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miércoles, 27 de julio de 2016

Amenaza en el túnel

Según todas las críticas especializadas y la mayoría de las menciones en diferentes medios de comunicación, Perla, es la reina del teatro de denuncia social.
Su larga carrera de actriz "comprometida", le llevó a montar su propia compañía, cansada de bregar con un sistema piramidal, en el que los personajes que ocupaban la cúspide se lucraban con su trabajo y se permitían el lujo de intentar vetarla en los circuitos escénicos, cuando terminaba rechazando sus vetustas e injustas imposiciones.  Su trayectoria personal, como mujer muy reivindicativa socialmente, le llevo a enemistarse con "la patronal" del mundo de la farándula.
Perla regresaba en tren tras haber pasado unos días en Galicia, en casas de diferentes amigos.
Habían sido unos días muy especiales y provechosos a todos los niveles. Por un lado, necesitaba salir de la capital de provincia castellana donde reside y respirar otros aires, eso se lo tomó como una cura de salud mental. Por otro, aprovechó su viaje para conocer lugares especiales y gente especial, rodeándose de amantes de la cultura que le enseñaron la casa de Valle Inclán, su autor favorito, y la casa de Rosalia de Castro, la poetisa gallega de vida convulsa y verso terriblemente melancólico. 
Estando en Villa García de Arousa, tomó conciencia con la realidad del narcotráfico, conoció el dolor y los estragos causados por la droga y la forma con la que los narcos, habían comprado el silencio y la tolerancia de muchos vecinos, a base de mejoras estructurales y de ocio en el territorio, construyendo campos de fútbol para sus jóvenes clientes potenciales, frontones donde estabular a los mayores más críticos, negocios de hostelería donde blanquear sus inmensas ganancias y de paso emplear a muchos de los parados del censo local, carreteras para agilizar el transporte de su mercancía asesina y muchos otros medios de optimizar sus recursos, aparentando hacerlo por solidaridad con sus paisanos.
Perla, decidió ofrecer a la Asociación de víctimas del narcotráfico uno de sus montajes, el más famoso quizás. Un montaje en el que un sicario del narcotráfico colombiano, cuenta al público el cómo y el porqué de su salvaje empleo, a través de un desgarrador monólogo, donde no se priva de explicar a los espectadores, muchos de los "modus operandi" de los jóvenes que trabajan para los narcos, seducidos por el dinero fácil, la vida de lujo y la posibilidad de hacer de su día a día, una réplica exacta de las películas de moda, aunque eso los obligue a quitar vidas y posiblemente a perder la propia.
En el pueblo gallego aceptaron de buen grado, pues el teatro tiene una función aleccionadora y preventiva de la que muchos apenas se dan cuenta pero que es altamente necesaria para al menos, avisar a los jóvenes de que se mantengan lejos de las tentaciones de los modernos diablos, con deportivos descapotables y automáticas en la cintura.
Quedó en fijar la fecha de estreno en no más de un mes y después de despedirse de sus amigos y del mar, sacó un billete del tren que la devolvería de nuevo a su hogar.
Cuando ocupó su asiento en el vagón, todo empezó a darle mala espina.
El tren estaba demasiado escaso de comodidades y de adelantos facilmente localizables en otros ferrocarriles españoles.
Al dirigirse a la cafetería para intentar amenizar un poco el viaje, experimentó el primer desasosiego, al pasar junto a uno de los baños con la puerta abierta y encontrarse a un hombre orinando, que le clavó la mirada con su miembro en la mano y le sonrió con una frialdad y una sorna, de lo más amenazadoras. Apretó el paso y llegó al vagón cafetería, donde el empresario de turno, había decidido poner todo al mismo precio, desde el café más ridículo al emparedado más rancio y claro está, no eran precisamente precios populares.
Cuando el camarero reparó en ella, le atendió rápidamente, coqueteando con lo que pensó que era una presa fácil: una mujer atractiva y sola, con cara de estar asustada e incómoda por el viaje, que debía haberse acercado por la cafetería en busca de compañía.
Tan solo había tres personas más en aquel vagón-negocio: Un hombre de mediana edad, ojeando un periódico, un muchacho con la cabeza rapada y un petate militar y una venerable anciana saboreando una infusión muy aromática. Entonces llegaron a un túnel y todo se oscureció por completo.
Perla no pudo gritar porque una mano le tapó la boca mientras el agresor, con la otra mano, apoyó el filo de una hoja en su cuello. El tiempo se detuvo como por arte de magia y escuchó una voz que le susurró al oído -Será mejor que non xodas, rapaciña. No queremos tu porquería de espectáculo na terra nostra. Vai tomar polocul, o te mandaré a San Anton de Teixido con a Santa Compaña.
Antes siquiera de poder reaccionar, sintió como aquel matón se retiró igual de sigilosamente que había llegado y en diez o doce segundos, el tren abandonó el túnel y regresó la luz.De aquel hombre solo reconoció un asqueroso olor a orina en la mano que le impidió gritar pidiendo ayuda.
Controlando la flogera de piernas y las ganas de llorar, Perla regresó a su asiento en silencio y sin volver la vista atrás. Durante las pocas horas de viaje hasta su hogar, tomó la que quizás sería la decisión más importante de su vida. Actuaría, claro que actuaría. Saldría a escena con toda la fuerza que le daría el valor de la madre que había encontrado a sus hijo muerto en la cama de su habitación, con una jeringuilla clavada en el brazo y decidió enfrentarse a los causantes de todo aquel dolor. Actuaría en el nombre de tantos y tantos hombres que se jugaban la vida a diario, abordando planeadoras en las peligrosas costas gallegas y echando abajo las puertas de naves supuestamente industriales, donde no sabían que les aguardaba al otro lado.
Actuaría, aunque le pudiese costar la vida. Aquella sería su pequeña venganza contra aquel sicario del terror, que trató de doblegar su carácter indómito.
La vida da muchas vueltas, demasiadas, pero ella ni se marea, ni tiene miedo a las curvas.

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