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miércoles, 5 de octubre de 2011

Reglas

Se sentó con los pies colgando justo, justo, donde termina la luna.
Como es muy pequeñito, no se atreve a abrir los ojos, porque le dan miedo las alturas, porqué le da miedo darse cuenta de que todo se ha estrellado contra el suelo, ahí abajo.
Entonces, decide romper con el pasado y ponerse nuevas reglas, porqué es necesario ceñirse a unas normas, porqué es necesario estar sujeto al arnés de la razón, que aprieta muy fuerte con correas de cuero y llanto.
La regla numero uno es hacer justo lo contrario de lo que ella le diga, pero como esa es una regla que estableció ella misma, por lógica no puede cumplirla.
La número dos es tratar de explicarla de la manera más natural, que por encima de la luna, de otras lunas y de otros muchachos pequeñitos, él, estará ahí siempre, pase lo que pase y sufra quien sufra.
La número tres es no desviar la atención, porqué es muy peligroso, porqué si desvía la atención, se pierde, o se puede caer.
La regla número cuatro habla de querer hacía adentro, como en una implosión, de tal forma que cuando estallé todo, solo se lleve por delante su propio corazón, en silencio, sin hacer el más mínimo ruido.
Que nadie sepa cuanto ama, que nadie entienda cuanto ha amado, que nadie pueda señalar con el dedo el rastro que dejó todo cuando consiguió emerger.
Tiembla, porque la luna acaba de estremecerse y ha estado a punto de venirse abajo.
Rápido...necesita más reglas, que se muere el principio de una vida mejor.
Regla número cuatro bis: apurar hasta el último trago cada copa de vino que amanezca en sus pechos, porque siempre será la última.
La número cinco no piensa cumplirla, pero está más que dispuesto a acatar el castigo por ello.
La número seis es bastante sencilla, siempre, dibujar en la arena cada palabra, antes de abrir la boca, para que cuando ella pregunte ¿qué has dicho?, cuando vaya a responder, ya se las haya llevado una ola.
La número siete es no dedicarla poemas, ni canciones, ni lágrimas, ni lugares especiales, ni muertos, ni suspiros, ni animales disecados, ni suspiros disecados, ni lágrimas muertas.
Es fácil.
Abre un ojo, ahora tiene menos miedo y se atreve a echar un vistazo rápido.
Ahí abajo está ardiendo un planeta.
Qué más da todo.
La regla número ocho es volver a ser el que fue, para que nada cambie, o cambiar completamente para que todo siga como está.
El fin justifica los medios, y los medios casi siempre, son los lugares más visitados.
Regla número nueve: no muerdas las manos que te oprimen la traquea, porque podrías envenenarte.
Necesita una más para que su mundo se llene de pájaros, de putas mariposas, de fiestas en la playa, de auroras boreales que se recargan por detrás, con un bote de gas azul.
Necesita una última regla para escanciar los años venideros.
La regla número diez es la que lo arreglará todo cuando todo sea tan insoportable que le apetezca masticar despacio los dolores y las penas.
Regla número diez: abre el otro ojo y mira a Dios a la cara.
De esa forma, el muchacho pequeñito se ha transformado en un gigante con las pupilas en do menor, y los cabellos de gónadas y almizcle.
Camina arrasando a su paso cada recuerdo doloroso y creando sin saberlo, un universo de ego.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Todo tiene sentido, todo pasa por algo, no existe la casualidad. 7 leyes gobiernan el cosmos:KIBALION.
Esa es la única verdad.

Lacantudo dijo...

Adios....Kibalión va a ser como Gozzila, pero con aliento a curry.
Hay otras verdades, como que si una persona tiene un amigo imaginario, lo llaman locura y si miles de personas tienen un amigo imaginario, lo llaman religión.
Yo estoy por fundar mi propia secta, con mis propias leyes que rigan el cosmos. Eso si, exentos de IVA.