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martes, 23 de diciembre de 2014

Navidad en la prisión.

Las navidades aquí son muy diferentes a como son fuera.
No voy a mentiros, me he ganado yo solito cada día de condena y la verdad es que debería haber escuchado a mi padre cuando me decía que la violencia solo genera violencia y no lleva a nada bueno.Si hubiese hecho caso de sus consejos, aquel hombre no habría muerto, yo no estaría aquí hasta dentro de tanto tiempo, mi vida no se habría arruinado por un mal golpe y seguramente estaría buscando muérdago para besar bajo él a la chica a la que siempre he querido y que ahora estará en brazos de otro y tratando se ser feliz.
Si hubiera seguido  los consejos de mi padre, seguramente ahora disfrutaría de una vida normal, con una familia normal y un futuro tan normal como el que aguarda a todos ahí fuera, incierto, pero normal.
Los funcionarios de prisiones hoy se han puesto gorritos de Papá Noel y están pasando por las celdas a preguntar a los internos si han escrito sus cartas a los Reyes Magos.
Deberían haberse dado cuenta de que hay un conflicto de competencias, por que que yo sepa, Papá Noel y los Reyes Magos tienen intereses encontrados y son instituciones opuestas.
En cualquier caso, su espíritu navideño es más que bienvenido aquí y ha sido un detallazo lo de forrar las porras con espumillón, seguro que así hasta da gustito que te sacudan un par de ostias.
Otra de las cosas que extraño de mi padre, además de sus excelentes consejos, es su pasión por los libros.
En mi celda solo puedo tener uno y cada quince días pasa el carrito de la biblioteca para los cambios. Ya me he leído las obras completas de Shakespeare y creo que me voy a animar con "En busca del tiempo perdido" de Marcel Prous. Me gustaría saber donde estará todo el tiempo que he perdido ya y a donde se llevarán el que voy a perder.
En días como este, uno no puede evitar cerrar los ojos y tratar de imaginar como hubiera sido todo, si en vez de golpear la cabeza de aquel hijo de puta con una botella, hubiera salido del bar evitando la confrontación.
Imagino que aquellos coches de policía nunca se habrían presentado en la puerta de mi trabajo, los agentes no me hubieran esposado y no habría visto la cara de decepción y tristeza de mi padre en el juzgado.
Sueño con una vida en la que eso nunca sucedió, dediqué mi tiempo libre a leer y comencé a escribir, como lo hacia mi padre, dotando de vida y sueños a todos los personajes que se le ocurrían y que casualmente eran iguales que mis hermanos y que yo.
Seguramente de haber tenido tiempo para insistir lo suficiente, ella se habría casado conmigo y ahora estaríamos como todo hijo de vecino, pagando una hipoteca y tratando de perpetuar nuestros genes.
Lío un cigarrillo y lo enciendo con ansia y un sabor extraño en la boca. Descubro que son lágrimas que me están empapando el rostro y mojando los labios, ya puedo detener todo esto, porque si alguno de los internos me viera llorando hoy sería carne de cañón.
Mi aspecto aniñado y la llantina no es que hagan de mi el tipo más duro de mi galería precisamente.
En ese momento llegó el funcionario a preguntarme si había escrito mi carta a los Reyes Magos.
Traté de explicarle que no soy demasiado monárquico, pero lejos de entender la broma, el funcionario se lo tomó como si me cachondeara de él y me pregunto lacónicamente -¿Vas a pedir un regalo o no?
Apagué el cigarrillo y sonriendo aproveché para pedir  lo único que realmente me haría feliz en ese momento y lo único se que nunca conseguiré, ya que al poco más de un año de estar encerrado, me llamaron para comunicarme el fallecimiento repentino de mi padre.
-quiero que me traigáis a mi padre- dije yo y el funcionario que me conocía de pasar a cambiarme los libros y a veces me preguntaba por mi estancia allí y era sabedor de mis circunstancias, escupió en el suelo y mirándome con una expresión a caballo entre la rabia y la pena, me dijo con absoluto desprecio- Deberías evitar las drogas, capullo, no te vienen nada bien y no es cierto que hagan la condena más llevadera, al revés, luego necesitaras más y más y entrarás en una espiral destructiva de cien pares de cojones.
Tras decir esto se marchó empujando su carrito y yo me quedé allí, recordando las navidades de mi infancia y maldiciendo mi desgraciada fortuna y  a mi mismo por no haber escuchado mejor a mi padre.

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