lunes, 16 de enero de 2017

Nada está escrito

Desde muy joven le gustó esa máxima que escuchó por primera vez en boca de Peter O´toole en la película Lawrence de Arabia. Le fascinaba el cine y todo lo que podía aprender o extraer de él. Otra de las máximas que solía utilizar a menudo, la extrajo del personaje del general romano, Quinto Máximo, interpretado por el australiano Hug Jackman en la cinta "Gladiator".  El general romano que terminaba luchando por su vida como gladiador por circunstancias completamente ajenas a su voluntad, se expresaba en algunos momentos del metraje, con potentes y lacónicas frases de dos palabras y una de ellas,  "Fuerza y honor", se convirtió no solo en una de las expresiones más habituales del rubio detective privado, sino en un código de conducta por el que intentaba  regirse. Pero no siempre fue capaz de conseguirlo.
La mañana en la que aquella morena de cabello largo y liso recogido sobre los hombros en una coleta, entró en su despacho, supo que su vida iba a cambiar por completo. Puede que fuese la caída de ojos de la joven o la expresión triste e indefensa de su mirada pero sintió que el destino más funesto le acompañaría tras aceptar su encargo. 
Al parecer, aquella elegante y aparentemente frágil señorita, estaba sufriendo el acoso de un ex novio que nunca aceptó un no por respuesta y que según ella, se había negado en rotundo a desaparecer de su vida. De alguna manera empatizó en el acto con el presunto acosador, pues si aquella preciosidad hubiese mantenido una historia con él y le hubiese abandonado, seguramente tampoco hubiese soportado un adiós de esos labios. Por lo que la nueva cliente  le había contado mientras saboreaba el café caliente que él le sirvió en una de las tazas de porcelana con motivos felinos (uno de los pocos objetos que no había arrojado a la basura junto con su dignidad y su corazón, tras firmar el divorcio) aquel tipo no había llegado nunca a cruzar el límite de la legalidad. No hubo amenazas, gritos, llamadas o cartas que le hiciesen temer por su integridad ni mucho menos el más mínimo contacto físico. Simplemente lo encontraba a menudo en las cercanías de su residencia y de su lugar de trabajo, mirándola desde lejos con ojitos de cordero degollado y las manos en los bolsillos. Por lo que tenía entendido el enamoradizo detective, aquello no era un delito, aunque pudiese resultar desagradable por lo persistente de su conducta. Eleanor, la cliente, le había dejado muy claro que no tenía nada con lo que acudir a la policía pero quería que aquel hombre, John Blackboard,dejase de perseguirle. Había acudido a la agencia de detectives Wrigter, para que alguien se ocupase de hablar con él y lo convenciesen para que no se acercase nunca más a ella. Insinuó la posibilidad de convencerlo a la fuerza, abonando el coste de aquel tipo de servicio especial, por supuesto.
Iván Wrigter decidió en el acto dos cosas: no fiarse nunca de una morenita de ojos tristes y no prostituir su conciencia en pos de aquella mujer. 
Al acompañar a ELeanor a la puerta y aceptar los mil quinientos dolares que le entregó en concepto de adelanto, trató  de explicarle que intentaría no llegar a las manos y convencerlo únicamente aplicando la lógica y sus argumentos sobre el mal de amores, del que había sufrido en exceso en el pasado. Pero Eleanor, volvió a insistirle en que le dejase bien claro que nunca más se acercase a ella, aunque tuviese que romperle unos cuantos dientes para que aceptase la situación. 
Mientras apuraba un cigarrillo llenando su despacho de un humo espeso y maloliente, que se concentró junto al de la decena de pitillos que había fumado ya y sin abrir la ventana, desde que entró a las nueve en punto, al iniciar su jornada laboral, pensó en lo terriblemente jodido que eran el amor y las mujeres menuditas de rostro adorable y ojos tiernos, que no contentas con romperte el corazón, estaban dispuestas a pagar un dineral para que te rompiesen los dientes.
Llovia por tercer día consecutivo en San Francisco y el tráfico se había vuelto verdaderamente insoportable. Tardó más de una hora en llegar a la calle donde vivia Eleanor y lo encontró sin apenas esforzarse en la búsqueda. Eleanor le había enviado una foto de Blackboard por washap y lo identificó a los dos minutos de haber aparcado su Mustang frente al portal de Eleanor. Se dirigió directamnte a él por su nombre apoyando una mano en su hombro mientras le habló, buscando algo de complicidad. Aquel tipo le cayó bien desde el primer momento. 
Tomaron juntos un café y un par de whiskys solos con hielo y en vaso ancho. Wrigther le contó punto por punto la conversación mantenida con Eleanor y en lugar de golpearlo, le ofreció la posibilidad de trabajar para él,manteniendo los ordenadores del despacho pero  con la única condición de que le acompañase a un burdel de confianza el "Irelands", donde olvidaría con facilidad el daño que aquel angelito con coleta y divina caidita de ojos, le había hecho al abandonarlo. Blackboard aceptó a regañadientes y casi cuatro horas después, mucho más relajado, sonriendo y fumando el humo de la victoria, le prometió no volver a acercarse a Eleanor.
No hay nada como la satisfacción del deber cumplido. Bueno, algo si, el culo perfecto de una prostituta japonesa que había comenzado a trabajar en "Irelands" el mes pasado y que había accedido a pagarle con media docena de servicios, su trabajo ayudándola a encontrar  a su padre, ingeniero nipón de software que había abandonado a su madre un par de años antes, instalándose en los EEUU. 
En la vida y en el amor, nada está escrito.

 

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