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miércoles, 6 de abril de 2011

La puerta de cristal



Alejandro supo que algo horrible iba a suceder ese día, nada más abrir los ojos sobresaltado por el despertador que sonaba estruendosa e intermitentemente en su mesilla de noche.
No sabía como explicarlo, pero un extraño sentimiento de angustia se adueñó de su alma.
Al levantarse de la cama, acarició el cabello de su novia, que perezosa se había vuelto boca abajo hundiendo el rostro contra la almohada, negándose a reconocer la idea de que ya eran las siete de la mañana, de un día de invierno en Valladolid, un día gris, frió y lluvioso, otro desagradable día de febrero.
Una ducha rápida, un café con leche bebido a toda prisa mientras mascullaba una queja porque la secadora había encogido su camiseta de Vespa favorita, o quizás porque últimamente estaba empezando a acumular algunos kilos de más y era preferible cargar su ira contra el electrodoméstico que asumir que ya iba teniendo una edad y las cervecitas con los amigos comenzaban a pasar factura.
Las siete y cuarenta.
Antes de salir se acercó al dormitorio y beso a la muchacha en la nuca, mientras con el dedo índice dibujó un arco en su espalda, terminando justo en el elástico de las braguitas blancas de algodón.
No había tiempo para nada más, así que enfurruñado se atusó las patillas frente al espejo del recibidor, tomó las llaves de la flamante Vespa ciento veinticinco de época, restaurada por el mismo y la cazadora de agua y se dirigió al garaje.
Mientras tamborileaba un ritmo sesentero sobre el casco, en el ascensor, el sentimiento opresivo con el que se había despertado esa mañna volvió a atenazarle el espíritu.
Como buen gallego, Alejandro era supersticioso y el hecho de que fuera martes y trece, le sobrecogió por unos segundos.
Condujo con particular precaución hasta la puerta del edificio donde la empresa para la que trabajaba como diseñador gráfico tenia sus oficinas.
Esa mañana Alejandro tubo que lidiar, como cada mañana, con el imbécil de su jefe comercial.
Al cuarentón frustrado de su jefe se le había metido en la cabeza conseguir para la empresa la cuenta comercial del Teatro Zoilo, un emblemático teatro de Valladolid, en pleno centro, que llevaba cerrado varios años por un desagradable suceso y que ahora, adquirido por una empresa de eventos madrileña, se disponía a abrir de nuevo sus puertas al público con gran boato, canapés, vino español, camareros vestidos de negro y todas esas gilipolleces que tanto gustan en la provinciana capital castellano leonesa.
Alejandro tenía un montón de trabajo atrasado, porque en su mundo, todos los clientes quieren los encargos "para ayer" y el tener que aparcar los atrasos para ir al teatro a tomar medidas, le rompía completamente su estrategia laboral.
Pero donde hay patrón no manda marinero y el jefe se empeñó en que tenía que presentar los diseños de los vinilos y las lonas para la inauguración del teatro y aquello requería medir con exactitud puertas, ventanas, balcones y fachada.
Fue caminando, ya que apenas doscientos metros separaban sus oficinas de aquél teatro decimonónico.
Mientras maldecia su suerte y el frió viento vallisoletano le azotaba el rostro, Alejandro recordó los sucesos que llevaron al cierre de aquel en otro tiempo hermoso teatro.
Debió ser finales de los años setenta, el era muy pequeño entonces. Una compañía independiente estrenó un montaje en el que explícitamente se cargaban tintas contra la iglesia católica y contra la dictadura franquista.
Antes de terminar la función, un grupo de exaltados ultraderechistas arrojó al interior del teatro un artefacto incendiario, mientras lanzaban vítores al caudillo y al Opus dei.
Salieron corriendo al ver la dimensión que tomo su gran "hazaña".
El público horrorizado trato de abandonar el teatro entre gritos y carreras, pero las puertas de emergencias fallaron y el entramado de madera del teatro ardió como la tea.
Los cuerpos se amontonaron en el patio de butacas, pisoteados y golpeados en medio del frenesí de las carreras y los empujones por la supervivencia.
Murieron treinta y dos personas, muchas de ellas antes de ser devoradas por las llamas. Los heridos se contaron por decenas.
Nunca se detuvo a los responsables de aquel crimen y el teatro cerró sus puertas.
