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El poema definitivo.

Se levantó de la cama con sigilo y saliendo del dormitorio, encendió un pitillo con el mechero de gasolina. Se deleitó con la primera cal...

Mi primer retoño

Mi primer retoño
Este fue el primero de lo que espero sea una familia numerosa

jueves, 21 de abril de 2011

Mi amigo el suicida



No sabia por cual decidirse, cada uno tenia su aquél.
Obviamente, colgarse de una soga era realmente efectivo, y muy visual, pero requería de mucha parafernalia, así que lo descartó.
Con las pastillas no quería repetir. La última vez que lo intentó, lejos de morir, se agarró un melocotonazo tremendo y terminó bailando semidesnudo en la puerta de la catedral, con lo que amén del malestar del lavado de estómago, al despertar sintió un ridículo terrible, porque un fotógrafo de la prensa local que pasaba por la calle lo inmortalizó mientras realizaba el paso conocido como "el robot", con los calzones por los tobillos y la camisa anudada sobre el ombligo.
Que vergüenza.
Tiene una pistola,pero no se decide a usarla.
Una vez vio un documental sobre los suicidios con armas de fuego y allí se contaba que en muchas ocasiones, si se coloca mal el arma, únicamente se dañaban algunas partes del cerebro "no vitales" con lo que además de seguir vivo, te quedas tontito del todo y te pasas el día comiéndote los mocos y haciéndote tus necesidades encima.
Hace unos meses, en su cuarto o quinto intento (la verdad es que ya he perdido la cuenta) mi amigo saltó desde un puente, con tan mala fortuna que fue a caer sobre un camión que transportaba ovejas churras al esquilador.
Fue un aterrizaje ciertamente mullido que solo le deparó alguna contusión (producida por los puñetazos que le propinó el camionero)y un disgusto muy gordo, al ver que en cinco minutos que pasó entre los ovinos se había llenado de garrapatas y de pulgas.
Desde aquella no ha vuelto a comer lechazo.
El muy gilipollas decidió un día abrir la espita del gas de la cocina y encenderse un pitillo y pasó toda la mañana en el trabajo deleitándose con la imagen de la explosión sin recordar que tenia vitrocerámica.
Me reí muchísimo el día que me contó que acudió al circo con la intención de arrojarse a los leones cual cristiano en el coliseo, pero que al saltar a la jaula de las fieras en un descuido del personal, descubrió con horror que todos los felinos estaban a punto de cascarla de viejos, desdentados, sin apetito y sin gana alguna de comerse a nadie. Incluso me contó que un león le lamia el dorso de la mano mientras la cuadrilla de enanos trapecistas lo sacaban de la jaula a base de cabezazos en los cojones.
Más tarde le llegó una denuncia del mismísimo Ángel Cristo, reclamandole judicialmente siete mil euros, porque a uno de los "reyes de la selva" aquella situación le provocó tal estres que murió en el acto fulminado por un infarto de miocardio.
Y es que quitarse la vida es por lo visto casi tan difícil como vivir.
Mi amigo no se corta las venas porque es una persona muy pulcra y las manchas de sangre salen fatal, así que dese el principio descartó cuchillos, navajas y demás objetos cortantes.
No quiere suicidarse en plan romántico, a base de botellas de absenta, porque dice que con su suerte seguro que no se mata y la absenta engorda muchísimo, así que seguiría viviendo y se dejaría un dineral en endocrinos.
Hoy me ha pedido que lo ayudara a morir.
Me ha preparado una coartada estupenda, me ha regalado unos guantes de cuero negros y a su señal, he comenzado a oprimirle la traquea, pero justo cuando empezaba a ponerse morado le ha sonado el móvil y tras pasarse más de una hora discutiendo con una comercial de orange se ha pillado un cabreo tremendo y lo hemos tenido que dejar para otro día.
La verdad es que empiezo a estar harto de mi amigo.
Yo creo que realmente no quiere morirse, solo trata de llamar la atención de la gente que le rodea, pero ya le hemos dicho todos que nos empieza a cansar con tanta depresión y tanta tontería y que lo que tiene que hacer es comprarse un cahorrito y pagarse unas cañas.
En fin, al final a ver por donde nos sale.
Que ustedes lo pasen bien.

