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lunes, 13 de julio de 2015

Siempre que llueve, escampa...o casi siempre.

El joven escritor no pudo contener una lágrima pensando en las ironías de la vida.
Durante mucho tiempo la quiso, la quiso tanto que terminó perdiendo la razón e imaginando situaciones de lo más diversas, donde lograba conquistar su corazón,  celebrando despues un hermoso matrimonió a la luz de la luna.
Disfrutaba imaginando que acudía a recogerla al establecimiento donde trabajaba y al esperarla entre los clientes de último momento, uno de ellos sacaba un arma del bolsillo de la cazadora y exigía la recaudación de la jornada apuntándola fijamente entre sus dos hermosos ojos, entonces él, que era un tipo más bien pacífico y tímido se abalanzaba sobre el atracador y trataba de arrebatarle el arma, recibiendo un balazo en el intento.
El delincuente salía corriendo y una de las empleadas del comercio llamaba a la policía y a una ambulancia mientras ella se arrodillaba junto a él y le agarraba de la mano entre sollozos, conmovida por su acto de heroísmo.
Entonces moría desangrado y al hacerlo encontraba en ella el amor que siempre había ansiado.
En otras ocasiones fantaseaba con enfermedades de todo tipo e incluso llegó a escribir un cuento en el que ella fumaba como cada día en la puerta del trabajo y comenzaba a llover.
Él salía con prisa de la oficina temiendo llegar tarde a buscarla y caminaba por la ciudad a paso de marcha, apurando un pitillo tras otro para sobrellevar mejor los nervios del camino.
A apenas diez pasos de donde ella esperaba fumando bajo la lluvia, un intenso dolor en el pecho y un extraño calambre en el brazo izquierdo lo postraban a sus pies y al poco, el médico del Samur certificaba el infarto y lo trasladaban en una UVI móvil.
Al despertar en la cama del hospital, sondado, monitorizado y aturdido la encontraba junto a él preocupada y asustada por lo que pudiera pasarle, apretándole con fuerza la mano y besando con cariño su rostro rígido y casi frío por la falta de una normal circulación.
Al recuperarse y abandonar el centro hospitalario ella le acompañaba porque se había dado cuenta de que había estado tan cerca de perderlo que ya no querría dejarlo nunca.
Aquel cuento lo selecciono para el compendio de cuentos y relatos que publicó unos años antes pues para él era mucho más de lo que los lectores podrían adivinar, era una fantasía con la que pasaba horas y horas reviviendo el imaginario ataque al corazón y todo lo que rodeaba aquel momento, hasta que vencía la resistencia de su alma y terminaban siendo felices y comiendo perdices.
Se conoce que la perdiz ya debe de estar en peligro de extinción y la han retirado de los mostradores  de todas las carnicerías y de las cartas de todos los restaurantes.
La vida es una bromista de muy mal gusto y como dice el proverbio "ten cuidado con lo que deseas, porque puede llegar a cumplirse".
Cierta noche camino de casa y con prisa, tras encender el último pitillo de la segunda cajetilla de aquel día, sintió un agudo pinchazo en el corazón y solo recuerda haberse llevado la mano al pecho y haber maldecido que no lloviese y que ella no estuviera allí esperándolo.
Después perdió el conocimiento.
Un día despertó en una cama de hospital, sondado, monitorizado y aturdido y como lo había imaginado cientos de veces, ella estaba junto a su cama y le sujetaba la mano con fuerza con unas lágrimas asomando de sus esmeraldas.
No hubo más similitudes con sus enfermizas fantasías y cuando dejo el centro, ella no le acompañaba, las perdices seguían siendo unas aves fáciles de conseguir en cualquier parte y la felicidad se seguía escondiendo detrás de la puerta o debajo del sofá del salón.
De aquello solo ganó un prolongado y merecido descanso, que le sirvió entre otras cosas para ser consciente de la realidad de la vida y de la importancia de otras muchas que nunca había valorado,como el ser merecedor de su incondicional amistad.
Conoció a otras mujeres con las que se volvió a sentir vivo y descartó conseguirla y  mucho menos de una forma tan absurda y patética.
El joven escritor se arrepintió de haber deseado pasar por semejante experiencia y maldijo haber escrito aquel cuento en el que sufría un infarto y conmovía a una persona a la que a raíz de todo aquello, descubrió que nunca, nunca, querría ver sufrir.
 Aprendió a desearla toda la felicidad y una vida plena sin artificios de ningún tipo.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, ya escribirá otro.

 

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