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martes, 25 de julio de 2017

Almas encharcadas

Pide que le sirvan otro whisky escocés y el camarero, en un gesto cómplice con el evidente dolor y la nostalgía del cliente, le llena el vaso hasta el borde y le sonríe al detenerse justo en el límite. Ivan no puede evitar pensar que seguramente vengan tiempos mucho peores aún y que cuando lleguen, lo encontrarán borracho, dormido, o vomitando las penas en el callejón de la trasera del bar de mala muerte, donde se esconde para poner el alma a remojo y para contarle a Paco, el camarero con ínfulas de psicólogo conductual, que la vida ha dejado de tener sentido, que ella se terminó marchando y que en su escala de valores, la sinceridad y la confianza han descendido varios peldaños.
No sabe que coño le ha pasado. No entiende porqué ha dejado de ser el Ivan que consiguió enamorarla con su ingenio y su simpatía y, tampoco alcanza a comprender  porqué ha abandonado de repente el puesto de joven promesa literaria de la ciudad, de gran esperanza blanca del relato y de heredero de las letras castellanas, como lo había denominado la siempre voluble y caprichosa crítica intelectual.
En este antro de toda confianza donde Ivan se sienta solo a beber, lo permiten fumar mientras pide una copa tras otra y por eso se siente como en casa. Enciende un pitillo con su viejo y golpeado mechero de gasolina y comprueba que tan solo quedan dos cigarrillos en el paquete que abrió después de comer. Ha vuelto a fumar demasiado. Antes, el tabaco y el alcohol eran algo meramente social. Fumaba y bebia en actos públicos, en eventos y en encuentros con amigos y con  mujeres  de las que siempre se terminaba enamorando como un colegial pensando que al hacerlo, conseguiría llenar el vació que sentía en el pecho. Pero lo que sucedía siempre, era que al abandonarlo todas como a uno de esos cachorritos que no se consiguen educar y que terminan siendo un estorbo,el vació se iba haciendo cada vez más grande, creciendo como "la nada" de La historia interminable  y arrasando con cuanto quedaba de fantasía e ilusión dentro de él. Hace poco menos de un mes, al despedirse de ella, comprendió al fin que algo no le funcionaba bien en la cabeza. "Exceso de severos traumas acumulados", dictaminó el psiquiatra al que recurrió en su desesperación y el diagnóstico se convirtió en otro de los interrogantes que hacían cola para estacionar en el siempre completo parking de su cerebro. No necesitaba más dudas. Con las que atesoraba desde su adolescencia tenía más que suficiente. No necesitaba sumergirse en nuevos enigmas que terminarían siendo razones añadidas para acabar con todo.
Había perdido las ganas de escribir. No había perdido el talento como comenzaba a rumorearse en su entorno y entre sus lectores habituales, que empezaban a cansarse del abuso de las temáticas tristes y deprimentes en las que culpaba de todos sus  males al amor. Únicamente  el talento se había empapado con las abundantes lágrimas que derramaba a diario y, flotaba prácticamente inservible junto a sus ilusiones y sus sueños por cumplir, en el enorme charco en que se había convertido su alma.
Apuró el vaso de un único, largo y melancólico trago, apagó el cigarrillo sobre su antebrazo derecho, aportando una nueva marca a las que a base de castigarse físicamente cada vez que estaba borracho le cubrían la piel tatuada y se despidió con  el pulgar hacia arriba, como un Cesar magnánimo ante la suerte de los gladiadores.
Al recibir la bofetada en el rostro del frío aire de la dura noche castellana, trató de al menos  respirar a pleno pulmón pero sus pulmones se habían convertido en otras piezas defectuosas de un cuerpo defectuoso y comenzó a toser convulsamente sangre y nicotina en desproporcionada medida. Pero eso ya no le preocupaba lo más mínimo. Habían dejado de asustarlo la enfermedad y la muerte. De hecho, su férrea educación católica y el miedo a defraudar a sus seres queridos y a ensombrecer su recuerdo, le impidieron apretar el gatillo del revolver que le prestó un amigo policía y que se llevaba apoyando en la sien noche tras noche desde hacía dos semanas.
Una vez más, le sonrió su famosa buena estrella y sus deseos se cumplieron de forma causual, que no casual. 
El despistado y aburrido conductor del autobús urbano de la linea uno, hastiado y adormecido por el  anodino trayecto que había realizado más de treinta veces aquel día, no acertó a distinguir a aquel tipo vestido de negro que apareció sin mirar de entre dos coches mal aparcados y sin poder esquivarlo ni frenar a tiempo,  lo atropelló.
La esquelas publicadas por la familia, los antiguos compañeros de trabajo y por su editora en diversos diarios de tirada local, regional e incluso nacional, hablaban de  su fallecimiento víctima de accidente. Ninguna, por bien redactada que estuviera, supo concretar que el verdadero y fatal accidente que terminó con la vida del triste escritor, no había sido otro que vivir.

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