lunes, 18 de abril de 2011

Hijos de puta



Pues estoy calentito.
Resulta, que hoy me entero por el telediario, de que a una pareja de etarras, con delitos de sangre, el estado español les esta subvencionando los tratamientos de fertilidad, para que puedan tener cachorritos (imagino, que a alguno de los dos, el veneno que les corre por la sangre habrá envenenado la simiente).
Más de diez mil euros en lo que es el tratamiento en si y otros mil en desplazamientos para las pruebas.
Además, se les va a reubicar en la misma prisión para que puedan criar juntos a su retoño.
¿ESTAMOS TONTOS?
Esto es ya lo último.
Me jode una barbaridad costear con mis impuestos el remedio para la incapacidad de esos escorpiones, de tener larvas.
¿Y qué sucede con los padres sin hijos, los hijos sin padres, los hermanos sin hermanas y todos los destrozos familiares que han provocado esos hijos de puta?
Esto no se puede consentir...semejante bajada de pantalones.
Están en la carcel, cojones, no en la granja de Pin y Pon.
No se adonde vamos a llegar, pero estos desgraciados se aprovechan de los medios del "estado opresor" al que atacan, y aquí seguimos poniendo el culo, para lo que gusten.
Me avergúenzo horrores del gobierno y de las leyes que nos rigen.
No quiero ni imaginar lo que estarán pensando las viudas y los huerfanos de las víctimas de ETA.
Es absolutamente indignante que tengan que pasar por semejante pitorreo.
A esta cerda asesina, deberían esterilizarla, y por caridad cristiana y misericordia (palabra que ellos desconocen) se le permite vivir, presa, pero con unas condiciones más que dignas.
Los presos de ETA chupan de la teta de España con todo el descaro, con glotonería.
Estudian carreras con becas estatales (a las que muchos jóvenes españoles no pueden acceder)y de esta manera, además de labrarse un futuro, redimen pena, saliendo antes de la cárcel para seguir haciendo de las suyas.
No soy ningún fascista, ni ningún radical, pero gestos como estos claman al cielo.
Y no me da apuro ninguno repetir, que estos "papis" con las manos llenas de sangre, son unos hijos de puta.

domingo, 17 de abril de 2011

Cartas de amor



Hace tiempo,mucho tiempo quizás, que no te escribo cartas de amor.
Y el amor es como un animalito que si no lo alimentas y lo tratas con dulzura se termina muriendo.
Ya son unos cuantos años, compartiendo tantas cosas...
Me conoces, conoces mis virtudes y mis defectos, conoces mis carencias y mis excesos, mis miserias y mis miedos.
Conoces todos los juanes que viven en mi.
La vida es un juego sin reglas donde todo vale y en ocasiones se comporta de forma caprichosa.
Yo he escogido amarte con todas las consecuencias.
He elegido amarte por las mañanas, cuando te tapas la cabeza con la nórdica y reniegas del astro sol.
He elegido amarte mientras dibujas, cuando discutes con la teleoperadora de Orange y cuando te empeñas en que la perra no se suba al sofá.
He elegido amarte cuando me amas e incluso te amo cuando dejas de quererme y lloras...y yo lloro también.
Te quiero cuando me besas, cuando me acaricias y cuando me reprochas mis faltas.
Te quiero cuando estás cansada de todo, cuando estás cansada de mi.
Quererte en ocasiones es casi tan difícil como dejar de hacerlo, pero eso es porque quererme a mi mismo es mucho más complicado.
A veces estoy lleno de amor, a veces estoy lleno de dudas, a veces estoy tan lleno de ti que soy mejor persona y en ocasiones estoy tan vació que soy tan solo yo.
Muchas noches me siento como un niño pequeño que se soltó de la mano de su madre en un centro comercial, y llora al pie de la escalera mecánica. Y entonces te abrazas a mi y siento tu calor inundándolo todo.
Trato de ser lo mejor para ti pero todo me sale mal y solo puedo ofrecerte un corazón lleno de tiritas y de gasas.
Lucho por hacerte feliz pero me siento como el payaso que no hace reír a nadie y se vuela la cabeza en su rulot.
Se que en ocasiones he sido ingrato, te he fallado y te he desilusionado y me arde el alma pensando que ha habido momentos en los que te has sentido sola.
Siempre he sido el sombrero que dibuja la serpiente tras tragarse al elefante, aunque quisiera por un día ser el niño con las respuestas adecuadas, el cabello rizado y un planeta que regar.
Tu sin embargo eres el reflejo de una estrella muy lejana, que ilumina todo lo que tiene alrededor y que brilla tan hermosa que hace daño a los ojos.
Te quiero y no me avergüenza escribirlo y que todo el mundo lo lea porque habría que ser un estúpido para avergonzarse de amarte.
Nunca me separaré de ti, aunque se fusione el núcleo y la luna se llene de chalés adosados con parcela y garaje para dos coches.
Estaré aquí, contigo, el día que decidas que es suficiente y la noche en la que todo se torne oscuro.
Estaré a tu lado mientras te vayas porque aunque quizás yo me marche antes, siempre estaré donde estés tu.
Estaré en tus cuadros y en el bombín de las funciones, en la nariz de clown y en las sandalias que siempre olvidas en el coche.
Estaré muy calladito, apartándote el pelo de la frente mientras observas el mar, con los pies semienterrados en la arena y las manos en las caderas, orgullosa de estar viva.
Y lo demás...quien sabe.

