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miércoles, 29 de marzo de 2017

A través del fuego ESV

El inquisidor hizo un gesto con la cabeza al verdugo, cuando comprobó que la muchedumbre abarrotaba la plaza para presenciar el auto de fe y este acercó la antorcha a la pira donde los guardias del Santo oficio habían atado a la mujer acusada de brujería.
Bruja. Adoradora del diablo. Concubina de Lucifer. Esos eran los cargos que había presentado contra ella tras llevar meses estudiando sus actos. Si bien es cierto que no la habían sorprendido realizando ningún akelarre ni tan siquiera habían encontrado pócimas ni libros de hechizos o conjuros,aquella jovencita sabía leer y atesoraba un buen número de libros en su cabaña, cosa harto significativa en los tiempos que corrían, donde las mujeres no tenían acceso a la educación, ni fortuna para hacerse con ejemplares de los libros incautados en el registro. Las explicaciones sobre el origen de su biblioteca, donada por el mismo ermitaño que la enseño a leer, no resultaron convincentes. Según lo que confesó en el potro, aquel ermitaño de supuesto origen francés la había salvado de una muerte segura al ser hija del pecado de un noble y una de las damas de honor de su esposa y, su salvador, se había esforzado en darle la correcta educación por si un día su padre reclamaba la patria potestad. Pero nunca le dijo el nombre de aquel lujurioso noble y no guardó ninguna prueba de su origen ni nada que pudiese vincularla a la nobleza española.
Ante su primer grito de angustia, la multitud rugio de placer, sabedora de que a través del fuego, encontraría la paz de espíritu y el perdón de sus pecados.
En un alarde de crueldad, el inquisidor pidió que le trajesen al gato negro capturado en la cabaña de la bruja y tras liberarlo de la cuerda con la que los soldados le habían atado las cuatro patas para evitar su fuga, se acercó hasta la hoguera que comenzaba a arder con altas llamas y se detuvo ante la bruja con la única intención de que viera como la santa madre Iglesia, a través de la fuerza de su brazo, le rompía el cuello a aquella personificación de Satanás. Millana, la supuesta bruja, se estremeció de dolor al ver lo que el abominable fraile iba a hacerle a su gatito pero entonces y para sorpresa de todos, el pequeño gato negro consiguió zafarse del apretón mortal, y en su huida arañó la cara y los ojos del inquisidor, que comenzó a gritar como un poseso mientras se llevaba las manos al rostro.
Millana no pudo contener la risa, pero no era la risa demoníaca que se podía esperar de una discípula de Satán, sino una carcajada fresca y nacida desde el alma,que celebraba que al menos su pequeño amigo, escaparía de la estupidez y el fanatismo.
A ella la estaban quemando por ser mujer y haberse atrevido a demostrar sus habilidades en público, tratando de ayudar a los pequeños de la aldea a aprender las letras. En una sociedad donde solo los hombres podían demostrar sus conocimientos, por escasos y limitados que fueran, aquello le supuso la sentencia de muerte.
Las llamas comenzaron a quemar su cabello y antes de que el dolor le hiciese perder el conocimiento, Millana, sonrió recordando la alegría de los pequeños al aprender y jugar con ella.
La sonrisa de Millana era de tal belleza, que la muchedumbre se apiadó de inmediato e incluso el verdugo que había encendido el fuego de la pira con su antorcha, no pudo contenerse y la atravesó el corazón con su daga, para que no sufriera el horroroso tormento de una muerte cruel en la hoguera.
Millana murió en el acto y con ella, la educación y las posibilidades de aspirar a algo en la vida, de los niños de la aldea castellana.
La multitud se dispersó dejando en la plaza a un fraile tuerto que de alguna manera era el ejemplo vivo de la decadencia de una Iglesia que había perdido su fuerza y su poder de convicción para manejar a la plebe y hacer de ella, la asustada mano de obra que sirviese a sus prpósitos.

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