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miércoles, 12 de octubre de 2016

Glamur de sábado noche.

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No es por presumir, pero la verdad es que la cena me ha quedado sinceramente cojonuda. Cómo dicen por ahí, "con buena picha bien se jode" y "la información es poder" y yo ya sabía que es una fanática del marisco y una enamorada del vino blanco y el champagne francés, por lo que tampoco es que me haya comido demasiado la cabeza: percebes, ostras, centollo y como plato estrella unos langostinos a la californiana, bien flambeados,que siempre luce la hostia. Para maridar, como dicen ahora los pijos, un par de botellitas de Moet Chandon brut imperial, de las de casi seis talegos la botella. Vamos, que la cena me ha salido por un ojo de la cara en materia prima. Espero que merezca la pena.
De postre, he sacado una cajita de bombones de Da Silva Gastronomía, los maestros pasteleros que han sido premio nacional de pastelería y que han elaborado una colección de bombones ideales para acompañar los gintonics y demás cubatas a la última. A glamur no me gana nadie. A mi lado la Preisler es una choni poligonera.
Pongo música suavecita y sirvo las copas en el salón, junto a la chimenea. Unos gintonics de Nordest en copa de balón, con mucho hielo y con bayas de enebro y aroma de canela, que dicen que es afrodisiaco, pero para que engañarnos, yo ya voy a tope. Menos mal que previsor de mi, he vaciado el cargador del arma antes de que llegase, sino con lo tremenda que está, en el momento en que me pusiera  una mano encima, iba a ser más rápido que el Usain Bolt, ese
 Umberto Tozzi canta para ella la cursilada más grande que ha parido madre, pero tengo comprobado que los italianos estos las ponen mogollón y por lo que veo, la táctica comienza dar resultado.
Me está metiendo la lengua hasta la campanilla y como siga así, va a conseguir que me salga la cena a presión y le deje el escote lleno de percebes y ostras. Por otro lado ese escote me lo voy a comer, con o sin guarnición. 
El vestido le queda que te desmayas. Negro. Ajustado, con un escote palabra de honor que dan ganas de pasar del honor y de las palabras. Que curvas, madre mía. Tiene un culo absolutamente perfecto.
Hoy se ha recogido el pelo con una de esas cosas que utilizan las mujeres y que lo mismo sirve para recogerse el pelo que para atravesarte el pecho de lado a lado. A mi que está hasta afilado.
Tiene unos ojos preciosos y sí, soy de esos hombres que se fijan en los ojos (son esos dos circulitos de colores que tienen en la cara, encima de las tetas) y puede que lo que más me gusta de ella, además de sus curvas de escándalo, sea su sonrisa. Tiene una sonrisa impresionante.
Como quien no quiere la cosa, dejo resbalar por su espalda la mano con la que hasta hace un momento le acariciaba los hombros. Al llegar a su destino, compruebo la dureza de sus glúteos. Menuda hembra, madre de Dios. Lejos de resistirse a mis caricias, realiza una incursión directa a mi entrepierna y con mucha delicadeza, desabrocha los botones de mis vaqueros e introduce su mano izquierda en mis boxer para comenzar a acariciarme mientras me sigue besando con pasión.
Gracias señor por los dones que recibimos y por tu generosidad. Y por favor, te pido que me concedas templanza y auto contención o esto va a terminar antes de...
En ese momento el sonido del horno micro ondas indicando que la pizza congelada ya está lista, despierta a Ivan del sueño  al que ha sucumbido debido a la borrachera con la que ha llegado a casa. El hambre feroz que siempre le dan los canutos, le ha hecho meter una pizza en el micro ondas y ha cometido el error de sentarse en el sofá  del salón con la sana intención de esperar los ocho minutos de preparación de la cena pero en sus circunstancias, ha sucumbido a Morfeo. Estaba en lo mejor del sueño en el que conseguía tirarse al amor de su vida y, la puta pizza ha tenido que joderle la única oportunidad de disfrutar con ella de una noche de pasión. Al carajo. Si no fuera porque esa pizza es de las de cuatro euros la unidad, la tiraría por la ventana, pero no esta el patio para andar derrochando la pasta  a lo gilipollas.
Iván se levanta a apagar el horno, está a punto de caer al suelo tras resbalar con su propio vómito junto al sofá y por un momento piensa en lo bonito que es soñar y en lo asquerosamente cutre en que se ha convertido su vida.
Lo peor de todo es que la erección no se le baja y que va a tener que hacer algo para solucionar eso pero le han cortado el Internet y ya no tiene datos en el móvil. Igual en la tele puede que encuentre algo. 
El sábado sigue siendo el mejor día de la semana.

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