miércoles, 13 de abril de 2011

Algo positivo



Hoy me han pedido que escriba algo positivo.
Supongo que debería ser algo sencillo, pero llevo aquí sentado media hora y solo se me han ocurrido siete maneras "positivas" de empalar a una persona.
Imagino que para el empalado no sera demasiado positiva ninguna de ellas, pero tendrá que reconocer que al menos, tiene el honor de ser el protagonista y con un poco de suerte, si consigo no afectar ningún órgano vital, puede que me acepten la creación en ARCO y podamos exponer la "instalación" durante el tiempo en que tarde en desangrarse.
Ya estoy viendo a los peleles de turno debatiendo al respecto y preguntándole a las masas si no es una sublime y fatalista demostración de lo efímero del arte.
Para mear y no echar gota.
En este momento, mientras escribo suena un disco de música "de raíz" donde un muchacho al que conozco, está dejándose los carrillos en una larguísima pieza para dulzaina.
No se porque me he retrotraído a las antiguas novelas de piratas..ya ves, que tendrá que ver, donde tras pasar meses en alta mar, los marineros enfermaban de escorbuto y pillaban un colorcete "yonki" de lo más sano, empezaban a perder las piezas dentales y terminaban volviéndose locos.
Joder...esto tampoco apunta hacia el positivismo.
Necesito que alguien me practique un enema king-size.
A ver...voy a tratar de reconducirme.
La vida es preciosa, ha salido un sol espléndido y los pajaritos cantan.
Las muchachas comienzan a lucir cacha y ombligo y los novios y maridos caminan a su lado, mirando a todas partes a la vez, buscando cruzar la mirada con la del salido que no le quita ojo a sus chicas.
El aire huele a testosterona y a lubricante anal, a crema para acelerar el bronceado y a chicle de sandía.
La primavera en su máximo esplendor.
Miro por la ventana y observo al vecino del chalé de enfrente, un octogenario con gorra de "caja rural" que riega orgulloso las flores de su jardín.
Laura está aquí al lado, enfrascada en la pintura de un oleo y cuando pinta no se la puede molestar.
Es lo que tienen los artistas.
A mi me da igual que me molesten, en parte porque no soy un artista y en parte porque en el fondo busco cualquier excusa para sacar la cabeza del agua y coger aire.
Ahora bien, como me vuelva a llamar la pesada de telefónica voy a poner una bomba en la sede central que riete tu de Muroroa.
Me concentro y rebusco motivos para escribir algo positivo.
Veamos: mi empresa se ha ido a la mierda y jamás conseguiré cobrar los impagos, aún con sentencias judiciales a mi favor.
Simplemente me han jodido.
Los amigos.
Los amigos están ahí, vale.
Algunos te quieren aunque no les cuentes chistes, otros te quieren aunque los chistes que les cuentes no tengan ni puta gracia y otros están esperando que tropieces para pisarte la cabeza y claro...a esos no les cuento chistes por que no me sale de los cojones.
La familia.
Quiero a mi familia y se que mi familia me quiere a mi, por eso hoy, los voy a dejar al margen.
El amor.
El amor se alimenta de vida, de cruces de miradas y de tapas por el centro.
Hoy te quiero, hoy me quieres, mañana te quiero y tu no me quieres y pasado te quiero, pero ya es demasiado tarde.
El futuro.
El futuro está lleno de proyectos futuros, y de sueños futuros y de ilusiones futuras y de momentos futuros, pero entonces llega el monstruo peludo del presente y comienza a escupir fuego y tras su paso, solo quedan restos carbonizados convertidos en pasado.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, se me está ocurriendo una historia divertidísima.
Me acaba de venir a la memoria una escena de la película "Gátaca" (no se si la habréis visto) en la que el protagonista, obsesionado con no dejar rastros de su ADN en el trabajo, se cepilla compulsivamente el traje y se exfolia de forma salvaje en la ducha, antes de salir de casa.
Me gustaría saber si uno puede frotarse muy fuerte, lo suficientemente fuerte como para volver a ser el de antes.
Frotar y frotar y dejar que caigan todas las células muertas; las células de rabia y las de tristeza, las de enfermedad y las de insomnio, las de errores y tropiezos y que se te quede el cuerpecico nuevo, como el de un bebé de treinta y seis años y empezar a vivir otra vez.
Seguro que aun no ha venido nadie del futuro para presentarnos semejante poder de limpieza y desinfección.
Mierda de publicidad.
A lo que iba...algo positivo.
Pues mira tu por donde voy a terminar encontrando algo positivo: si adelantas el reloj anochece más tarde.
Esto que parece una estupidez, puede salvar muchas vidas, creerme.
Me estoy planteando convertirme en un nuevo tipo de superheroe, uno que se esconde en las taquillas de los gimnasios y adelanta los relojes, que despista a los taxistas y aprovecha para modificar el reloj del coche.
El superheroe que se sube a la torre de todos los ayuntamientos y mueve las manecillas en las esferas: "Capitán luz solar".
Ya tengo una misión en la vida.
Atención señoras y señores, niños y niñas, si se os adelanta el reloj no penséis que está estropeado,no, seguramente habrá sido que he pasado muy cerquita y sin que os diérais cuenta os he concedido más día y menos noche.
Porque la noche está llena de lobos y de falsos profetas y de gente con las manos bonitas y la mirada huidiza.
Pero no os preocupeis, que aquí estoy yo, para protegeros.

