sábado, 25 de febrero de 2017

La princesa Carolina y el consejo del hechicero.

Tras terminar de escribir el mensaje en el minúsculo pergamino, el mal llamado hechicero, se levantó de su mesa de trabajo y se dirigió a la terraza de la torre donde habitaba y tenía su estudio y su biblioteca. En la terraza, se encontraba el pequeño palomar donde se protegían del frío castellano, las palomas mensajeras. Escogió a una, "Gatita", su más veterana y eficaz paloma y le ató a su pata derecha el cilindro de cuero donde introdujo la nueva misiva.
Cuando el monarca del reino de Castilla  contrató sus servicios, le explicó el mal que asolaba a su hija. La princesa Carolina, había amado a un joven trovador de la zona y como no sabía hacerlo de otra forma, se entregó a él en cuerpo y alma. Pero la juventud es caprichosa y aquel muchacho tomo su laúd y se fue con la música a otra parte, dejando a la princesa Carolina sola y con el corazón roto.
La princesa lloró y lloró durante muchos meses y un día sorprendió a todos, al mandar llamar al maestro constructor de la corte y encargarle que construyese una vivienda frente al palacio de sus padres. Aquello no hubiera sido nada anormal, pues los reyes comprendían el deseo de su hija de alejarse de las fiestas de palacio y de la estrecha y continua vigilancia de las cortesanas y los guardias., que anulaban su intimidad y su necesidad de evasión. Lo que los alarmó sobremanera es que pidiese que la vivienda tuviese una torre de gran altura, desde donde contemplar el mundo que ya no vería con su amado. También pidió que en vez de foso o muralla, se protegiese la vivienda rodeándola de un intrincado e inexpugnable laberinto donde resultase harto difícil encontrar una salida, en homenaje a su concepción del amor verdadero. Cuando su deseo estuvo listo, pidió que se la introdujese en la modesta vivienda con los ojos vendados y que solo conociese el camino de acceso su madre, a quien recibiría una vez por semana, para poder avituallarse con lo necesario y comunicarse con un ser humano pues solo quiso que un gato y un perro, le acompañasen en su destierro voluntario junto al palacio de sus padres.
El caballero al que el rey contrató como posible remedio a los males de su hija Carolina, al mal denominado hechicero, pues sabia que dominaba muchas artes y saberes vetados al vulgo, y este fue instalado en la torre más alta del palacio, frente a la torre donde pasaba largas horas del día su afligida hija.
Blanca, la hermana de Carolina, trató en vano de atravesar el laberinto y tanto quería a su hermana, que lo intentó tantas veces que sus padres terminaron prohibiéndolo, para que su salud mental no se resintiese. La princesa Carolina, de naturaleza sensible y generosa y de amplia y hermosa sonrisa, era muy querida por todos los habitantes del reino, que lloraban su decisión de distanciarse de ellos y de los niños a quienes la princesa Carolina enseñaba a razonar y a tomar decisiones con inteligencia, abandonando la pendencia como el único remedio para sus problemas cotidianos .
Iván, caballero templario que hacia algunos años había cambiado la espada por la pluma, decidió ayudar a Carolina a reunir las fuerzas para encontrar la salida y volver a la vida real, con el corazón completamente recuperado. Para hacerlo y sabedor de la afición de la princesa por escribir versos y cuentos, ideó un sistema de comunicación por escrito, en el que las palomas mensajeras trasladarían sus pensamientos y reflexiones de una torre a otra.
Él mismo era un devoto de las musas que inspiraron siempre sus cuentos, aunque le habían roto el corazón en demasiadas ocasiones y a punto estuvo también de aislarse del mundo en el peor de los momentos por los que atravesó en el pasado. En ese triste y duro momento sintió que el azufre de la traición le quemaba el pecho pero encontró el remedio a todo en los ojos y las palabras de una poetisa, que le explicó que el amor está en cada gesto y cada suspiro que comparte contigo un amigo, un pariente, un animal de compañía o en la hermosura de las olas del mar que crecen para morir al estrellarse contra la orilla una y otra vez.
Y fueron cruzando misivas a diario y en esta suerte de amistad y cariño epistolar, Iván consiguió que la princesa describiese con palabras hermosas y llenas de esperanza,el dolor que le había hecho estar a punto de arrojarse desde lo alto de la torre en demasiadas ocasiones. 
La reina, con la intención de que Carolina no se autoflajelase, había explicado a su hija en una de las visitas semanales, que el amor tal y como ella lo concebía no existía en el mundo real y que el caballero perfecto, el que supiese valorar su entrega y su generosidad, no era más que invento de juglares y trovadores. Pero si que existía y un ejemplo claro de compensión, empatia y misma concepción del sentimiento más intenso, más gratificante y más doloroso, lo tenía tan solo a un corto vuelo de paloma.
Con el tiempo la princesa Carolina logró salir  del laberinto y esbozando su recuperada e inmensa sonrisa, regaló a sus padres un manuscrito en el que supo al fin explicar que aunque el amor es ciego, hay personas lazarillo que consiguen evitar que el amor tropiece y que aunque estas personas no abundan, si existen y la vida tarde o temprano termina poniéndolas en tu camino.
Los reyes, quisieron pagar con un cofre de oro al supuesto "hechicero" pero este declinó el pago, argumentando que tan solo había aconsejado a la princesa que siguiese su instinto y que aprendiese de lo vivido.
El sol volvió a los ojos de la princesa Carolina y por extensión, al disfrutar y compartir la felicidad de su princesa, a los de todos los habitantes del reino.
Y colorín colorado, este cuento solo acaba de empezar.


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