Al plantarse frente a la entrada principal, otrora con grandes jambas señoriales y ahora jalonada por sendas puertas de ristal, de las que llaman "anti-pánico", Alejandro sintió un frió muy diferente al que ya traía en el cuerpo.
Giró la llave maestra que los nuevos propietarios les habían proporcionado y se adentró en el recinto.
Todo estaba casi listo para la noche de la inauguración.
El equipo de arquitectos y decoradores habían hecho un buen trabajo, el teatro estaba completamente restaurado, aunque había perdido el encanto de su época para convertirse en otra de esas impolutas y modernas salas multidisciplinares.
Se cruzó con dos electricistas que recogían sus herramientas y que contestaron con un gesto hosco al amable y sonriente "buenos días" de Alejandro. Muy de Valladolid, pensó para sus adentros y encogiendo los hombros en un gesto de resignación, se dispuso a realizar su trabajo.
Entre metros, lapiceros y bocetos se le fueron pasando las horas y poco a poco el personal de la reforma se fue marchando a comer, hasta que Alejandro se quedó competamente solo en el teatro.
Estaba midiendo la caja escénica, para colocar unos roll-up, cuando de repente escuchó un ruido sordo.
"Hola", gritó, pero no obtuvo respuesta.
Habrá sido el viento, pensó y justo cuando se disponía a continuar con la labor, el ruido se repitió, esta vez a su espalda.
Alejandro se giro bruscamente con el tiempo justo para ver como desaparecía una sombra sobre el telón.
Aquello empezaba a darle muy mal rollo.
Al principio pensó que el viento habría movido la lámpara del techo, proyectando su propia sombra, pero comprobó que en el techo, solo había una larga hilera de modernos y funcionales focos halógenos, encastrados en el artesonado.
"Tonterías,termino rápido y me voy a casa a comer, que Ruth va a hacer cocido y me apetece bastante", argumentó para sentirse mejor y mientras andaba con estas cavilaciones otro ruido, esta vez muy diferente al anterior, hizo que se le erizaran todos los cabellos del cuerpo.
Fue un grito, más bien un lamento largo y pronunciado de mujer, que recorrió el patio de butacas creciendo en magnitud hasta llegar al escenario.
Alejandro decidió que eso ya era más que suficiente para salir de allí echando leches y le daba absolutamente igual lo que pensara su jefe o la puta de la madre que lo trajo al mundo.
Entonces comenzó a oler a humo.
Trató de mantener la calma mientras recogía sus cosas, pero aquello era demasiado y el olor a humo fue transformándose poco a poco, inundándole las pituitarias con un sabor agridulce, como a barbacoa, exactamente así, un olor a carne quemada.
Sobre el escenario quedaron esparcidas los escalímetros, metros lapiceros y demás y tan rápido como su metro noventa y más de noventa kilos se lo permitieron y al borde de un ataque de nervios Alejandro emprendió una veloz carrera hacia la seguridad de la calle.
Al llegar a la puerta antipánico y al apoyar las manos en las barras de apertura, Alejandro gritó de dolor.
Las barras estaban al rojo vivo.
Alejandro sintió como la piel se adhería al metal incandescente.
En ese instante, los ruidos y los gritos aumentaron hasta un nivel ensordecedor y algo le agarró por los hombros y trató de arrastrarlo de nuevo hacia la sala.
Alejandro tensó sus músculos hasta la extenuación en un desesperado intento por salir de allí y de repente las puerta se abrió de par en par y cayó rodando sobre la acera de la céntrica calle Vallisoletana.
Presa del pánico se miró las doloridas palmas de las manos, pero para su estupor, no había señal alguna de quemaduras.
Alejandro caminó hasta la oficina, con la mirada perdida y la mente confusa.
Al entrar en su despacho se encontró con que el jefe comercial le aguardaba adentro.
No había terminado de preguntarle porqué estaba allí, con esa mirada de borracho en vez de estar rematando el trabajo, cuando el primer puñetazo le alcanzó justo en mitad de la boca, rompiéndole el labio superior y dos dientes.
El segundo golpe, impactó de lleno contra la nariz que crujió al astillarse y comenzó a manar sangre a borbotones.
Alejandro se dio la vuelta,con los nudillos doloridos, cogió el casco de la percha de árbol y abandonó el edificio.
Por supuesto aquello le iba a costar el puesto y seguramente tendría un juicio por lesiones, pero que coño...el cocido de Ruth le aguardaba en casa y también la certeza de que lo antes posible, abandonaría para siempre aquella ciudad de mierda.

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