martes, 12 de abril de 2011

Asco de mundo



Hoy me he desayunado con una noticia que me ha roto el corazón.
No me refiero a que la lista del paro en España se haya engrosado con unos cuantos miles de parados más, hasta llegar ya a los cuatro millones novecientos mil, no.
Tampoco tiene que ver con que hayan adjudicado a Japón la misma categoría de desastre nuclear que a Chernobil, tampoco.
Nada que ver con la guerra civil de Libia, con los desmanes de los presidentes africanos ni con el retroceso en la lucha contra el terrorismo de las sanguijuelas batasunas.
Esta mañana he llorado, al ver como Banesto, "solo" presentaba unos beneficios anuales de ciento setenta millones de euros.
Se me parte el alma...es tan, tan triste.
No se me va de la cabeza la imagen de los pobres miembros del consejo de administración del banco a punto de saltar desde la azotea del edificio de la sede en Madrid.
Y es que es horrible.
¿Qué van a hacer ahora?
Esperemos que el gobierno del "socialista" Zapatero, salga corriendo al rescate, como el séptimo de caballería y les inyecte un par de cientos de millones de euros.
Total...ya nos los cobrará a nosotros con nuevos gravámenes, o recortando un pelín las pensiones de nuestros abuelos, que al fin y al cabo contemplar las obras desde la verja es gratis y una barra de pan para echar a las palomas del parque tan solo vale tres céntimos...o treinta, o trescientos (hace tanto que no compran pan, ni beben café, ni pagan la factura de la luz, que nuestros políticos no tienen ni puta idea de lo que vale un peine...salvo Anasagasti).
Esta mañana, entre cohiba y cohiba no se hablaba de otra cosa en la primera clase del vuelo a Bruselas.
Nuestros pobres eurodiputados se echaban las manos a la cabeza, desesperados al imaginar semejante sufrimiento para la entidad bancaria.
Menos mal que la azafata ha conseguido las diecisiete botellas de Don Perignom que le solicitaron para pasar el mal trago.
Que asco de mundo.
Lo cojonudo es que al parecer, los beneficios son un diecinueve y pico por ciento menos que el año anterior.
¡¡coño!!
Pero si el año pasado estábamos inmersos en una terrible "crisis financiera" !!!!
Algo no me cuadra.
Si los bancos ganan cientos, miles de millones de euros en medio de esta merienda de negros ¿quien esta sufriendo la supuesta crisis financiera?
Ay Dios...las familias medias.
Que gilipollas soy.
En fin, mañana me acercaré por la sucursal de mi barrio a prestarle mi hombro al director de la oficina, porque seguro que estará llorando a moco tendido y ahí es donde tenemos que estar los buenos ciudadanos, consolando a los banqueros y ofreciendoles nuestras vísceras para que se hagan un souflé.
A mi, si quieren, me pueden ir comiendo la po...

viernes, 8 de abril de 2011

Angel




Quisiera que el alma se me escapará del cuerpo.
Me gustaría ser etéreo y flotar, me gustaría ser un ángel de largas alas de plumón blanco.
Observar a los hombres desde las nubes y mofarme de sus súplicas y sus lamentos.
Me gustaría lanzar una saeta contra aquellos que detesto, una saeta divina, impregnada en curare de Dios, de ese que te atenaza los sentidos y te va dejando morir poco a poco, hasta que te conviertes en nada y esperas la vida en un mundo futuro.
Quisiera volar muy rápido, lo suficientemente rápido para estar en todos los sitios a la vez.
Acechar junto a la cabecera de la cama del que implora ayuda y susurrarle al oído que se pegue un tiro y luego volar hasta la cúpula de una catedral y observar a las beatas arrodilladas, pasando muy rápido las cuentas de sus rosarios.
Me gustaría ser omniscente, para dejar de tener preguntas, para vender las respuestas y corromper las conciencias.
Me gustaría tener una espada de fuego y hundirla en el pecho del malvado, del odioso, del impuro, del ingrato, del cruel, del inmisericorde. Hundirla hasta la empuñadura en las entrañas del avaro, del que ejerce su poder sin conciencia, del que envenena la tierra y el mar.
Quisiera ser yo el que castiga, el Ángel de la muerte, la ira de Dios.
Y sin embargo camino por la calle escuchando los pensamientos de la gente, sin poder hacer nada.
Quisiera ser un Angel negro, porque siempre he tratado de ser un Ángel de amor y eso me ha vuelto débil y ahora agacho la cabeza.

