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viernes, 8 de julio de 2016

Saltar

El niño rubio que llora, ha tomado la firme decisión de dejar de serlo. Para ello tiene tres opciones: teñirse el pelo, madurar de una puta vez, o dejar de llorar. Y sino, al menos no permitir que nadie le vea hacerlo.
Descarta la opción del tinte, el color de su cabello es una de sus señas de identidad y además, le gusta. Madurar puede ser la opción mas adecuada, lleva tanto tiempo con el disfraz de Peter Pan, que le empieza a quedar demasiado ajustado. Vale que ese niño perdido no quiso crecer, pero se supone que esa limitación del crecimiento radica solo en lo emocional, no en lo físico y con la edad, uno va ganando peso y masa muscular.
Dejar de llorar va a ser lo más efectivo.
Lleva tanto tiempo llorando, que las lágrimas han dejado surcos en sus mejillas, trazando con la erosión, dos senderos perfectos desde los ojos hasta la barbilla.
Ha llegado el momento de enfrentarse a sus miedos y convertirse en el niño rubio que lucha.
Con el paso de los años y la suma de catastróficas desdichas, el niño rubio ha desarrollado un terrible miedo a las alturas, de lo más metafórico. Igual por eso no quiere crecer, por no tener que ver las cosas desde más arriba. Pero ya está. Hasta aquí hemos llegado.
Un buen amigo le presta un paracaídas de sus tiempos como militar de las fuerzas especiales y le explica bien como utilizarlo, para no decorar con su sangre y su cuerpo reventado, el pavimento.
El niño rubio sube hasta la azotea del edificio de quince plantas donde vive otra buena amiga, que le facilita el acceso al lugar elegido para el salto. Solo no puede, con amigos, sí.
Se coloca el paracaídas sobre la camisa más bonita que tiene y que más le favorece (no vaya a ser que se estrelle contra el suelo y la prensa le saque unas fotos a su cadáver, vestido de cualquier forma), se pone los auriculares del mp4 y le conecta el aparatito. Si va a morir, que sea al menos con la música adecuada. Si va a derrotar a sus diablos, que haya un buen ritmo de fondo.
Sube a la cornisa, respira profundamente y piensa en los que se fueron antes que él. En el fondo no le importaría reunirse con ellos y volver a abrazarlos, pero aún no. Mira hacia abajo (cosa que le advirtieron que no hiciera, pero él es un desobediente de manual) y nota como le empiezan a temblar las piernas. ¡¡¡Qué coño!!!
Grita bien fuerte el lema que desde hace tiempo escogió para que marcase su vida: Fuerza y honor. Y salta.
El asfalto se levanta a saludar y el niño rubio de cuarenta y un años, tira de la anilla del paracaídas justo antes de que se le graven en el cráneo las marcas viales de la calzada sobre la que está muy cerca de estrellarse. La sacudida producida por el violento pero oportuno retroceso, le descontractura un nudo de la espalda, cual fisio de emergencia. No hay mal, que por bien no venga.
Prueba superada. No tarda en tomar tierra entorpeciendo el tráfico y provocando la llegada de varios agentes de la policía local, que ajenos a sus metafóricas ganas de superación personal, lo ayudan a subir a un vehículo para trasladarlo a la comisaría más cercana y tomarle declaración. La terapia de choque le va a costar una considerable sanción administrativa pero que carajo, cómo decía su padre: si tus problemas son de dinero, entonces no son problemas.
Ve su rostro reflejado en el cristal de la puerta del despacho donde le están abriendo la ficha. La luz que cae directamente sobre su cabeza, hace que el pelo parezca aún más rubio, al fin la barba le aporta la edad que quiere aparentar y el reflejo le devuelve una amplia sonrisa. Ya no es el niño rubio que llora. Ahora es un varón caucásico de 41 años, divorciado y sin antecedentes penales, que ha sufrido una crisis nerviosa, saltando en paracaídas desde un edificio de la ciudad sin los permisos pertinentes. Mola mucho más.

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