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jueves, 13 de julio de 2017

El cascabel

Como cada mañana, Iván se ducha con el tiempo justo tras haberse excedido en el desayuno, deleítandose con su gran tazón de leche. No obstante consigue acicalarse y vestirse correctamente para acudir al trabajo. Tarda exactamente cinco minutos y medio en llegar a la azotea del  edificio de la redacción del diario donde lleva trabajando más de un año.
En ocasiones se ha encontrado con chavalines que disfrutan con el subidón de adrenalina que despiertan los saltos de edificio a edificio y, el jugarse el pellejo si no calculas bien la potencia de tus piernas y la fuerza de tus brazos. Hasta le han puesto un nombre raro y extranjero a este nuevo deporte pero él lo lleva en la sangre y no lo considera una aventura, sino su medio de transporte.
Zapatillas de cuero oscuras y muy flexibles, que combinan a la perfección con los pantalones de loneta y la camiseta de pico negra y ceñida, bajo el chaleco gris marengo.
Al posarse en la azotea tras su último salto, se sacude la ropa y se recompone el peinado. Poco después está ante la puerta del redactor jefe, quien le hace esperar unos minutos en la sala anexa a la oficina. En ella, un hilo musical monótono y unos ejemplares atrasados de su propio diario, en el que se encuentran publicados los artículos de sucesos escritos por el mismo,que  se supone  tienen que entretener su espera. El aburrimiento hace de aquel ratito el momento perfecto para lamerse el dorso de la mano izquierda y eliminar una mancha de lo más inoportuna obtenida al aferrarse a una  tubería durante el trayecto desde el ático donde vive.
Un moscardón pasa volando lento y escandaloso junto a su oreja, e Iván no puede soportar semejante provocación por lo que lo persigue por la sala hasta derribarlo de un manotazo veloz y efectivo. Aún sigue manteniendo su toque.
-Iván, puedes pasar-escucha ladrar a su jefe. El redactor jefe ha cambiado de colonia, se da cuenta de ello en el acto. Esta no le gusta tanto como la última que debieron regalarle por su cumpleaños. Demasiado cara y demasiado elegante como para que volviera a comprarla él, que es un tipo bastante agarrado.Por eso ha debido de cambiar a esta asquerosa mezcla de cítricos que le repugna. Arrugando la nariz disimuladamente, pasa y se sienta frente al desagradable periodista para el que trabaja directamente.
-Usted me dirá, señor Pastor-
-Preparate para salir de inmediato. Aún no sé como lo haces pero tienes un olfato especial. A menudo me pregunto como puedes localizar los objetivos tan rápidamente pero imagino que eso será secreto profesional. ¿No?-
-La curiosidad mató al gato, señor Pastor y aunque su apellido haga referencia a un tipo de perro, yo quiero que usted viva muchos años para seguir firmando mis nóminas.- La fina ironía de Iván no pareció ser del agrado de su jefe que frunció el ceño y mientras le entregaba una carpeta con documetación, le dijo
-Al parecer hoy van a reunirse un grupo de tránsfugas del partido en la oposición con unos representantes del gobierno y sabemos que será en un restaurante de la ciudad pero no nos han soplado en cual Si puedes localizarlos y ocultar una grabadora, la información consegurá el empuje que necesita nuestro periódico para colocarnos en primera posición de ventas. Te confiamos a ti la responsabilidad. Mucha suerte, Iván. confío en ti.-
Iván se levanta agradecido por poder abandonar el despacho donde el cítrico se ha hecho el amo del irrespirable ambiente.
Minutos después ya se encuentra en los tejados con las orejas bien abiertas, escuchando lo que se rumorea por ellos. A través de una ventana abierta ve a una atractiva  gatita persa jugando con el tirador de una persiana y, reprimiendo sus instintos mas primitivos, se encamina con rapidez al restaurante donde parece que va a celebrarse la clandestina reunión. Es uno de sus favoritos. Algo caro quizás para la que está cayendo pero sin duda el mejor tartar de salmón de la ciudad.
Al llegar al restaurante, encuentra una ventana abierta que han debido dejar así para ventilar el comedor, los empleados de la  limpieza y, de un salto, se introduce a través de ella y oculta una pequeña grabadora tras una maceta, donde aprovecha a dejar su huella. Territorio marcado. Misión cumplida.
Esa misma noche, acude como un cliente más a cenar un delicioso plato de marmitako y, antes de irse, finge buscar algo por el suelo y recoge la grabadora.
A la mañana siguiente le entrega a su jefe la grabación de destacados miembros de la política española prevaricando sin tapujos y ciscándose en las promesas electorales de sus respectivos partidos.
Desde el Cesid, el agente secreto más condecorado del cuerpo, recibe el encargo de investigar quien es el periodista que ha conseguido esa exclusiva y cómo lo ha hecho, puesto que las dos puertas de acceso al restaurante estaban custodiadas por agentes de la Policía Nacional de paisano. Falconez, el agente del Cesid, respira hondo y se prepara para ser otra vez él, el que se rompa los cuernos intentando ponerle el cascabel al gato.

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