miércoles, 6 de abril de 2011

La puerta de cristal



Alejandro supo que algo horrible iba a suceder ese día, nada más abrir los ojos sobresaltado por el despertador que sonaba estruendosa e intermitentemente en su mesilla de noche.
No sabía como explicarlo, pero un extraño sentimiento de angustia se adueñó de su alma.
Al levantarse de la cama, acarició el cabello de su novia, que perezosa se había vuelto boca abajo hundiendo el rostro contra la almohada, negándose a reconocer la idea de que ya eran las siete de la mañana, de un día de invierno en Valladolid, un día gris, frió y lluvioso, otro desagradable día de febrero.
Una ducha rápida, un café con leche bebido a toda prisa mientras mascullaba una queja porque la secadora había encogido su camiseta de Vespa favorita, o quizás porque últimamente estaba empezando a acumular algunos kilos de más y era preferible cargar su ira contra el electrodoméstico que asumir que ya iba teniendo una edad y las cervecitas con los amigos comenzaban a pasar factura.
Las siete y cuarenta.
Antes de salir se acercó al dormitorio y beso a la muchacha en la nuca, mientras con el dedo índice dibujó un arco en su espalda, terminando justo en el elástico de las braguitas blancas de algodón.
No había tiempo para nada más, así que enfurruñado se atusó las patillas frente al espejo del recibidor, tomó las llaves de la flamante Vespa ciento veinticinco de época, restaurada por el mismo y la cazadora de agua y se dirigió al garaje.
Mientras tamborileaba un ritmo sesentero sobre el casco, en el ascensor, el sentimiento opresivo con el que se había despertado esa mañna volvió a atenazarle el espíritu.
Como buen gallego, Alejandro era supersticioso y el hecho de que fuera martes y trece, le sobrecogió por unos segundos.
Condujo con particular precaución hasta la puerta del edificio donde la empresa para la que trabajaba como diseñador gráfico tenia sus oficinas.
Esa mañana Alejandro tubo que lidiar, como cada mañana, con el imbécil de su jefe comercial.
Al cuarentón frustrado de su jefe se le había metido en la cabeza conseguir para la empresa la cuenta comercial del Teatro Zoilo, un emblemático teatro de Valladolid, en pleno centro, que llevaba cerrado varios años por un desagradable suceso y que ahora, adquirido por una empresa de eventos madrileña, se disponía a abrir de nuevo sus puertas al público con gran boato, canapés, vino español, camareros vestidos de negro y todas esas gilipolleces que tanto gustan en la provinciana capital castellano leonesa.
Alejandro tenía un montón de trabajo atrasado, porque en su mundo, todos los clientes quieren los encargos "para ayer" y el tener que aparcar los atrasos para ir al teatro a tomar medidas, le rompía completamente su estrategia laboral.
Pero donde hay patrón no manda marinero y el jefe se empeñó en que tenía que presentar los diseños de los vinilos y las lonas para la inauguración del teatro y aquello requería medir con exactitud puertas, ventanas, balcones y fachada.
Fue caminando, ya que apenas doscientos metros separaban sus oficinas de aquél teatro decimonónico.
Mientras maldecia su suerte y el frió viento vallisoletano le azotaba el rostro, Alejandro recordó los sucesos que llevaron al cierre de aquel en otro tiempo hermoso teatro.
Debió ser finales de los años setenta, el era muy pequeño entonces. Una compañía independiente estrenó un montaje en el que explícitamente se cargaban tintas contra la iglesia católica y contra la dictadura franquista.
Antes de terminar la función, un grupo de exaltados ultraderechistas arrojó al interior del teatro un artefacto incendiario, mientras lanzaban vítores al caudillo y al Opus dei.
Salieron corriendo al ver la dimensión que tomo su gran "hazaña".
El público horrorizado trato de abandonar el teatro entre gritos y carreras, pero las puertas de emergencias fallaron y el entramado de madera del teatro ardió como la tea.
Los cuerpos se amontonaron en el patio de butacas, pisoteados y golpeados en medio del frenesí de las carreras y los empujones por la supervivencia.
Murieron treinta y dos personas, muchas de ellas antes de ser devoradas por las llamas. Los heridos se contaron por decenas.
Nunca se detuvo a los responsables de aquel crimen y el teatro cerró sus puertas.
Al plantarse frente a la entrada principal, otrora con grandes jambas señoriales y ahora jalonada por sendas puertas de ristal, de las que llaman "anti-pánico", Alejandro sintió un frió muy diferente al que ya traía en el cuerpo.
Giró la llave maestra que los nuevos propietarios les habían proporcionado y se adentró en el recinto.
Todo estaba casi listo para la noche de la inauguración.
El equipo de arquitectos y decoradores habían hecho un buen trabajo, el teatro estaba completamente restaurado, aunque había perdido el encanto de su época para convertirse en otra de esas impolutas y modernas salas multidisciplinares.
Se cruzó con dos electricistas que recogían sus herramientas y que contestaron con un gesto hosco al amable y sonriente "buenos días" de Alejandro. Muy de Valladolid, pensó para sus adentros y encogiendo los hombros en un gesto de resignación, se dispuso a realizar su trabajo.
Entre metros, lapiceros y bocetos se le fueron pasando las horas y poco a poco el personal de la reforma se fue marchando a comer, hasta que Alejandro se quedó competamente solo en el teatro.
Estaba midiendo la caja escénica, para colocar unos roll-up, cuando de repente escuchó un ruido sordo.
"Hola", gritó, pero no obtuvo respuesta.
Habrá sido el viento, pensó y justo cuando se disponía a continuar con la labor, el ruido se repitió, esta vez a su espalda.
Alejandro se giro bruscamente con el tiempo justo para ver como desaparecía una sombra sobre el telón.
Aquello empezaba a darle muy mal rollo.
Al principio pensó que el viento habría movido la lámpara del techo, proyectando su propia sombra, pero comprobó que en el techo, solo había una larga hilera de modernos y funcionales focos halógenos, encastrados en el artesonado.
"Tonterías,termino rápido y me voy a casa a comer, que Ruth va a hacer cocido y me apetece bastante", argumentó para sentirse mejor y mientras andaba con estas cavilaciones otro ruido, esta vez muy diferente al anterior, hizo que se le erizaran todos los cabellos del cuerpo.
Fue un grito, más bien un lamento largo y pronunciado de mujer, que recorrió el patio de butacas creciendo en magnitud hasta llegar al escenario.
Alejandro decidió que eso ya era más que suficiente para salir de allí echando leches y le daba absolutamente igual lo que pensara su jefe o la puta de la madre que lo trajo al mundo.
Entonces comenzó a oler a humo.
Trató de mantener la calma mientras recogía sus cosas, pero aquello era demasiado y el olor a humo fue transformándose poco a poco, inundándole las pituitarias con un sabor agridulce, como a barbacoa, exactamente así, un olor a carne quemada.
Sobre el escenario quedaron esparcidas los escalímetros, metros lapiceros y demás y tan rápido como su metro noventa y más de noventa kilos se lo permitieron y al borde de un ataque de nervios Alejandro emprendió una veloz carrera hacia la seguridad de la calle.
Al llegar a la puerta antipánico y al apoyar las manos en las barras de apertura, Alejandro gritó de dolor.
Las barras estaban al rojo vivo.
Alejandro sintió como la piel se adhería al metal incandescente.
En ese instante, los ruidos y los gritos aumentaron hasta un nivel ensordecedor y algo le agarró por los hombros y trató de arrastrarlo de nuevo hacia la sala.
Alejandro tensó sus músculos hasta la extenuación en un desesperado intento por salir de allí y de repente las puerta se abrió de par en par y cayó rodando sobre la acera de la céntrica calle Vallisoletana.
Presa del pánico se miró las doloridas palmas de las manos, pero para su estupor, no había señal alguna de quemaduras.
Alejandro caminó hasta la oficina, con la mirada perdida y la mente confusa.
Al entrar en su despacho se encontró con que el jefe comercial le aguardaba adentro.
No había terminado de preguntarle porqué estaba allí, con esa mirada de borracho en vez de estar rematando el trabajo, cuando el primer puñetazo le alcanzó justo en mitad de la boca, rompiéndole el labio superior y dos dientes.
El segundo golpe, impactó de lleno contra la nariz que crujió al astillarse y comenzó a manar sangre a borbotones.
Alejandro se dio la vuelta,con los nudillos doloridos, cogió el casco de la percha de árbol y abandonó el edificio.
Por supuesto aquello le iba a costar el puesto y seguramente tendría un juicio por lesiones, pero que coño...el cocido de Ruth le aguardaba en casa y también la certeza de que lo antes posible, abandonaría para siempre aquella ciudad de mierda.

