios, y ordenó que se detuviera al joven poeta y se le interrogara con cualquier medio, hasta que confesara donde se encontraba su hija.
Los ojos del gobernador, otrora poblados de desesperación y de dudas, se tornaron glaucos e inmisericordes, como los de un marrajo.
Miguel lamentó lo que le pudiera suceder al poeta, pero su sentimiento de culpa tan solo duro unos instantes, ya que en cuanto se quedó de nuevo solo, volvió a sumergirse.
Los días pasaban y la joven seguía permaneciendo milagrosamente incorrupta.
Miguel no encontraba más explicación a aquel suceso que la fantasía de que Dios había puesto a aquella muchacha en el río para que fuera amada en su muerte, más de lo que fue amada en vida.
Y él la amó.
La amó hasta la desesperación y la locura.
Poco a poco dejó de comer.
Pasaba más tiempo en el lecho del río que en la superficie, su piel se cuarteó, agrietada por la excesiva humedad.
Se abrazaba al cadáver y permanecía así hasta que los pulmones parecían estallar, entonces volvía a la superficie a recobrar el aliento y una vez que se había alimentado del oxígeno necesario, volvía a descender.
Miguel enloqueció de amor.
En su locura, entablaba largos y apasionados diálogos con la hija del gobernador.
Miguel no conocía ya ni quería más vida que la ausencia de luz al lado de su amada.
Y una mañana, Miguel decidió quedarse para siempre a su lado.
Se lastró las ropas con tanto peso como pudo acarrear y, echando un último vistazo a su alrededor, repudió la vida en la superficie y se dejo arrastrar junto a la joven de cabellos rubios, ojos tristes y labios húmedos.
Meses después, un remero que trataba de recuperar el abanico de su joven prometida, dio con los dos cuerpos, llevándose tal susto que casi fallece ante el macabro descubrimiento.
Cuando los gendarmes consiguieron subir a la superficie los cadáveres, la gente se arremolinó para deleitarse con el morbo de aquel espectáculo.
Ambos cuerpos estaban absolutamente destrozados, corrompidos por el paso de los meses bajo el agua, pero lo más curioso es que se encontraron fundidos en un abrazo que ni la fuerza de las aguas había podido separar porque, aunque la carne termina siempre por corromperse, el amor, en ocasiones, sobrevive.