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lunes, 3 de octubre de 2016

De automóviles y vacas.



Al llegar al límite de sus tierras, Álvaro se remangó la camisa, puso el tractor en punto muerto y bajó de un salto para comprobar de un rápido vistazo que los surcos le habían salido tan rectos como siempre.
No había terminado su dura jornada aún. Bebió un largo trago de la bota para refrescar la garganta pues hacía un calor excesivo para esa época del año y fumó un cigarrillo rubio, sin filtro, como siempre le habían gustado.
Álvaro empezó a fumar en la Universidad, donde sacó sin dificultad la ingeniería agrícola. Desde que compró con sus ahorros y la ayuda de su familia, la primera finca de cuarenta hectáreas de regadío, decidió espaciar los cigarrillos diarios y fumarlos únicamente como recompensa.
Recompensa…el verdadero significado de esa palabra, lo aprendió en el instituto, gracias a su querida profesora, Mónica, quien le enseñó otras muchas cosas que le acompañarían el resto de su vida, como la constancia, la motivación, el valor del trabajo duro y el creer en sus habilidades y en sus posibilidades.
Mónica le recompensaba tras las clases con charlas distendidas y haciéndole notar que más allá de su vocación por la enseñanza, empatizaba completamente con su forma de ser, lo que le hacía sentir bien y desear no defraudarla nunca.
Fue aprobando los cursos poniendo en práctica todo lo que ella le enseñó y cuando llegó a la facultad, había desarrollado un habito de trabajo, que le ayudó a conseguir la titulación con las mejores notas de su clase y que luego trasladó a su labor en las tierras y con las vacas, su verdadera pasión.
El dinero que obtuvo con las primeras cosechas lo reinvirtió en una explotación ganadera donde se hizo con más de dos docenas de vacas sayaguesas que un zamorano con excelente intuición, había conseguido criar en la Cantabria natal de Álvaro.
Su jornada laboral comenzaba trabajando las tierras cada mañana y continuaba dedicando las tardes a las vacas.
Poco a poco fue contratando un equipo de profesionales para que le ayudasen en ambas tareas, pues él no podía con todo, pero jamás abandonó el trabajo duro y lo único que le diferenciaba de sus trabajadores, era el impresionante todo terreno que se había concedido como recompensa por los primeros quince años de esfuerzo diario.
Aquel coche no fue exactamente un capricho. Era el vehículo perfecto para trasladarse entre sus fincas y la vaquería.
Desde muy joven le habían gustado los automóviles, pero a diferencia de algunos vecinos con suerte, que gastaban sus ganancias en espectaculares deportivos de más de trescientos caballos de potencia, para pavonearse por la comarca, él utilizó la cabeza y se compró un vehículo exclusivo, pero acorde a sus necesidades.
Muchas noches, al terminar la jornada, se sentaba a fumar un último cigarrillo acariciando a los animales y escuchando la música del formidable equipo de sonido que hizo instalar en el coche. En esos momentos, recordaba su adolescencia junto a aquella profesora que le enseñó la importancia de terminar las tareas y superar los obstáculos con esfuerzo y dedicación. Su recuerdo le acompañaría el resto de sus días.

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