Y hoy me ha dado por allá.




Julían tiene nueve años, pesa ochenta y cinco kilos y mide más de un metro ochenta.
Al margen de su descomunal tamaño, Julián nació con un cerebro privilegiado, ya que a los tres años, hablaba a la perfección tres idiomas, escribía artículos de opinión en su propio blog y encontró un remedio para solucionar la grave crisis financiera que asolaba su país. Aunque jamás lo compartio con nadie...ya se sabe, a rió revuelto, ganancia de pescadores.
Los padres de Julián, incapaces de asumir tamaño espécimen, terminaron divorciandose.
Su padre quedo muy tocado con la separación y los fines de semana en los que Julian acudía a su casa, aprovechaba la ocasión para asesorar a Julián en cuestiones femeninas, aunque la verdad, con una visión del tema muy particular.
Para el padre de Julián, las mujeres, todas, son seres malvados y egoístas que solo buscan su provecho, aun a costa de destrozar la vida del hombre que este a su lado.
Julián, que es bastante más inteligente que su padre, escucha en silencio y le va rellenando la copa de vino, una y otra vez, sabedor de que a partir de la segunda botella, su padre se irá agotando poco a poco hasta caer inconsciente.
En ese momento Julian toma posesión del hogar paterno y aprovecha para entrar en el ordenador del despacho y transferir pequeñas cantidades de dinero a una de las cuentas que se ha creado a través de internet.
En ocasiones, da rienda suelta a su instinto y tras inmovilizar al pequeño gato persa de su padre, lo somete a un sinfín de pequeñas torturas, eso si, sin dejar ninguna marca que pueda delatar su "diversión".
Y es que Julian, es un pequeño psicópata.
Algunos fines de semana los pasa en casa de su madre y el nuevo novio de esta.
El novio, Castor, es un ser pusilánime y asustadizo que entendió a la perfección quien mandaba el día en que Julián, con una frialdad impropia de un niño de su edad, casi demoniaca, le agarro firme por la nuca y le dijo muy despacito, que si no hacia todo lo que el pidiera, mataría a los dos pequeños de Castor, fruto de un anterior matrimonio.
Al llegar el verano, Julian iba a pasar un par de meses a casa de sus abuelos, en una población costera de Galicia.
Desde los siete años Julian habia entrado en contacto con algunos narcos locales, los que sorprendió con unos sabios consejos que permitio a estos burlar la vigilancia de la Guardia Civil y aumentar considerablemente sus ingresos.
Julian, delante de sus abuelos se comportaba como un niño normal, no quería estropear su tapadera.
Incluso acompañaba a su abuelo a pescar, ya que este conocía a la perfección cada recoveco de la endiablada costa gallega y esa información, era vital para el buen desarrollo de los planes de Julian.
Bien es cierto que tenia que aguantar por el camino las batallitas interminables de su abuelo, pero bueno, era un pequeño precio a pagar.
Una mañana, su abuelo se levantó antes de lo habitual y sorprendió a Julían "divirtiéndose" un poco con el cebo vivo que utilizaban para la pesca.
El abuelo descubrió algo horrible en los ojos glaucos de aquel niño que estaba disfrutando descuartizando a las pequeñas lombrices y observando como se retorcían.
No pudo resistir la impresión y el corazón se le paró allí mismo, y murió.
Mientras la abuela lloraba desconsolada en la ambulancia, preguntándose donde se habría metido su nieto, Julían se dirigía solo hacia una pequeña cala, para controlar el desembarco de más de mil fardos de su propia mercancía.
Y es que Julían, con tan solo nueve años, se había convertido en uno de los mayores traficantes de cannabis del país.
La idea le surgió al ojear aburrido un cuento absurdo e infantil, donde el protagonista plantaba unas semillas mágicas que hacían brotar una planta descomunal.
Encerrado en el garaje que había alquilado con un DNi falso, y que pagaba puntualmente desde una de sus cuentas, Juliánn trabajó duro hasta conseguir mutar una variedad de "Sativa" que produjo la asombrosa cantidad de setenta kilos con tan solo tres macetas.
En la actualidad, Julián disponía de varias naves industriales y la producción global ascendía a más de ocho mil kilos anuales.
Por supuesto, él solo nunca habría podido controlar todo aquello, por lo que creo en la red un complicado entramado de direcciones, links y páginas falsas, a través de las que contrató a un centenar de sicarios rusos y colombianos, que tan solo sabían de su jefe que respondía al alías de "gato negro" y que si le fallabas, estabas muerto.
Al volver a Madrid, tras la muerte de su abuelo y tras haber comprobado que las vías de desembarco eran seguras y que la mercancía sería distribuida correctamente a todos los colegios e institutos de España, Julian se dio un pequeño capricho, entró en un Burguer King y pidió un dople Wooper.
Pero la vida, en ocasiones es cruel.
Al tragar el segundo bocado, algo duro (más tarde se descubrió que se trataba de un diente de rata, un incisivo, para ser más concretos)le obturo la glotis.
Julián no podia respirar y comenzó a revolcarse por el suelo.
Los empleados de la hamburgueseria, le observaron unos segundos y tras llegar a la conclusión de que seria un niño, presa de una pataleta por no poder comer más, siguieron como si nada con sus quehaceres.
Julían murio allí mismo, maldiciendo su negra suerte y deseando que todo el mal que habia hecho en vida, no lo estuviera aguardando al otro lado del tunel.
Por primera vez en su vida, Julián se equivocó.
El médico de guardia solo pudo certificar la defunción del muchacho, aunque hubo algo que le llamó poderosamente la atención. En el rostro frio de aquel niño, el doctor descubrió un rictus, una mueca de espanto como jamas había visto en sus largos años de profesión. Era como si en el último momento, aquel niño hubiera contemplado la faz del diablo.

