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jueves, 15 de septiembre de 2016

Abdicar

Cuando me arrojaron al interior de esta celda, no eran conscientes de lo que habían hecho. Sin darse cuenta, me acababan de ceñir la corona y me habían entregado el cetro con el que me sentaría en mi trono del patio.
Llegué del juzgado, como el príncipe heredero al que las circunstancias y las intrigas palaciegas, habían estado a punto de cerrar el camino, impidiendo lo que me correspondía por derecho de sangre.
Pero aún debía de afianzar mi reinado.
En las duchas de prisión, un par de equivocados plebeyos intentaron dominarme, lo que terminó convirtiéndose en una salvaje lección sobre el derecho real y la sucesión, que llevó a uno de ellos a la enfermería con la cabeza y tres costillas rotas y al otro al destierro en una celda de máxima seguridad.
Los funcionarios que revisaron los sucesos registrados por las cámaras de vigilancía, se contentaron con grabarme con sus porras en la espalda, los hematomas que conformaron mi escudo heráldico.
Al salir al patio tras el confinamiento preventivo, los súbditos allí presentes, se arrodillaron ante mi.
Un verdadero rey ha de ser magnánimo y recompensar la fidelidad y el valor de sus caballeros. Senté en mi mesa redonda a los más laureados en las justas del presidio y les permití que me rindiesen vasallaje, besando mi anillo y jurándome lealtad hasta la muerte.
Los consejeros de la corona, se ocupan de que mis designios se cumplan y de que se imparta justicia. Son muchos los miembros de la guardia real que imponen mi voluntad cuando los funcionarios no pueden impedirlo.
Hay una docena de bufones que me divierten y entretienen cada noche, con sus volteretas, acrobacias y juegos de manos.
Solo echo de menos a mi reina, pero tengo previsto visitar en cuanto pueda el palacio de verano, donde se ha retirado a tomar las aguas y a disfrutar del sol.
Según me ha dicho el mago de la corte, podré verla en tan solo dos años, tres meses y un día. Mientras, saciaré mis apetitos con alguno de los mancebos que se me ofrecen mientras tomo mi baño cada mañana.
Los juglares y trovadores cantarán mis gestas. Pasaré a la historia como el monarca del puño de hierro que trajo la paz al reino y que aunque tuvo que ordenar la ejecución de muchos conspiradores que intentaron derrocar al elegido por los dioses para gobernar a su pueblo, supo devolver la alegría y llenar los silos con el grano cosechado por los campesinos. El comercio con otros reinos fue muy fructífero. Especialmente con los de allende los mares, que nos suministraron las exquisiteces provinientes de las indias que tanto aportaban a los más exigentes.
Ahora debo abdicar. Lo hago por mi pueblo. Mi tiempo ya ha pasado y no debo mantenerme en el trono injustificadamente o por mero capricho. Abdicaré en mi delfín. Larga vida al Rey.


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