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domingo, 21 de agosto de 2016

DIsfraces

Para ocultar mis sentimientos, para pasar desapercibido, para no seguir siendo la eterna presa de los corazones caprichosos.
Hoy he vuelto a disfrazar mi tristeza con un relato, con el que he tratado de camuflar la rabia que da el tener que matar la esperanza de recuperarte.
En efecto, fuiste el amor de mi vida. Mi mundo era ciego hasta encontrar tu luz, pero no tardaste demasiado en apagarla, dejándome en la más triste y siniestra de las penumbras. Todo se ha vuelto sombras sin tu presencia.
De las muchas mujeres que he amado, de los cientos de veces que he creído haber encontrado a aquella con la que terminar mis días, tu fuiste la más triste de las equivocaciones. No sabes hasta que punto me he arrepentido de no haber estado a la altura, de no haber sabido amarte como necesitabas, de no haber sabido hacerme amar como deseaba.No sabes la de veces que he soñado con que el tiempo volvía atrás y corregía todos mis fallos y compensaba todas mis carencias llenando con caricias  todos los  vacíos. Pero lo pasado, pasado está y, ya es demasiado tarde para cualquier cosa que no sea echarte de menos.
En mi texto, un Peter Pan ebrio y envenenado por los celos que le producían sus inseguridades, terminaba asesinando a aquella que le convirtió en el que había conseguido llegar a ser, con su ayuda.
Según una psicóloga que me trató no hace demasiado tiempo,el asesinar literaria y metafóricamente el amor, es una catarsis necesaria. Ni puta idea...yo solo te necesito a ti. Solo necesito escucharte decir una vez más que me quieres, pero es más probable que escuche a Donal Trump cantando por tangos de Cadiz que esas palabras en tu boca.
Noto que de alguna manera e inconscientemente, mis relatos se están convirtiendo en un guardarropa de lo más variado, donde voy almacenando disfraces de todo tipo y para cada uno de los sentimientos que me congelan el alma.
He renunciado al amor, tengo miedo de amar, no quiero hacerlo, no creo que sepa hacerlo ya. Si no supe amarte a ti, no creo que sea capaz de amar a nadie, más allá de mi gato.
Huyo de las palabras de amor, me cierro en banda ante cualquier demostración de cariño por parte de una mujer. Guardo todas los epítetos para mis textos y vacío aquí lo que aun conservo del amor que te tengo, antes de que se termine pudriendo dentro de mi.
¿Porqué me das libertad para amar? No me la des, condéname a cadena perpetua en el recuerdo de las noches que pasamos juntos, ajustíciame con el garrote vil de tu indiferencia. Mátame, por favor. No me permitas ser un muerto en vida.
Ya pocos disfraces podré confeccionar con metáforas, alegorías y demás recursos literarios.
Mi imaginación cada vez me pone más difícil escapar de ti. No quiero fugarme de tu prisión, así que guardate ese tercer grado de la libertad para amar, sabiendo que tendré que volver cada noche a dormir en el presidio de tu adiós.
El que nace lechón, muere cochino y renace más lechón que nunca.

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