martes, 5 de abril de 2011

Hoy me ha dado por aquí.




Ondas en el agua

El niño había llegado hasta la playa caminando desde la casa de sus abuelos, a unos dos kilómetros de allí. Conocía bien el camino, ya que cada verano, al llegar las vacaciones estivales, su madre lo enviaba a Galicia con la abuela y el abuelo, y su pequeño perro de aguas, llamado Lupa.


El no decía nada y preparaba su maleta, lo hacía solo, no porque ya fuera muy mayor, sino porque desde que sus padres se separaron, cada fin de semana tenía que escoger la ropa, preparar el neceser, elegir un par de cuentos para leer por la noche y un único peluche que le acompañara, ya que no le permitían llevar más.


Dependiendo en casa de quien le tocara pasar el fin de semana escogía unos cuentos u otros.


Si dormía en casa de su madre, se llevaba el cuento de las habas mágicas, y en silencia, al llegar la noche, lo leía una y otra vez desde el refugio de su cama.


Quisiera tener esas fantásticas semillas, para trepar por la planta hasta llegar más arriba de las nubes, lejos, muy lejos, tan lejos que el novio de su madre no pudiera alcanzarlo con sus insultos y sus bofetadas.


Y es que este niño, cometió el pecado de estar gordito.


El novio de su madre, Castor, tiene dos hijos modélicos. Juegan en el equipo de futbol del colegio y sacan muy buenas notas, sobre todo en Educación física.


Son altos y esbeltos y Castor está muy orgulloso de ellos. Sin embargo a Julián, que es como se llama este pequeño, lo detesta.


Siempre lo está humillando, llamándolo “gordo”, “croqueta”, “bola de sebo” y algunas otras originales lindezas.


Cuando la madre de Julián no está delante, Castor aprovecha cualquier excusa para soltarle un par de bofetadas y si Julián no puede contener las lágrimas, vuelve a abofetearlo, para que aprenda a ser un hombre.


Una vez Julián sorprendió a su madre contemplando una de esas vejaciones desde la puerta de la cocina y al volver sus ojos hacia ella, anhelando una palabra de ayuda, ella aparto los suyos, se giro y desapareció en silencio.


Si dormía en casa de su padre, Julián se llevaba en la maleta un cuento my cortito, llamado “El gato”, que hablaba de un niño huérfano que descubre que puede hablar con los animales y entabla una gran amistad con un gato negro.


Julián quisiera poder hablar con el gato de su padre, un minino persa que soporta a regañadientes sus caricias y preguntarle porque su padre está siempre triste y solo, llorando frente a la foto del día de su boda y bebiéndose las botellas de vino despacito, una detrás de otra, sentado en el sofá del salón.


Castor al menos nota su presencia, su padre ignora que aquel niño es lo único que le queda de su triste matrimonio. O quizás no lo ignora y por eso prefiere olvidarlo en la habitación del fondo, pintada de azul.


Con la llegada del verano, Julián vuelve a sonreír.


