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Mi primer retoño

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Este fue el primero de lo que espero sea una familia numerosa

jueves, 20 de junio de 2013

Dolor

No sabia que algo pudiese doler tantísimo.
Tanto que al alojarse el dolor en el interior, crecía, se multiplicaba y se extendía hasta colonizar todos y cada uno de los rincones de mi ser.
Recuerdo estar corriendo sobre la cinta transportadora, con los cascos incrustados casi hasta el cerebro y el volumen de la música destrozándome los tímpanos, con la única intención de que el estruendo en el interior de la cabeza me impidiera pensar.
Recuerdo zambullirme en la piscina y nadar.
Nadar.
 Nadar hasta que se me dormían los brazos, porque el esfuerzo  de coordinar la respiración con las brazadas me permitía tan solo mantenerme vivo y expulsar la idea de dejarme hundir, abrir la boca e inundar los pulmones con ese líquido que dicen que es agua y en realidad es una mezcla de cloro en proporciones industriales y orines infantiles.
Recuerdo llorar hacia adentro, vivir hacia adentro y morirme por dentro.
Recuerdo haberme culpado, haberme juzgado y haberme condenado a coexistir con lo que me estaba matando.
También recuerdo haber añorado los momentos en que todo parecía que iba a salir bien, y aún no dolía.
Recuerdo haberme querido morir.
Recuerdo con más cariño los días en los que todo estaba dibujado con acuarelas y los perros movían el rabo al verme pasar.
Y disfrutaba en mis ensoñaciones.
Pero entonces bajaba la guardia y el dolor volvía a estrangularme el corazón y los colores se desvanecían y  los perros me enseñaban los colmillos con los ojos inyectados en sangre.
Que manera aquella de doler.
Ya no duele.
Bueno...duele a veces, cuando lo recuerdo.
Recuerdo.
Que dolía como nunca había dolido nada.
No sabía que algo pudiese doler tantísimo...