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jueves, 26 de julio de 2012

De entre todos los regalos

uno me gustó en particular: el tuyo, Raul.
Un cuaderno de la película "Cars" y un bolígrafo a juego, "para que me escribas un cuento, como eres escritor..."
Así que te debo ese cuento Raul, y yo, mis deudas , las termino pagando siempre (tarde, pero pago).
Te voy a contar un cuento que espero, que deseo con todas mis ganas, se convierta en realidad.
No hace mucho mucho tiempo, ni en un pais muy lejano, vivia un muchacho que era todo vitalidad, todo energia, todo simpatia.
Pasaba el día dibujando sueños y contagiando a cualquiera que se le acercara con sus ansias de vivir, de comerse el mundo, masticándolo deprisa, pegándole a la vida enormes bocados sonrientes.
Nada se le ponía por delante y a saltitos iba viviendo libre de todas esa cosas que esclavizan a los hombres, porque Raul, en los tiempos que corren, sigue existiendo la esclavitud.
La sociedad nos esclaviza con unas cadenas invisibles, es decir, no las podemos ver, pero sin embargo, aprietan fuerte, muy fuerte.
Pues este muchacho (vamos a llamarlo Angel, que es un nombre muy bonito) siempre se resistió a llevar cadenas y conseguía esquivar una y otra vez cualquier tipo de atadura.
Un buen día, decidió echarle un pulso al mar.
Se sintió tan inmensamente poderoso que saltó desde muy alto, pero el mar le jugó una mala pasada y replegándose traicionero, descubrió un montón de negras rocas afiladas.
Angel cayó sobre una de ellas y de repente, al intentar levantarse para volver a saltar, notó que no podia moverse.
Pero no tuvo miedo, porque hay muchas maneras de seguir peleando, de seguir saltando al mar.
Se lo llevaron volando en un pájaro enorme y lo depositaron con mucho cuidado en una cama blanca de hospital.
Los médicos corrian de un lado para otro, desplegando al viento sus batas blancas y hablando palabras raras, de esas que solo entienden ellos mismos.
Angel los seguía con la vista desde la cama, preguntándose a que venian tantas prisas a santo de qué estaban todos tan nerviosos.
La luz, toda la luz del sol entraba por la ventana de la habitación para que Angel se cargará de energias.
¡¡Y vaya si se cargó!!
Se reinventó a si mismo y se vió de nuevo en pie, con el bañador empapado de espuma y sal y saltando una y otra vez sobre las olas del mar, sobre las sombras de la noche, sobre la espalda del destino.
Y una vez más se hizo libre y llevó su libertad dibujada en la sonrisa hasta el quirófano donde le aguardaban los doctores empuñando bisturís y pinzas y grapas y todo eso que te salva la vida a traves de sus guantes de latex.
Los ángeles se pusieron gafas de sol y bermudas de colores y cerraron filas junto él.
Les caía bien ese chaval barbudo de conversación acelerada, así que decidieron sujetarle la cabeza con delicadeza y soplar una lluvia de plumas sobre su alma valiente.
Y Angel salió del quirófano acariciando otro sueño.
Y siguió peleando, muy duro, muy fuerte.
Y con el tiempo viajó por todo el mundo, saltando en cada playa sobre los siete mares, sobre el colchón de agua de la vida.
Y colorín, colorete...por la chimenea se escapa un cohete.

Ahora Raul, viene la moraleja:
no te rindas, nunca, pase lo que pase, digan lo que digan y se libre, porque la libertad es el único camino para que seamos felices y comamos perdices.
Se puede...siempre se puede, solo hay que querer.

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