Los abuelos le quieren y tratan de hacerle sentir un niño normal. No le pegan, ni le insultan, ni hacen como si no estuviera delante, al contrario.


Cada mañana el abuelo toma un par de antiguas cañas de pescar y prepara el cebo. Julián ha aprendido a desenterrar lombrices para rellenar el bote del cebo y siempre lo tiene rebosante de escurridizos gusanos.


El abuelo y él caminan despacio durante un buen rato, hablando de cosas sin importancia.


En ocasiones el abuelo le cuenta historias de barcos fantasmas y de monstruos marinos y a Julián le gustaría que no terminara nunca.


Pero esta mañana Julián ha ido solo a la playa.


Se sienta en la orilla y comienza a lanzar piedrecitas al mar, haciendo que surjan unas ondas diminutas y concéntricas en la superficie.


Julián hoy se ha despertado con los ladridos de Lupa, unos ladridos nerviosos, casi frenéticos, unos ladridos que anunciaban que algo no iba bien.


Y efectivamente, cuando el abuelo estaba preparando las cañas, como todos los días, su corazón se ha parado de repente y se ha caído al suelo.


Lupa ladraba histérica al equipo del SAMUR que se ha acercado hasta la casa, entre sirenas y luces.


La abuela lloraba desconsolada y sin darse cuenta de que dejaba en la casa un niño de nueve años, solo y asustado, se ha montado en la ambulancia y se ha ido al hospital, sujetando entre lágrimas la mano inerte del abuelo.


Julián arrojó otra piedra y otra más y sin darse cuenta comenzó a llorar.


Julián tiene nueve años, pero ya no quiere vivir, solo quiere desaparecer con su tristeza, que le desgarra las entrañas y le nubla la visión.


La tristeza y la desesperación son unos seres horribles que si se adueñan de ti, te van matando poquito a poco, alimentándose de imágenes grises y de malos recuerdos y cuanto más comen ellos, menos ganas tienes tu de comer.


Cuando alguien está muy triste, comienza a adelgazar un poquito cada día, despacito pero inexorablemente.


Al bajar del autobús que le condujo de vuelta a Madrid, donde lo esperaban su madre y Castor, este gritó sorprendido “vaya, parece que el zampabollos se va a convertir en un niño normal”.


Julián se fue consumiendo poquito a poco, alimentando los monstruos que vivían dentro de él con las pocas fuerzas que le quedaban.


Su madre le llevó al médico, pero este no le encontró ninguna dolencia que diagnosticar así que le recetó un complejo vitamínico y una dieta rica en hidratos y proteínas y le despachó con una palmadita en la espalda.


Pasaron un par de meses y Julián tuvo que ser ingresado. Apenas pesaba veinte kilos y nadie se podía explicar cuál era el mal que se estaba llevando la vida de aquel niño.


Julián no tenía fuerzas para hablar y los pocos ratos que no permanecía sedado o dormido, los pasaba sollozando en voz muy queda.


De vez en cuando algún enfermero trataba sin éxito de hacerle sonreír, pero poco a poco todos empezaron a temer entrar en la habitación de aquel niño triste.


Su padre solo fue a visitarle un día, se quedó frente a él muy serio, sin decir nada y al poco las lágrimas comenzaron a resbalar por su rostro, humedeciendo la larga barba rubia. Entonces se dio la vuelta y se marcho, y no volvió más.


En ese momento Julián noto como los monstruos que le devoraban por dentro, acababan de escoger su próxima presa.


Castor acompañó a su madre en alguna ocasión y al principio se quedaba junto a la cama observándole, casi con lástima o puede que con algo de remordimiento, pero también se cansó de perder el tiempo en aquella habitación y dejó de venir.


Una noche, Julián se despertó sobresaltado por un ruido tremendo, y cuando sus ojos pudieron acostumbrarse a la tenue luz que irradiaban los monitores donde permanecía continuamente conectado, Julián se quedó estupefacto.


A los pies de su cama, destrozando el suelo con las raíces había brotado una planta enorme, que perforando el techo ascendía vertiginosa por encima de las nubes.


Julián se levantó curioso y al acercarse al colosal tallo y observar aquel formidable milagro, escuchó muy nítido un maullido, alzó la vista y arriba, muy arriba, posado plácidamente en una rama, había un gato negro que le observaba atentamente.


“Hola” dijo Julián y para su sorpresa el gato abrió la boca y en perfecto castellano le contestó y le dijo “ven, sube, no tardes, porque tu abuelo te está esperando para ir a pescar, ya va a amanecer y los peces con el sol se vuelven muy precavidos y no asoman a la superficie”.


Julián se puso con cuidado sus zapatillas y comenzó a trepar y trepó y trepó y con cada metro que ascendía por aquella planta mágica sentía como los monstruos que le habían estado devorando durante meses dejaban de morder y sin más, de repente, se fueron.


Julían distinguió entre varias la voz cantarina y amable de su abuelo y entonces comenzó a trepar más rápido y sin darse cuenta, sonrió.


El médico de guardia se acercó a comprobar los monitores, tomó el pulso del pequeño y no pudo hacer otra cosa que certificar la defunción.


Hubo algo que le llamó tremendamente la atención, en el semblante plácido de aquel niño triste, brillaba una enorme sonrisa.