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Mi primer retoño

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jueves, 24 de noviembre de 2011

Peter Pan

A Peter Pan le duele la cabeza, así que ha decidido abrir las ventanas de par en par y respirar un poco de la fresca brisa de Londres.
La luna está muy baja hoy, eso quiere decir que seguramente desde otras ventanas cuatro o cinco personas soñarán que pueden volar como él, y saltarán emocionados sin pensar demasiado en las consecuencias.
Qué mundo más absurdo el de los humanos.
Busca en sus bolsillos con impaciencia y la sonrisa que le había reportado el pensar en esos estúpidos reventando contra los adoquines se le esfumo rápidamente al comprobar que la petaca no aparecía por ningún lado.
-Estúpida Campanilla-
Ultimamente Campanilla le esconde la petaca cuando se queda dormido, y sabe perfectamente que eso a él le revienta porque necesita un trago al despertar.
Lo suyo con Campanilla se está yendo a la mierda y no precisamente por la diferencia de estatura, hace años que solucionaron ese pequeño problema.
Ella es un hada. ¡¡Un hada coño!! ¿qué hombre atrapado en un cuerpo eternamente adolescente podría hacer feliz a un ser como Campanilla?.
Al principio todo eran besos y batir de alas, polvos de hada y polvos salvajes y arrebatados, pero el tiempo y la rutina fueron apagando las lucecitas y Peter comenzó a visitar con demasiada frecuencia el poblado indio y la laguna de las sirenas.
Volvía a su árbol haciendo eses y en más de una ocasión Campanilla tuvo que apartarle la daga de la garganta de algún niño perdido.
Putos niños perdidos.
Bendito Herodes.
Se podían haber ido a perder a otra parte.
Y no es que Peter haya dejado de querer a Campanilla...claro que la quiere joder, mucho, muchísimo, más de lo que puede soportar, pero ella es tan...mágica y el vive entre un sempiterno acné, inmerso en el festival de las hormonas.
Tiene más de doscientos años y aún no se afeita.
Ha visto guerras, ha envidiado demasiadas vidas comunes, ha deseado tantas veces la vulgaridad de los mortales.
Donde coño habrá escondido la petaca esta vez. Vale que en ocasiones abuse demasiado del grog que le roba a Garfio, pero si no echa un trago la vida se le presenta demasiado difícil.
Garfio es un buen tipo, hay demasiadas leyendas en torno a su relación con el viejo capitán.
Para Peter fue una sorpresa escuchar a Garfio confesar entre chupito y chupito su homosexualidad.
Tan rudo, tan fiero, tan asesino... y mira tu por donde, enamorado como una colegiala de un marinero enclenque cubierto de tatuajes.
Como lloraba Garfio, que puto es el amor.
Más de dos y de tres veces tuvo que llevarlo en volandas, rescatándolo "in extremis" de las mandíbulas del cocodrilo al que se había arrojado desesperado, enfermo de melancolía.
-No vuelva usted a hacerlo, Garfio- y en cuanto se emborracha comienza con la misma cantinela, primero llora y grita como un demente, luego dispara sus pistolas francesas de perrillos contra la marinería que corre asustada por cubierta y al final siempre el mismo numerito, tambaleándose, borracho como un comanche por la tabla de la borda.
- Se va usted a matar capitán, no sea chiquillo, ningún amor merece tanto la pena como para regalarle la vida-
Pero Garfio erre que erre, que si la vida es una mierda, que si no existe la felicidad sin su amor, que si lleva tatuado su nombre de presidiario en el pecho...
Ahí es cuando Peter, cansado de lo de siempre, sale volando.
Campanilla espera en casa, sentada a la mesa, con la cena fría y las velas del candelabro a punto de consumirse.
Una mirada de reproche, un beso con desgana,la cama fría y vacía.
Peter sale pegando un portazo y comienza a ascender como una flecha, alto, muy alto, hasta donde las nubes resultan el único cobijo para un corazón desesperado.
Está maldito, no puede envejecer, no puede morir.
"Toda una vida me estaría contigo", cantaba Machín y él, sentado en una estrella, llora.
Maldice el momento en el que lo imaginaron, desea con todas sus fuerzas que aquel maldito escoces jamás lo hubiese escrito y se caga uno por uno, en todos los muertos de Walt Disney.
Cuando está a punto de perder la razón, recuerda la verde mirada de Campanilla, sus caricias, sus besos, el latido frenético de su corazón al hacer el amor.
Que injusta es la vida.
Que falso es Dios, que todo lo puede, todo, menos dejarle morir.

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