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domingo, 4 de diciembre de 2011

Mujeres

Para mi sois absolutamente imprescindibles.
Me gustáis todas, las pequeñitas, las de sonrisa pícara, las de los ojos verdes, las que no recuerdo siquiera el color de sus ojos.
Las malas muy malas que te clavan mil bastones afilados en el pecho.
Las pecosas de sonrisa tierna.
Las que son como una ola, que se acercan y te mojan un poquito los pies y luego se retiran enseguida, cuando te habías acostumbrado al salitre en los dedos.
Las que se ríen, las que lloran, las de nariz respingona, las que esperan fumando con impaciencia.
Las que te piden que eches el freno, las que no saben frenar.
Las que siempre han sido madres, las que tiraron a la basura su reloj biológico, las que defienden lo suyo, las que se rinden enseguida.
En cada mujer hay algo intrínsecamente bello.
Hay ternura, hay pasión, hay cien mil millones de gestos bonitos.
También hay tizones que te abrasan y te dejan las cejas chamuscadas.
También.
Las hay tan bonitas que te quedas bobo perdido y no sabes que decir, porqué estás tan agustito mirándolas, que tu cerebro entra en una especie de coma momentáneo.
Las hay tan duras que se alimentan con tu sufrimiento y eso las hace grandes y poderosas, aunque cuando se van a la cama se sientan pequeñitas y débiles.
A todas las he querido más que a mi vida, aunque eso es sencillo.
A todas las respeto, porqué tienen demasiadas cosas que enseñarme.
Con todas he flirteado, una a una las he dicho hasta la saciedad lo especiales que son y no he faltado nunca a la verdad, porque no hay dos iguales.
Con algunas he llorado, deseando que me acariciaran el cabello y me abrazaran.
Con otras no he sabido donde mirar, porque leían perfectamente en mis ojos y lo entendían demasiado.
Unas me hicieron crecer, otras me rompieron los huesos de las rodillas con bates de injusticia.
A esas las sigo amando en silencio.
Alguna se ha instalado en mi pecho y no se va, ni se irá nunca.
Bastantes me regalaron noches interminables donde me disfracé de placer sin límite.
Solo unas poquitas, me han permitido dormir con ellas sin necesidad siquiera de rozarnos. Absolutamente adorables.
Me gusta observarlas y tratar de entenderlas, con todo lo que eso conlleva, con la de neuronas que se me mueren cada vez que lo hago.
Me gusta casi más hacerlas reír, porque creo que no hay nada más hermoso que la risa franca de una mujer.
Ellas se ríen y yo me enamoro en el acto.
Me gusta también cuando se despojan de la armadura y se te agarran fuerte, dejando brotar las lágrimas y sabiendo que estás ahí, que en ese momento eres el que escuchas, el que ayuda, el que lo daría todo para que se sintieran un poquito mejor.
Porqué lo daría todo.
El día que me falte una mujer, me iré despacito y no volveré jamás.
No se vivir sin ellas.
No me apetece.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Que orgullo ser mujer en tu pensamiento. Gracias Juan.

Nadia Del Arte dijo...

Un abrazo grande pequeño gran hombre..;)

Lacantudo dijo...

Sinceramente pienso que las mujeres sois capaces de inspirar los actos más increibles que un hombre, hasta uno como yo, pueda imaginar.
No obstante tambien soy consciente de que a cambio hay que pagar un precio demasiado alto.
El dolor que genera una mujer cuando te destroza el alma no se puede comparar con nada, ni siquiera con el que te generan dos.
;)

Nadia...tenemos pendiente un café-caña-copazo-ambipur casero.
De momento abrazate de mi parte.
Ninguna como tu para desaparecer en las alturas, "fifí".